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27 de febrero de 2013

Donde está tu corazón

MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA
SEVILLA.
ECLESALIA, 11/02/13

Que las cosas más valiosas ni son “cosas” ni se compran con dinero es un tópico que todos conocemos. Que su valor depende del peso que les damos en nuestra vida es algo que conviene recordar de vez en cuando.
El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante revela el zorro al Principito, y acaso sea bueno pararse a pensar cuál es el foco de atención que ahora nos ocupa. El de la sociedad es a todas luces evidente. En las noticias, la televisión y la radio, en las redes sociales, todo gira en torno a los mismos temas: la crisis económica, el rescate de los bancos, el paro, la corrupción política, la (más que lógica) indignación y el malestar generalizado.
Está claro que no podemos vivir al margen de estas cuestiones, que resulta imprescindible tomar conciencia y aún alzar la voz para revertir esta situación y empezar a construir un mundo más justo y solidario. Sin embargo, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que la crisis se haya convertido en el eje central de nuestras vidas, motor de nuestras acciones, causa de nuestros desvelos, responsable de muchas partidas, fin que justifica los medios y tema de todas las conversaciones. Lógico que así sea, pero me da por pensar que al cabo – seamos o no conscientes – el “dios” al que nos entregamos cada día no es más que aquello en que nos centramos “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente”. Y me pregunto si verdaderamente “queremos” darle tanta importancia a este culto desmedido, a esta cultura de la economía.
Porque verán ustedes, sucede que miro a mi alrededor y veo a todo el mundo triste y desesperanzado; que desde hace un tiempo todo se ha vuelto gris, que hemos perdido el interés (nunca mejor dicho) por esos otros valores que no se compran con dinero, cuyo brillo es más hermoso y duradero que el de cualquier metal. Miro a mi alrededor y veo una sociedad en la que, por economizar, se ha recortado hasta en compartir las emociones: economía del lenguaje (¡pocas palabras bastan!), de las letras de un mensaje (140 caracteres) y hasta damos las noticias por whatsapp o mensaje para ahorrar tiempo. Contemplo una sociedad en la que ya no nos miramos a los ojos: los apartamos con pudor apenas se cruzan las miradas, fijas en una pantalla de móvil o en el lado opuesto de la acera si pasamos junto a un mendigo. Ojos esquivos para evitar que nos paren por la calle porque (¡seguro!) algo querrán pedirnos. Y la vida transcurre a nuestro lado plagada de encuentros que pudieron haber sido… y no. Suerte que la maravilla sigue fluyendo entre nosotros, a la espera de que queramos atenderla.
Dejen que les cuente una anécdota: hace unas semanas estaba sentada en una terraza con una amiga. Charlábamos animadamente cuando un señor con un acordeón vino y empezó a tocar junto a nosotras. Mi primera reacción fue de cierta molestia por la interrupción inoportuna. Sonriendo, el hombre nos dirigió algún piropo y tocó algunas piezas, todo con una amabilidad exquisita. Tendría unos sesenta años. Tras unos minutos en que nadie detuvo su conversación ni levantó la cabeza del plato, se acercó a pedir una moneda. Me llamó la atención su dignidad, su serena presencia, la sensación de ser alguien con mucho vivido. Por su acento deduje que era argentino. Extendí el brazo para darle algo mientras le daba la típica excusa de que no llevaba más dinero encima. Entonces él me tocó delicadamente la mano, me sonrió y mirándome con ojos profundos dijo: «Muchas gracias, princesa. ¡Soy afortunado! No importa si es mucho o poco lo que se da. Lo importante es QUERER DAR algo».
Comprendí que aquel hombre no sólo no pedía sino que me había hecho un precioso regalo: me ofreció la música, la caricia, la mirada, la sonrisa, la gratitud desbordada, una perla de sabiduría. ¡Qué pobre había sido yo, y cuánta su riqueza! Me hizo comprender que siempre tendré algo que ofrecer a los demás: detalles que no responden al pragmatismo de “me piden, doy y listo”, sino que implican un detenerse ante el otro, un mostrarse disponible con la atención puesta en el “qué” y el “cómo”, una mirada cálida, una sonrisa amiga. En Asia esta actitud se denomina “Namasté”, y corresponde al gesto de detenerse ante el otro, unir las manos a la altura del corazón y hacer una inclinación de cabeza. “Namasté” significa: “Yo honro el lugar dentro de ti donde el Universo entero reside. Yo honro el lugar dentro de ti habitado por el amor, la luz, la paz y la verdad. Yo honro el lugar dentro de ti donde, cuando tú estás en ese punto y yo en el mío, somos sólo Uno”.
Entiéndanme, sé que parece una postura muy mística que en nada nos ahorra los disgustos y preocupaciones que tenemos encima. No crean que me es ajena esta problemática: el inmenso dolor, la dignidad herida, los sueños frustrados de tantos jóvenes y adultos, de tantas familias… Yo soy uno de esos 4.980.778 parados de España que recogen las estadísticas. Pero aunque éste sea un problema que toca enfrentar, me niego a concederle el papel central en mi vida. Y comprendo ahora el alcance de la expresión: No podéis servir a Dios y al dinero (Mt. 6,24). No hay por qué restringirlo al modelo cristiano: piense cada uno cuál es el “dios” de su vida, la fuerza que le hace levantarse, aquello para lo que vive, que absorbe su tiempo y su energía. En mi caso, si “mi dios” es el amor, la sensibilidad y la ternura; si por encima de todo quiero hacer de mi vida un canto a la belleza, la humanidad y la justicia… no puedo entregarme a esos valores y a la vez hundirme porque va mal la economía. Pura cuestión de interés, pero no puedo vivir con el corazón divido. Así que seguiré en paro, buscando como todos una salida, pero mientras ELIJO la alegría de quien sabe en el fondo cuál es su verdadera riqueza: Porque donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón (Mt. 6,21).
Creo que ésta es una época privilegiada para replantearnos en qué basamos (o tasamos) nuestra felicidad cotidiana; cuál es nuestro “Dios” y el corazón de nuestra vida (porque “de lo que rebosa el corazón, hablan los labios”). Momento de replantear no lo que tenemos sino lo que somos; no lo que damos sino la voluntad de dar; no el intercambio sino el compartir amoroso que brota de mirar el mundo con ojos recién nacidos, de tener el oído atento a la escucha humilde, abiertos los brazos, el corazón despierto y disponible. «Ubi Amor, ibi oculus» (donde hay amor, hay visión). Es importante ver los “signos de los tiempos” en esta época que toca vivir y afrontarlos con ánimo renacido. Y saber que no caminamos solos, que muchas personas están en búsqueda, convencidas de que otra sensibilidad es aún posible.
Quizá esta actitud no nos arregle los problemas financieros, pero ayuda a plantear desde otra clave nuestra vida. Es la firme opción por empezar cada mañana sonriendo, por tener una palabra amable, privilegiar las buenas noticias, por tener siempre listo un abrazo (venciendo ese pudor que nos hace esperar “el momento oportuno”. ¡No perdáis ocasión! ¡abrazad a los que amáis hoy, ahora, sin excusas, sin motivo!). Quizá no tengamos dinero pero sí una pasión capaz de sanar este mundo dolorido. Estamos llamados a tener un corazón imbatible. En los tiempos que corren, la mayor heroicidad consiste en sembrar gestos de esperanza que resuciten esta tierra yerma. No porque vivamos al margen de los problemas, sino por puro convencimiento de que el optimismo, la gratuidad y la bondad son hoy una apuesta necesaria y un revulsivo.
Por supuesto que la crisis nos afecta, pero héroes son aquellos – decía Thomas Carlyle – que aun siendo frágiles como todos, enfrentan sus miedos y siguen adelante. Hoy más que nunca necesitamos héroes de carne y hueso: vecinos, hermanos, amigos que emprendan ese otro rescate igualmente necesario: cultivar el placer de los detalles, el gusto por simplificar la vida, el deseo de conectar con lo esencial que da saber y sabor a cada día. Necesitamos mujeres y hombres, niños, abuelas que – despojados de títulos y méritos, cheques y chaquetas – nos saquen del mono-tema y nos recuerden lo que de verdad importa, qué «queremos dar» a la gente que nos rodea. No sé hacia dónde irá la crisis, pero acaso baste con saber dónde está nuestro corazón… y hacia dónde nos lleva.

