22 de agosto de 2011

Una comida diferente

Pagó la última ronda de unas cervezas que le habían sentado divinamente después de una intensa semana de trabajo, se lo habían pasado bomba despotricando del viaje del Papa, de la hipocresía de la Iglesia, de todo lo que les pedía el anticlericalismo que los unía como la amistad que se profesaban y que les servía para estar colocados en la misma empresa pública de la Junta.
Se fue a casa para comer algo antes de echarse una buena siesta, pero de camino se encontró con un olor que lo llevó directamente hasta el paraíso efímero de su infancia. Un olor a cocido, a caldo humeante, el aroma que lo recibía cuando llegaba a su casa después del colegio, con su madre atareada en la humilde cocina donde la olla hervía sin cesar.
Entró en un local que le pareció un restaurante modesto, pero con encanto; iba distraído, pensando en el Informe Técnico sobre Prevención de Riesgos Psicosociales de las Personas Expuestas a Situaciones de Disrupción Económica Familiar que le habían encargado en la empresa pública donde trabaja. En realidad, no era un restaurante; sino un autoservicio frecuentado por gente de toda condición. Había personas ataviadas a la antigua usanza, junto a individuos solitarios que vestían según las normas alternativas del arte povera. De pronto abrió los ojos y se quedó pasmado al comprobar que, quien le servía la comida en la bandeja, era una monja. Aquello era un comedor social y se vio rodeado de eso que nunca se nombra en los informes ni en los dosieres que prepara: pobres.
Quiso retirarse; pero la monja no lo dejó. Le sonrió y le dijo que no se preocupara, que la primera vez es la más complicada, que no debía avergonzarse de nada, que el cocido estaba buenísimo y que, de segundo, había filete empanado; que no se perdiera las vitaminas de la ensalada ni de la fruta, y que podía rematar la comida con un helado de los que había regalado una fábrica cuyo nombre obvió. Se vio sentado a una mesa donde un matrimonio mayor, y bien vestido, comía en silencio, sin levantar los ojos de la bandeja. Enfrente, un tipo con barba descuidada sonreía mientras devoraba el filete empanado y le contaba su vida; había perdido el trabajo, el banco se había quedado con su casa, después del divorcio no sabía a dónde ir; menos mal que las monjas le daban comida y ropa, y que dormía en el albergue bajo techo. «Al final, he tenido suerte en la vida, compañero; así que no te agobies, que de todo se sale…»
No podía creer lo que estaba sucediendo. Nadie le había pedido nada por darle de comer, ni le habían preguntado por sus creencias. Se limitaban a darle de comer al hambriento, sin adjetivos. Al salir, no le dio las gracias a la monja que le había dado de comer. Pero no fue por mala educación, sino porque no podía articular palabra. Una inclinación de cabeza. Ella le contestó con una sonrisa leve. «Vuelve cuando lo necesites y, si no estoy, di que vienes de parte mía. Me llamo Esperanza».
Pregunta:
¿Hay algún comedor social regido por ateos o por los sindicatos?

Paco Robles
11/08/2010 ABC

7 de agosto de 2011

Miedo a Jesús

7 de agosto de 2011
Mateo 14, 22-33

Mateo ha recogido el recuerdo de una tempestad vivida por los discípulos en el mar de Galilea para invitar a sus lectores a escuchar, en medio de las crisis y conflictos que se viven en las comunidades cristianas, la llamada apremiante de Jesús a confiar en él.
El relato describe de manera gráfica la situación. La barca está literalmente «atormentada por las olas», en medio de una noche cerrada y muy lejos de tierra. Lo peor es ese «viento contrario» que les impide avanzar. Hay algo, sin embargo, más grave: los discípulos están solos; no está Jesús en la barca.
Cuando se les acerca caminando sobre las aguas, los discípulos no lo reconocen y, aterrados, comienzan a gritar llenos de miedo. El evangelista tiene buen cuidado en señalar que su miedo no está provocado por la tempestad, sino por su incapacidad para descubrir la presencia de Jesús en medio de aquella noche horrible.
La Iglesia puede atravesar situaciones muy críticas y oscuras a lo largo de la historia, pero su verdadero drama comienza cuando su corazón es incapaz de reconocer la presencia salvadora de Jesús en medio de la crisis, y de escuchar su grito: «iAnimo, soy yo, no tengáis miedo!».
La reacción de Pedro es admirable: «Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». La crisis es el momento privilegiado para hacer la experiencia de la fuerza salvadora de Jesús. El tiempo privilegiado para sustentar la fe no sobre tradiciones humanas, apoyos sociales o devociones piadosas, sino sobre la adhesión vital a Jesús, el Hijo de Dios.
El narrador resume la respuesta de Jesús en una sola palabra: «Ven». No se habla aquí de la llamada a ser discípulos de Jesús. Es una llamada diferente y original, que hemos de escuchar todos en tiempos de tempestad: el sucesor de Pedro y los que estamos en la barca, zarandeados por las olas. La llamada a «caminar hacia Jesús», sin asustarnos por «el viento contrario», sino dejándonos guiar por su Espíritu favorable.
El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.
No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.

