6 de abril de 2010

El “Aleluya”. Su significado

La Iglesia despidió con pena el Aleluya antes de empezar la Cuaresma, y ahora, en la Vigilia Pascual lo recibe de nuevo en un transporte de alegría como símbolo de su nueva resurrección con Cristo.

En la sinagoga y en el templo judío los salmos aleluyáticos eran cantados por un solista y todos los asistentes respondían con el Aleluya después de cada versículo. El canto del Aleluya entró en el culto cristiano, más tarde, en el tiempo de la formación e todas las liturgias de Oriente y de Occidente. En Occidente se acentuó cada vez más el carácter festivo del Aleluya llegándose a suprimir en Cuaresma y en los días de ayuno. Ocupó ya desde tiempos de Gregorio un lugar preeminente en el tiempo pascual, pero también se cantaba en los domingos de todo el año. El Aleluya es como la quintaesencia de la alabanza divina que anticipa y nos hace pregustar la alabanza que sin interrupción cantan los ángeles y elegidos en la Jerusalén celestial. Mientras no estemos en el cielo, el Aleluya será el canto y el consuelo del peregrino que canta y camina, el canto del navegante.
La palabra “Aleluya” viene del hebreo “hallelu-Yah”, “alabad a Yahvé, alabad a Dios”. Es una aclamación de los judíos, ya anterior al tiempo de Jesús, y ahora compartida también por los cristianos.
“Aleluya” se ha convertido en sinónimo de “¡alegría!”. Lo cantamos en las Eucaristías más festivas, como aclamación antes del Evangelio. Y sobre todo, en la cincuentena pascual, empezando por el solemne aleluya que se entona en la Vigilia Pascual, después de su silencio durante la Cuaresma.