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24 de febrero de 2013

2º domingo de Cuaresma

Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
Ramón Sánchez-Lumbier

Fuerte contraste entre la experiencia del desierto y ésta de la montaña. En una semana pasamos de la noche oscura al más claro día; de la soledad a la dulce compañía; de la tentación del diablo a la envolvente caricia del cielo. Por algo será.
La Ley y los Profetas desembocan en Jesús. La Alianza antigua da paso a la nueva, que será eterna. Jesús quiere cerca a sus amigos. Los discípulos contemplan su gloria. Pedro exclama: “Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí!” (cf. ev.). La experiencia única se hace más sublime cuando, “desde la nube”, llega la voz: "Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadle". Se nos pide también fijar los ojos en Jesucristo. Celebramos “el sacramento de nuestra fe” mirando al Señor. Sí, ¿qué vemos y oímos?
La Palabra de Dios ofrece, en promesa, vida fecunda con la alianza en favor de Abrahán y "su descendencia". Cuesta decirlo, pero hay vida después de la muerte, y gozo engendrado con dolor, y regeneración tras sacrificios y ofrendas en procesos de conversión. A veces, la niebla de la vida nos hace perder de vista el panorama. Cierto. Pero Abrán creyó en el Dios invisible que realizaría con él un rito de alianza. A Abrahán, ya con nuevo nombre, se le llamará ‘padre de los creyentes’, de un pueblo en alianza con Dios: ‘Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo’ (cf. 1ª lect.).
La “descendencia” prometida, en su ‘objetivo último’, somos “nosotros”, los miembros del “nuevo Pueblo”, la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. En Jesús, “el Hijo escogido”, la Alianza llega a su culmen. La Palabra de Dios es también para nosotros: hoy nos exhorta a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos al futuro con esperanza cierta. Sí, “espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (cf. resp.).
La transfiguración de Jesucristo nos llama a la esperanza porque deja entrever el ‘modelo’ y la ‘norma’ para vivir felices. Sí, en el camino de la vida hacia la transformación definitiva, nos acompaña una voz, una presencia, Dios mismo (cf. 2ª lect.). En efecto, por gracia de Dios hemos acogido con fe viva el don del Hijo único, el amor y la fortaleza de su Espíritu, la esperanza que nos hace vivir y nos lleva siempre más adelante: “Somos ciudadanos del cielo de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo” (cf. 2ª lect.).
¡Qué maravilla de Dios! En Jesús transfigurado, el Padre nos muestra a su Hijo, ejemplar supremo de nueva humanidad. El Padre quiere “configurarnos con Jesús”. Gocémonos con su querer y prosigamos el combate de la conversión, “fijos los ojos en Él” y a Él confiados. Lo hemos cantado con el salmista: “el Señor es mi luz y mi salvación… El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (cf. resp). Sí, oremos más y mejor, estemos con Él, escuchemos su voz en lectura orante del Evangelio, caminemos a la luz de su verdad y de su misericordia. Dejémonos reconciliar con Dios y desterremos el egoísmo, entreguémonos al Señor y sirvamos a los demás. Con sencillez y generosidad, con amor y alegría. Así podremos anunciar, con obras y palabras, que “Dios es Amor”. Y lo haremos como Iglesia “suya”, día a día, en este mundo tan herido.
Como es evidente, persisten las desgracias naturales y las injusticias estructurales; los abusos de poder, la corrupción, mentiras y calumnias, inseguridad y miedo, paro lacerante, acosos, persecuciones y ultrajes a la dignidad de personas, grupos y comunidades, hasta incurrir en criminales atentados de consecuencias mortales. No es extraño que sintamos indignación y pavor, ni que tendamos a dudar de las promesas. Pero, a pesar de los pesares, en medio de tanta miseria, causada por injusticias ajenas, por las propias deficiencias y debilidades, y por los pecados de todos, apostemos por afrontar la vida que se nos da, y “peleemos” en ella con sinceridad y verdad; también con esperanza ante el futuro, "fijos los ojos en Jesús”.
Hermana: ¿podrás orar así de enamorada?: “Oigo en mi corazón: ‘buscad mi rostro’. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro”? (cf. salmo resp.). ¿Podrás hacerlo, amigo, también tú, y enamorado? ¡Enhorabuena! La gracia del santo Bautismo nos hizo renacer como hijos de Dios en Jesucristo. Por su Espíritu y en la fe apostólica, podemos reasumir, una vez más, esta divina vocación. Bebamos de la fuente viva de donde brota, para nuestra sed, el agua que salta hasta la vida eterna. Que nos sepamos y sintamos “hijos de Dios en el Hijo Amado”. Él fue crucificado por amor y vive exaltado en la gloria. Como iglesia orante, acojamos de verdad la Palabra de Dios para vivir como cristianos, coherentes con la fe que celebramos y proclamamos, testigos del Dios-Amor, Padre de Jesús y Padre nuestro, servidores de los hermanos.
El Señor nos invita a ir con Él. Quiere que entremos en su intimidad y gocemos con su presencia, que pregustemos ahora sus eternos horizontes, capaces de avivar el fuego de nuestros amores, en deseos de Infinito. Peregrinos de la vida, su santo Espíritu nos purifica y purificará para hacernos dignos de participar en la gloria de su resurrección. ¡Bien merece la pena! ¡Demos gracias a Dios!