José Antonio Pagola

Domingo 19º A

7-8-2011
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)

Después de la multiplicación de panes y peces, el marco evangélico se transforma: Jesús despide a las gentes y se va solo al monte “para orar”. Mientras, se desata la tempestad contra la barca de sus discípulos. La situación es angustiosa y aparece Jesús que sujetará la mano del dubitativo Pedro y hará amainar al viento.
En otra ocasión parecida, los discípulos se preguntaron: ¿quién es éste que hasta el viento y el lago le obedecen? El texto de hoy afirma que “los de la barca se postraron ante Jesús declarando: ‘realmente eres hijo de Dios’”. Un avance en el conocimiento del Maestro, que los había ido preparando al decir de sí mismo: “soy yo”. Así se atribuía el mismo nombre que Moisés escuchó de Yahvé Dios en el episodio de la zarza incombustible.

La primera lectura, en marco distinto, resulta ingenua y bella narración: Elías llega al monte de Dios –Horeb, Sinaí- por donde Dios va a pasar. Ya se había manifestado a Moisés en ese lugar entre truenos, relámpagos y vendavales. Ahora, con gran lirismo, se dice que vino “un viento huracanado, y un terremoto y fuego”, repitiendo lo mismo para cada sucesión de elementos: en ellos “no estaba el Señor”. Finalmente, se escuchó “un susurro” y sólo se dice que “Elías, al oírlo, se cubrió el rostro”, en actitud de respeto, similar al de Moisés, descalzándose ante Yahvé, al ver que la zarza no se apagaba.

Los cristianos, para vivir como tales, precisamos de la eterna Palabra de Dios. Se hizo “carne”, pero sólo experimentamos su poder cuando resuena en el corazón de la vida, cuando ilumina la existencia desde lo más profundo. No se percibe en los gritos y voces que embotan el propio interior, ni se halla en el fuego de pasiones y ambiciones por el tener, el poder y el dominar.

Sí, está el Señor, “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”, en el corazón de la vida, en el susurro, en la brisa suave, en la mirada humilde, en el sentir de los sencillos, en el hermano que pasa a nuestro lado como de puntillas, casi sin rozarnos. Ahí podemos encontrar al que es la eterna Palabra del Padre, la verdadera Palabra salida de la boca de Dios; ahí, con fe, podemos encontrar al que solía subir “al monte a solas para orar” a su Padre. ¿Acaso no sigue siendo Él el mejor ejemplo para todos?

También es cierto: la vida es más que susurro o tenue brisa, y las tempestades son inseparables de la humana condición. El reinado de Dios padece violencia y hay que luchar para entrar, y para permanecer y crecer en él. Nos lo explica el Señor con gestos y palabras.

Jesús duerme sobre el cabezal de la barca, pero no abandona a los suyos. Parece estar al margen de todas nuestras luchas, pero nunca le somos indiferentes. Resucitado junto al Padre, no ha dejado la tierra a merced de malignos poderes. Él “tira” de todo lo nuestro, potenciando nuestra libertad y ampliando el horizonte con la fuerza de su Espíritu.

Nos repite una y otra vez: “¡ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Es su voz, la del Señor, para ti y para mí, para todos, cuando parece que nos hundimos y cunde el pánico. Como Pedro, siempre podemos gritar: “¡Señor, sálvame!”. Él nos tiende su fuerte brazo. ¿Por qué no creer que nos saca a flote?

A lo largo de 20 siglos, muchos pudieron encontrarse con Jesús en el silencio, en la oración personal, en la atenta lectura de su Palabra, en la celebración creyente de la fe, en verdes praderas, en acantilados y playas, en lagos y montañas, en las maravillas del mundo y de sus estaciones, en variadas melodías religiosas, en el hermano enfermo y atendido, en el pobre, en la persona amada y en el amigo...

De un modo u otro, tuvieron –y ¡tuvimos!- la dulce experiencia y, por ello, la firme convicción de que el Resucitado nos custodia, con cariño y fortaleza, cuando se desatan tempestades y terremotos, sean de las fuerzas naturales o de los acontecimientos cotidianos, sean de nuestra propia fragilidad y caducidad, de la de aquellos seres queridos, de los más alejados, sean también de las más diversas interpretaciones que unos y otros podemos hacer... Pero ¡la verdad es la de Dios!, también para nuestras vidas y compromisos, para nuestras cruces y esperanzas. ¡Él es nuestra suerte y la eterna bendición! Lo sabemos por Jesucristo.

¡Qué pena cuando tantas y tantos sienten que esta vida sólo es “valle de lágrimas” y “tierra de penumbras”. Claro es que dolor y muerte, injusticia, hambre y corrupción, golpean duro y cincelan el corazón. ¿No ayudan también a madurar como personas? La fe cristiana puede convertir nuestra tierra de penumbras en paisaje de hondo gozo y de profunda esperanza. Precisamente, ¡por el amor que Dios nos tiene!, ¡por el amor que mostró entregándonos al propio Hijo! En Él nos ha regalado el triunfo de la vida, la victoria del gozo sobre el dolor, de la paz frente a tanta guerra. ¡Démosle gracias de todo corazón!

5 de agosto de 2011

19 Tiempo Ordinario

Todo viene de Él y se encamina hacia Él
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