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Calzar las sandalias del pescador

CARTA SEMANAL DEL ARZOBISPO DE OVIEDO.
17 DE FEBRERO DE 2013

Se presentó como un humilde trabajador de la viña del Señor. Su llegada no respondía a unas oposiciones aprobadas, a una conquista largamente acariciada, a unas elecciones que con sus rivales peleó. Era un misterio y así nos lo hizo saber Joseph Ratzinger cuando, asomado al balcón de la Basílica de San Pedro, se entreveía en su mirada la sorpresa que te deja sin hálito, rompiendo los legítimos planes que tenía a su edad.
Calzarse las sandalias del pescador como Pedro a quien sucedía en su sede en ese trance, tras la figura imponente de Juan Pablo II de quien fue un fiel colaborador, no era cosa cualquiera. Siempre pienso en esa estancia junto a la Capilla Sixtina, donde el elegido antes de vestirse de blanco papal, ora en silencio. La llaman capilla de las lágrimas. Toda una vida queda a la espalda de tu historia, y una vida desbordante se abre ante tus ojos, abrumado por la carga que sobreviene y confortado a la vez por la certeza de Quien te acompaña. Las lágrimas son de humilde petición, de gratitud también, y afuera… los hermanos Cardenales, y los hermanos del mundo entero que, más allá de ese balcón, esperan con ansiedad.
Benedicto XVI nos contó enseguida su programa, el que a cualquier mandatario se le pide como previo para decidir su aceptación o no. Pero, en su caso, el programa no respondía a una estrategia de política eclesial, o a demagogias oportunistas, o a vaivenes reaccionarios, o a ajustes de cuentas. Así lo dijo al comenzar su Pontificado: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la Palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia».
La escucha como programa… ¿no resulta inconcreto, abstracto, tal vez arriesgado? Y, sin embargo, es la única seguridad que nos cabe para que la labor pastoral de alguien elegido para tan alto ministerio tenga la medida de las cosas de Dios. Escuchar la Palabra y escrutar la voluntad de lo que Dios dice y espera de nosotros, pobres instrumentos en las manos dadivosas del Señor.
Pero, ¿dónde habla Él para escuchar su palabra o saber lo que de nosotros quiere? La vida entera se convierte en vocero de Dios, y cada circunstancia nos acerca a su querer. Hay que saber escuchar y acertar acoger. En Benedicto XVI no han sido las dificultades, los retos internos de la Iglesia o los desafíos externos de nuestra atribulada humanidad, sino algo más cercano y cotidiano lo que le ha dictado en su conciencia lo que debía hacer con libertad para bien de la Iglesia y de la humanidad.
El sí, con el que un hijo de Dios se adhiere al misterioso designio que la Providencia traza para cada uno, no es algo según la gana o la conveniencia. Es un sí para siempre a quien siempre nos llama a abrazar su divina voluntad. Pero decimos sí a una Persona, no a un cargo, a una responsabilidad. Si por amor y obediencia hemos aceptado lo que se nos confiaba, por amor y obediencia hay que dejarlo cuando se nos hace saber, de mil modos, que eso es lo que Dios nos dice y lo que de nosotros espera.
Conmovidos por el gesto de nobleza cristiana de Benedicto XVI, mientras damos gracias por su fecundo Pontificado, pedimos al Espíritu Santo que ilumine al Colegio Cardenalicio para elegir a quien, calzando las sandalias de Pedro, siga acompañando a la Iglesia por los caminos de Dios en esta encrucijada de la historia. ¡Gracias, Santo Padre!

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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Escuchar a Jesús

24 de febrero de 2013
Lucas 9,28-36

Los cristianos de todos los tiempos se han sentido atraídos por la escena llamada tradicionalmente "La transfiguración del Señor". Sin embargo, a los que pertenecemos a la cultura moderna no se nos hace fácil penetrar en el significado de un relato redactado con imágenes y recursos literarios, propios de una "teofanía" o revelación de Dios.
Sin embargo, el evangelista Lucas ha introducido detalles que nos permiten descubrir con más realismo el mensaje de un episodio que a muchos les resulta hoy extraño e inverosímil. Desde el comienzo nos indica que Jesús sube con sus discípulos más cercanos a lo alto de una montaña sencillamente "para orar", no para contemplar una transfiguración.
Todo sucede durante la oración de Jesús: "mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió". Jesús, recogido profundamente, acoge la presencia de su Padre, y su rostro cambia. Los discípulos perciben algo de su identidad más profunda y escondida. Algo que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.
En la vida de los seguidores de Jesús no faltan momentos de claridad y certeza, de alegría y de luz. Ignoramos lo que sucedió en lo alto de aquella montaña, pero sabemos que en la oración y el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. Esta oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.
Lucas dice que los discípulos apenas se enteran de nada, pues "se caían de sueño" y solo "al espabilarse", captaron algo. Pedro solo sabe que allí se está muy bien y que esa experiencia no debería terminar nunca. Lucas dice que "no sabía lo que decía".
Por eso, la escena culmina con una voz y un mandato solemne. Los discípulos se ven envueltos en una nube. Se asustan pues todo aquello los sobrepasa. Sin embargo, de aquella nube sale una voz: "Este es mi Hijo, el escogido. Escuchadle". La escucha ha de ser la primera actitud de los discípulos.
Los cristianos de hoy necesitamos urgentemente "interiorizar" nuestra religión si queremos reavivar nuestra fe. No basta oír el Evangelio de manera distraída, rutinaria y gastada, sin deseo alguno de escuchar. No basta tampoco una escucha inteligente preocupada solo de entender.
Necesitamos escuchar a Jesús vivo en lo más íntimo de nuestro ser. Todos, predicadores y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro. Dejar que sus palabras desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa, más contagiosa.

José Antonio Pagola

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18 de febrero de 2013

Calzar las Sandalias del Pescador

CARTA SEMANAL DEL ARZOBISPO DE OVIEDO.
17 DE FEBRERO DE 2013

Se presentó como un humilde trabajador de la viña del Señor. Su llegada no respondía a unas oposiciones aprobadas, a una conquista largamente acariciada, a unas elecciones que con sus rivales peleó. Era un misterio y así nos lo hizo saber Joseph Ratzinger cuando, asomado al balcón de la Basílica de San Pedro, se entreveía en su mirada la sorpresa que te deja sin hálito, rompiendo los legítimos planes que tenía a su edad.
Calzarse las sandalias del pescador como Pedro a quien sucedía en su sede en ese trance, tras la figura imponente de Juan Pablo II de quien fue un fiel colaborador, no era cosa cualquiera. Siempre pienso en esa estancia junto a la Capilla Sixtina, donde el elegido antes de vestirse de blanco papal, ora en silencio. La llaman capilla de las lágrimas. Toda una vida queda a la espalda de tu historia, y una vida desbordante se abre ante tus ojos, abrumado por la carga que sobreviene y confortado a la vez por la certeza de Quien te acompaña. Las lágrimas son de humilde petición, de gratitud también, y afuera… los hermanos Cardenales, y los hermanos del mundo entero que, más allá de ese balcón, esperan con ansiedad.
Benedicto XVI nos contó enseguida su programa, el que a cualquier mandatario se le pide como previo para decidir su aceptación o no. Pero, en su caso, el programa no respondía a una estrategia de política eclesial, o a demagogias oportunistas, o a vaivenes reaccionarios, o a ajustes de cuentas. Así lo dijo al comenzar su Pontificado: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la Palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia».
La escucha como programa… ¿no resulta inconcreto, abstracto, tal vez arriesgado? Y, sin embargo, es la única seguridad que nos cabe para que la labor pastoral de alguien elegido para tan alto ministerio tenga la medida de las cosas de Dios. Escuchar la Palabra y escrutar la voluntad de lo que Dios dice y espera de nosotros, pobres instrumentos en las manos dadivosas del Señor.
Pero, ¿dónde habla Él para escuchar su palabra o saber lo que de nosotros quiere? La vida entera se convierte en vocero de Dios, y cada circunstancia nos acerca a su querer. Hay que saber escuchar y acertar acoger. En Benedicto XVI no han sido las dificultades, los retos internos de la Iglesia o los desafíos externos de nuestra atribulada humanidad, sino algo más cercano y cotidiano lo que le ha dictado en su conciencia lo que debía hacer con libertad para bien de la Iglesia y de la humanidad.
El sí, con el que un hijo de Dios se adhiere al misterioso designio que la Providencia traza para cada uno, no es algo según la gana o la conveniencia. Es un sí para siempre a quien siempre nos llama a abrazar su divina voluntad. Pero decimos sí a una Persona, no a un cargo, a una responsabilidad. Si por amor y obediencia hemos aceptado lo que se nos confiaba, por amor y obediencia hay que dejarlo cuando se nos hace saber, de mil modos, que eso es lo que Dios nos dice y lo que de nosotros espera.
Conmovidos por el gesto de nobleza cristiana de Benedicto XVI, mientras damos gracias por su fecundo Pontificado, pedimos al Espíritu Santo que ilumine al Colegio Cardenalicio para elegir a quien, calzando las sandalias de Pedro, siga acompañando a la Iglesia por los caminos de Dios en esta encrucijada de la historia. ¡Gracias, Santo Padre!

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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17 de febrero de 2013

Domingo 1º Cuaresma

Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
Ramón Sánchez-Lumbier
17-2-2013

El tiempo de Cuaresma es "tiempo favorable". "Camino hacia la Pascua", nos estimula en el combate de la fe, puestos los ojos en el triunfo de Jesucristo, entregado por amor: “Mirarán al que traspasaron”. ¡Miremos, sí, y seremos fuertes!
Reconocer que somos "polvo” no impide degustar la riqueza de nuestra dignidad y vocación: somos, en verdad, “polvo enamorado”, vidas para amar sirviendo con fe, alegría y esperanza. Porque aceptar en verdad la condición propia, que es frágil, pecadora y mortal, vivir con humilde corazón, no anula el hambre y la sed de infinito. ¡Qué singular y sublime ejemplo el del Papa Benedicto XVI!
¡Cierto!, a veces, la cruda realidad sobre la marcha de personas y pueblos hace que se nos ponga en primer plano lo negativo de nuestra común humanidad. Todos queremos vivir en libertad y justicia. Nos hemos de comprender, respetar y ayudar en el empeño. Cada uno, por supuesto, ha de encarar obstáculos y tentaciones de todo tipo. Jesús venció. Y podemos vencer, nosotros también, por la fe en Él. Dios nos brinda ahora su luz y su fuerza en la mesa de la Palabra. Palabra que es "capaz de salvarnos", de dar a nuestro vivir consistencia firme, esperanza cierta, luminoso horizonte, hermosa y eterna meta.
Estamos convocados para marchar juntos pidiendo la gracia de un profundo cambio en mente y corazón, en pensamientos y sentimientos, en actitudes y conducta. Se nos ofrece aspirar a lo mejor para llegar a ser nada menos que "imagen y semejanza" de Jesucristo. ¿Querremos, pues, vivir no sólo de “pan y circo”, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios? "¡Conviértete y cree en el Evangelio!" Sigue apremiando la exhortación del pasado miércoles, al recibir la ceniza en la comunidad eclesial de los pecadores.
Hermanas y amigos, relancemos la esperanza. La Palabra de Dios nos ayudará en el combate espiritual para ser gente libre y decidida, alegre y pacificadora, pueblo amado y en constante proceso de conversión a la infinita misericordia de Dios. Y renovaremos nuestra opción por la vida y por el Viviente que hace vivir. Y podremos amar mejor, a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a nosotros mismos.
El pasaje del Deuteronomio recuerda cómo Yahvé Dios rompió las cadenas que esclavizaban a su pueblo en Egipto. Dios sigue queriendo que todos vivamos felices, en tierra fecunda y compartida. El salmo responsorial alimenta la confianza de quien espera en un Dios Libertador: “acompáñame, Señor, en la tribulación”. La segunda lectura nos trae la convicción de Pablo: sólo "Jesús es el Señor", “nadie que cree en Él quedará defraudado”.
Y, sobre todo, en el evangelio vemos a Jesús derrotando al enemigo: “el Espíritu Santo lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo”. El episodio de "las tentaciones", además, es como un “anticipo” histórico de la incomprensión que Jesús encontraría a lo largo de su vida, tanto en amigos como en enemigos. Y es también una “perfecta” síntesis de su “saber estar” ante el Padre-Dios y ante los hombres. Las falsas y engañosas propuestas, entonces y ahora, se pueden condensar en tres: tentación de la autosuficiencia, apoyada en prosperidad y bienestar solamente material; tentación del poder, al servicio del egoísmo; y tentación del éxito personal pretendido al margen de Dios. Sí, hoy muchos estarían con Jesús para "hartarse de pan”, para “tener” de todo, para “dominar” a los demás con poder ilimitado. Pero lo que Jesús propone y pide es otra cosa: que nos acerquemos confiados al único Dios Vivo, que acojamos su bondad y le amemos en todo y sobre todas las cosas.
Frente a la tentación, Jesús asumió el difícil camino de la cruz, en obediencia filial al Padre, entregándose hasta el final en favor de los hermanos. Contra pronóstico, Jesús consiguió roturar y preparar la senda que conduce a la Vida porque se dejó llevar por el Espíritu Santo. Jesús nos hace ver que los hombres y sus cosas, por sí solos, no pueden proporcionar una vida plenamente humana y para todos. Jesús es el Hijo fiel que no quiere "tentar" a Dios pidiéndole "privilegios" para huir de las contradicciones de la vida. Jesús vivió y murió amando a todos y adorando sólo al Padre.
Hermanas y amigos: pidamos al Señor su gracia para reconocerle siempre como origen del cosmos, como clave y sentido profundo de la historia, como hogar y glorioso destino para cada persona y para la entera familia humana. Pidámosle nos recree con su santo Espíritu y, llenos de admiración y gratitud, podremos entregarnos a su amor y cumpliremos en todo su santísima voluntad. Si hemos de vivir como “bautizados en Cristo”, aprendamos del Maestro: su persona, su Evangelio, su camino, nos dicen cómo alcanzar cotas más altas de santidad. No sólo lo muestran, sino que, además, capacitan para ello.
Que Santa María y los santos nos ayuden a dar los pasos de conversión para recibir “la gracia del perdón”. Nos veremos renovados con “la alegría de la salvación”. ¡Es “cosa” de Dios!: "cuando estábamos perdidos y éramos incapaces de volver a Dios, Jesús nos amó hasta el extremo". Aquí y ahora se actualiza el Misterio Pascual en el sacramento eucarístico, mesa de Dios para que todos sus hijos tengamos vida y vida abundante. ¡Que el Padre nos confirme en el mismo Espíritu de Jesucristo, el Hijo Amado! Con Él, en el "desierto" de la vida, podremos preparar la venida del Reino de Dios, reino de libertad y justicia, de vida y verdad, de amor y de paz para todos. Renovemos, pues, la fe apostólica y, unidos, demos gracias a Dios.

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No desviarnos de Jesús

17 de febrero de 2013
Lucas 4, 1-13

Las primeras generaciones cristianas se interesaron mucho por las pruebas y tensiones que tuvo que superar Jesús para mantenerse fiel a Dios y vivir siempre colaborando en su proyecto de una vida más humana y digna para todos.
El relato de las tentaciones de Jesús no es un episodio cerrado, que acontece en un momento y en un lugar determinado. Lucas nos advierte que, al terminar estas tentaciones, "el demonio se marchó hasta otra ocasión". Las tentaciones volverán en la vida de Jesús y en la de sus seguidores.
Por eso, los evangelistas colocan el relato antes de narrar la actividad profética de Jesús. Sus seguidores han de conocer bien estas tentaciones desde el comienzo, pues son las mismas que ellos tendrán que superar a lo largo de los siglos, si no quieren desviarse de él.
En la primera tentación se habla de pan. Jesús se resiste a utilizar a Dios para saciar su propia hambre: "no solo de pan vive el hombre". Lo primero para Jesús es buscar el reino de Dios y su justicia: que haya pan para todos. Por eso acudirá un día a Dios, pero será para alimentar a una muchedumbre hambrienta.
También hoy nuestra tentación es pensar solo en nuestro pan y preocuparnos exclusivamente de nuestra crisis. Nos desviamos de Jesús cuando nos creemos con derecho a tenerlo, y olvidamos el drama, los miedos y sufrimientos de quienes carecen de casi todo.
En la segunda tentación se habla de poder y de gloria. Jesús renuncia a todo eso. No se postrará ante el diablo que le ofrece el imperio sobre todos los reinos del mundo: "Al Señor, tu Dios, adorarás". Jesús no buscará nunca ser servido sino servir.
También hoy se despierta en algunos cristianos la tentación de mantener, como sea, el poder que ha tenido la Iglesia en tiempos pasados. Nos desviamos de Jesús cuando presionamos las conciencias tratando de imponer a la fuerza nuestras creencias. Al reino de Dios le abrimos caminos cuando trabajamos por un mundo más compasivo y solidario.
En la tercera tentación se le propone a Jesús que descienda de manera grandiosa ante el pueblo, sostenido por los ángeles de Dios. Jesús no se dejará engañar:"No tentarás al Señor, tu Dios". Aunque se lo pidan, no hará nunca un signo espectacular del cielo. Solo hará signos de bondad para aliviar el sufrimiento y las dolencias de la gente.
Nos desviamos de Jesús cuando confundimos nuestra propia ostentación con la gloria de Dios. Nuestra exhibición no revela la grandeza de Dios. Solo una vida de servicio humilde a los necesitados manifiesta su Amor a todos sus hijos.
José Antonio Pagola

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El Separador

1º DOMINGO DE CUARESMA
EV. LC 4, 1-13
17 DE FEBRERO DE 2013

El miércoles pasado empezábamos la Cuaresma con la imposición de la ceniza y la llamada a la conversión. El domingo primero de este tiempo de gracia el Evangelio nos presenta a Jesús que es tentado por el diablo. La Biblia tiene varios nombres para este personaje, pero en todos subyace el mismo cometido de su misión: el que separa, el que arranca; diablo, dia-bolus: el que divide.
El demonio –en medio de mundo que lo ignora y lo frivoliza– está más presente que nunca en los miedos, en los dramas, en las mentiras y en los vacíos del hombre postmo¬derno, aparentemente desenfadado, juguetón y divertido.
Con Jesús, como con todos, el diablo tratará de hacerle una única tentación, aunque con diversos matices: romper la comunión con el Padre Dios. Para este fin, todos los me¬dios serán aptos, desde citar la misma Biblia hasta disfrazarse de ángel de luz. Las tres ten¬taciones de Jesús son un ejemplo actualísimo: desde tu hambre, convierte las piedras en pan; desde tus aspiraciones, hazte dueño de todo; desde tu condición de hijo de Dios, pon a prueba su protección. Dicho de otro modo: el dia-bolus tratará de conducir a Jesús por un camino en el que Dios, o es banal y superfluo, o es inútil y pernicioso.
Prescindir de Dios, porque yo reduzco mis necesidades a un pan que yo mismo puedo fabricarme, cual si fuera mi propia hada mágica (1ª tentación). Prescindir de Dios, modifi¬cando su plan sobre mí, incluyendo aspiraciones de dominio que no tienen que ver con la misión que Él me confió (2ª tentación). Prescindir de Dios, banalizando su providencia, ha¬ciéndola capricho o divertimento (3ª tentación). Esto resulta actual, si vamos traduciendo, con nombres y color, cuáles son las tentaciones ¡reales! Que, a cada uno y a todos juntos, nos separan de Dios y, por tanto, de los demás. La tentación del dios-tener (en todas sus manifestaciones de preocu¬pación por el dinero, por la acumulación, por las “devociones” de lotos y azares, por el con¬sumo crudo y duro). La tentación del dios-poder (con toda la gama de pretensiones trepa¬doras, que confunden el servicio a los demás con el servirse de los demás para los propios intereses y controles). La tentación del dios-placer (con tantas, tan desdichadas y, sobre todo, tan deshumanizadoras formas de practicar el hedonismo, tratando de censurar inútil¬mente nuestra limitación y finitud).
¿Quién duda de que hay mil diablos, que nos encantan y seducen desde el chantaje de sus condiciones y, poniéndonoslo fácil y atractivo, nos separan de Dios, de los demás y de nosotros mismos? Jesús venció al diablo. La Cuaresma es un tiempo para volvernos al Señor volviendo a unir todo cuanto el tentador ha separado entre Dios y nosotros, entre nosotros y los hermanos, entre nosotros y nosotros mismos.

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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10 de febrero de 2013

La fuerza del Evangelio

10 de febrero de 2013
Lucas 5, 1-11

El episodio de una pesca sorprendente e inesperada en el lago de Galilea ha sido redactado por el evangelista Lucas para infundir aliento a la Iglesia cuando experimenta que todos sus esfuerzos por comunicar su mensaje fracasan. Lo que se nos dice es muy claro: hemos de poner nuestra esperanza en la fuerza y el atractivo del Evangelio.
El relato comienza con una escena insólita. Jesús está de pie a orillas del lago, y "la gente se va agolpando a su alrededor para oír la Palabra de Dios" . No vienen movidos por la curiosidad. No se acercan para ver prodigios. Solo quieren escuchar de Jesús la Palabra de Dios.
No es sábado. No están congregados en la cercana sinagoga de Cafarnaún para oír las lecturas que se leen al pueblo a lo largo del año. No han subido a Jerusalén a escuchar a los sacerdotes del Templo. Lo que les atrae tanto es el Evangelio del Profeta Jesús, rechazado por los vecinos de Nazaret.
También la escena de la pesca es insólita. Cuando de noche, en el tiempo más favorable para pescar, Pedro y sus compañeros trabajan por su cuenta, no obtienen resultado alguno. Cuando, ya de día, echan las redes confiando solo en la Palabra de Jesús que orienta su trabajo, se produce una pesca abundante, en contra de todas sus expectativas.
En el trasfondo de los datos que hacen cada vez más patente la crisis del cristianismo entre nosotros, hay un hecho innegable: la Iglesia está perdiendo de modo imparable el poder de atracción y la credibilidad que tenía hace solo unos años.
Los cristianos venimos experimentando que nuestra capacidad para transmitir la fe a las nuevas generaciones es cada vez menor. No han faltado esfuerzos e iniciativas. Pero, al parecer, no se trata solo ni primordialmente de inventar nuevas estrategias.
Ha llegado el momento de recordar que en el Evangelio de Jesús hay una fuerza de atracción que no hay en nosotros. Esta es la pregunta más decisiva: ¿Seguimos "haciendo cosas" desde un Iglesia que va perdiendo atractivo y credibilidad, o ponemos todas nuestras energías en recuperar el Evangelio como la única fuerza capaz de engendrar fe en los hombres y mujeres de hoy?
¿No hemos de poner el Evangelio en el primer plano de todo?. Lo más importante en estos momentos críticos no son las doctrinas elaboradas a lo largo de los siglos, sino la vida y la persona de Jesús. Lo decisivo no es que la gente venga a tomar parte en nuestras cosas sino que puedan entrar en contacto con él. La fe cristiana solo se despierta cuando las personas descubren el fuego de Jesús

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Domingo 5º T.O. C

Jornada nacional de MANOS UNIDAS. Campaña contra el Hambre :
“No hay justicia sin igualdad”
Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
(Ramón Sánchez-Lumbier)

Como aquella gente, estamos con Jesús y queremos festejar la vida y el amor.
Cantábamos: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón… Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor de mi alma…” Era segura confianza: “El Señor completará sus favores conmigo… Señor, no abandones la obra de tus manos” (cf. resp.).
Hermanas y amigos: ¿cómo vivirla cuando se acentúa lo negativo en el propio corazón o en el mundo, en la Iglesia o en el ambiente, en la familia y las relaciones interpersonales? Nos sentimos “poca cosa”. Ante el Dios Santo, nos pasa como a Isaías y a Pedro (cf. 1ª lect. y ev.): “¡ay de mí, estoy perdido!”, “¡apártate de mí, Señor, que soy un pecador”! Pero Él se nos acercará aún más. El Dios Santo se revela y entrega en el Hijo Amado, se hace compasión y gracia para todos. Nos pide confiar en Él y abandonarnos en sus manos, “como niños en brazos de su madre”. Él hará lo demás: “¡te basta mi gracia!” (cf. 2ª lect.).
El relato evangélico nos exhorta a remar “mar adentro”. La orden dada por Jesús a Pedro se revela extraordinariamente fecunda. Se trata de una pesca milagrosa, signo del poder de la palabra de Jesús. Él no es sólo un hombre, como todos los demás, sino el Hijo de Dios, con su poder creador. Hoy, Jesús Resucitado, desde la barca de su Iglesia, sigue proponiendo a las multitudes el Evangelio de la misericordia. Con sus obras y palabras, por la virtud de su santo Espíritu, nos ha colocado ya en la órbita del Reino. Es lo que creemos.
De la Pascua de Jesucristo nació la fe apostólica y la vocación cristiana con asombrosa capacidad para amar. “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (cf. 2ª lect.). Amar siempre, incluso al enemigo, nos hace semejantes a Dios y hace crecer la comunidad eclesial en torno al eje de la misma fe: “tanto ellos como yo, esto es lo que os predicamos, esto es lo que habéis creído” (cf. 2ª lect.). Es el Evangelio aceptado y proclamado como fundamento y guía de la nueva vida en el Señor.
La 1ª carta a los Corintios es anterior a los evangelios, pero posterior al testimonio de los apóstoles: “Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día…”. Éste es el sólido cimiento de nuestra fe. Y esta fe, “la fe que nos salva”, es la que nos lleva a vivir con los otros en “el espíritu de las bienaventuranzas”, compartiendo cuanto somos y tenemos, en libertad y justicia, con amor y esperanza. Sí, “también nosotros estamos llamados a dar una respuesta de fe. Cuando todo parece inútil, cuando la vida parece absurda, debemos acudir al Señor, que nos dirige una palabra de confianza, de aliento y de empuje: ‘¡Rema mar adentro!’. Si acogemos esta palabra, siempre podremos hacer algo, siempre podremos tener una reacción positiva, aunque sea modesta…” (cf. Card. Albert Vanhoye, SJ).
¿Verdad, hermanas, que es el Señor quien nos recrea para la confiada ofrenda y el compartir generoso?: “¡Aquí estoy, mándame!”? (cf. 1ª lect.). Amados de Dios y por Él llamados, su Espíritu Santo, en la familia de los hijos, nos hace también servidores del Evangelio del Reino, partícipes en la misión que el Señor confía a su Iglesia, nos hace sus beneficiarios y testigos. Atraídos por el amor de Jesucristo y “fijos los ojos en Él”, la fe se expresa en “obediencia”, en entrega apasionada por Dios y en amor fraterno. Ése es el fuego santo que alimenta toda oración y quehacer para la evangelización del mundo. Desde lo concreto, humilde y sencillo. Día a día siguiendo al Señor, haciendo fraternidad, cooperando en la obra del Reino de Dios.
Como las mujeres de “Manos Unidas”. El lema de la Campaña de este año lo plasma su cartel: una mujer lleva sobre sus espaldas una balanza con sus dos platillos en perfecto equilibrio: “No hay justicia sin igualdad”. Escribe nuestro Arzobispo: “Manos Unidas se esfuerza por sensibilizar las conciencias ante injusticias flagrantes contra los derechos de igualdad de las mujeres y lleva a cabo proyectos para acabar con las causas que las generan... Manos Unidas trabaja para cambiar la mentalidad y pone en la base de sus esfuerzos la caridad cristiana de la que nazca el respeto, la estima y el aprecio a la mujer en igualdad de derechos y deberes... Animo a todos, un año más, a ser generosos en esta campaña. Pero no sólo se trata de ayudar a financiar tantos y tan hermosos proyectos, sino también a despertar inquietudes y a difundirlas, a vivir sintiéndonos de verdad hermanos con todos los necesitados de la tierra”.
Hermanas: compartamos cuanto somos y tenemos con los de cerca y con los de lejos. Hagamos lo que querríamos que otros hicieran con nosotros. En nuestro paso fugaz por este mundo, mejor será vivirlo todo con amor, con humildad, con alegría y gratitud. Con Pedro podemos decirle al Señor: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes” (cf. ev.). ¡Por tu palabra! Sabemos, Señor, que cuando una persona se pone generosamente a tu servicio, Tú haces maravillas también por ella.
Como familia de Dios, Iglesia suya, protegida y defendida siempre por Él, renovemos asombro y esperanza (cf. oración colecta). Se nos llama a vivir de lo esencial, a amar como Jesús nos amó, a recibir y trabajar el don de la fraternidad. Esa fraternidad nace, se alimenta y perfecciona en la Eucaristía, “el sacramento de nuestra fe” y el fundamento firme de la esperanza que no falla. Por Jesucristo, con Él y en Él, pidamos la gracia y el gozo de amar. Sabiéndonos hermanos, proclamemos la fe apostólica y demos gracias a Dios.

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9 de febrero de 2013

Domingo 5

EL REINO ESTÁ ENTRE VOSOTROS

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5º Tiempo Ordinario

Y después de llevar las barcas a tierra, dejaron todo y lo siguieron.

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Salmo 137. V Domingo Tiempo Ordinario

Te doy gracias, Señor, de todo corazón.

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6 de febrero de 2013

Carta del nuevo Consejo Apostólico

Querida Familia:

El domingo, 3 de febrero, para todos los miembros de la SAGRADA FAMILIA, es un día muy especial de ACCION DE GRACIAS. Este año hemos querido unir a este acontecimiento la instalación del nuevo consejo de la Provincia. 
Celebramos juntos estos dos acontecimientos en la Eucaristía de las 5 de la tarde. 
Hacia las 4, ya empezaron a llegar hermanas a la comunidad de D. Ramón de la Cruz así como Asociados laicos de Madrid, Getafe, Aranjuez y nuestras consagradas seculares, para vivir juntos este día tan señalado. La Eucaristía fue preparada con mucha creatividad, esmero y detalles: flores, ofrendas, cantos… (gracias, Mª Paz). Después de la homilía y las intercesiones, Mª Ángeles leyó el decreto de la Instalación del nuevo consejo. Al final el celebrante, Bodi, invitó a Mª Ángeles y a Mª Paz a dirigir unas palabras a la asamblea. Las dos lo hicieron con sencillez y fraternidad. 
Como no podía terminar de otra manera, allí mismo, en un abrir y cerrar de ojos, cambió la decoración de la sala. Fue el ágape fraterno. La alegría de compartir lo que cada uno traía. Resultó ¡EXCELENTE! 
Un gracias muy especial a la comunidad de D. Ramón de la Cruz por la acogida tan fraterna que les caracteriza. 
 Ha sido un encuentro en el que nos hemos sentido, una vez más, que todos formamos una sola y única familia, la familia de PEDRO BIENVENIDO NOAILLES. 

Os enviamos una foto para quienes no nos conocéis. 

Mª Paz Aizcorbe (Provincial) -arriba en el centro-
Angelita de Miguel (Ecónoma/Consejera) -arriba a la derecha-
Pilar González (Consejera) -arriba a la izquierda-
Lidia Lizarraga (Consejera) -abajo a la izquierda-
Mª Luisa Narvarte (Consejera) -abajo a la derecha-


Texto oculto

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4 de febrero de 2013

No podéis servir a Dios y al dinero

Ponencia de José Antonio Pagola en el 32 Congreso de Teología

1. Atrapados en una crisis global
La historia de la Humanidad se encuentra en estos momentos atrapada por un sistema económico-financiero generado básicamente por el capitalismo neoliberal. Este sistema ha logrado imponer su dictadura prácticamente en todo el mundo, condicionando decisivamente el futuro de la comunidad humana.
No podéis servir a Dios y al dinero

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3 de febrero de 2013

Nuevo Consejo Provincial de la Vocación Apostólica

Cada 3 de febrero celebramos, alegres y agradecidos, esa Bendición que recibió nuestra Familia en 1822, con esa aparición de Jesús en la Eucaristía. Si Cristo se manifestó entonces fue por una razón concreta, pero es indudable que él sigue manifestándose día a día y nos hace llamadas concretas a cada uno de nosotros.
Como la que ha hecho a cada una de las componentes del nuevo Consejo de la Provincia de España de la vocación apostólica:
♣ Mª Paz Aizcorbe.
♣ Angelita de Miguel.
♣ Pilar González.
♣ Mª Luisa Narvarte.
♣ Lidia Lizarraga.
Coincidiendo con esta fecha y dentro de la celebración de este acontecimiento por la Familia reunida en Madrid, más concretamente en la comunidad de D. Ramón de la Cruz, el nuevo Consejo Provincial comenzará su misión, ese Servicio de Animación a la Vocación Apostólica en la provincia de España. También, desde aquí, se despedirá y se agradecerá al antiguo Consejo su entrega, celo y dedicación a lo largo de estos años.
Que esa Bendición del 3 de febrero la reciba también el nuevo Consejo Provincial, para que esté disponible y atento a la llamada que Dios le ha hecho y que no es otra que ayudar a las Hermanas a que sean fieles a su compromiso.

¡BENDICIONES PARA EL NUEVO CONSEJO PROVINCIAL Y PARA TODA LA FAMILIA DE PEDRO BIENVENIDO NOAILLES!

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3 de febrero 1822 - 3 de febrero de 2013

Pedro Bienvenido Noailles, Fundador de la Sagrada Familia de Burdeos,en febrero de 1822, escribía:

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Privados de Espíritu Profético

3 de febrero de 2013
Lucas 4, 21-30

Sabemos que históricamente la oposición a Jesús se fue gestando poco a poco: el recelo de los escribas, la irritación de los maestros de la ley y el rechazo de los dirigentes del templo fueron creciendo hasta acabar en su ejecución en la cruz.
También lo sabe el evangelista Lucas. Pero, intencionadamente, forzando incluso su propio relato, habla del rechazo frontal a Jesús en la primera actuación pública que describe. Desde el principio han de tomar conciencia los lectores de que el rechazo es la primera reacción que encuentra Jesús entre los suyos al presentarse como Profeta.
Lo sucedido en Nazaret no es un hecho aislado. Algo que sucedió en el pasado. El rechazo a Jesús cuando se presenta como Profeta de los pobres, liberador de los oprimidos y perdonador de los pecadores, se puede ir produciendo entre los suyos a lo largo de los siglos.
A los seguidores de Jesús nos cuesta aceptar su dimensión profética. Olvidamos casi por completo algo que tiene su importancia. Dios no se ha encarnado en un sacerdote, consagrado a cuidar la religión del templo. Tampoco en un letrado ocupado en defender el orden establecido por la ley. Se ha encarnado y revelado en un Profeta enviado por el Espíritu a anunciar a los pobres la Buena Noticia y a los oprimidos la liberación.
Olvidamos que la religión cristiana no es una religión más, nacida para proporcionar a los seguidores de Jesús las creencias, ritos y preceptos adecuados para vivir su relación con Dios. Es una religión profética, impulsada por el Profeta Jesús para promover un mundo más humano, orientado hacia su salvación definitiva en Dios.
Los cristianos tenemos el riesgo de descuidar una y otra vez la dimensión profética que nos ha de animar a los seguidores de Jesús. A pesar de las grandes manifestaciones proféticas que se han ido dando en la historia cristiana, no deja de ser verdad lo que afirma el reconocido teólogo H. von Balthasar: A finales del siglo segundo "cae sobre el espíritu (profético) de la Iglesia una escarcha que no ha vuelto a quitarse del todo".
Hoy, de nuevo, preocupados por restaurar "lo religioso" frente a la secularización moderna, los cristianos corremos el peligro de caminar hacia el futuro privados de espíritu profético. Si es así, nos puede suceder lo que a los vecinos de Nazaret: Jesús se abrirá paso entre nosotros y "se alejará" para proseguir su camino. Nada le impedirá seguir su tarea liberadora. Otros, venidos de fuera, reconocerán su fuerza profética y acogerán su acción salvadora.
José Antonio Pagola

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