26 de abril de 2011

Me asomaré al sepulcro, Señor.

Me asomaré al sepulcro, Señor
Y, corriendo más que aquellos que creen,
comprenderé que algo grande ha ocurrido.
Que tu vida, por la muerte,
no ha quedado encerrada detrás de la fría losa
y que, por lo tanto, la nuestra,
ha de seguir la misma suerte.
Me asomaré al sepulcro, Señor.
Pero, empújame para no detenerme,
porque temo que muchas distracciones del mundo
me dejen plantado ante los grandes escaparates,
olvidando aquellos valores eternos que Tú nos traes.
Me asomaré al sepulcro, Señor.
Como Pedro, que te negó como yo tantas veces te niego,
entenderé que, mucho nos ama Dios,
cuando desea para mí VIDA ETERNA,
cuando, me freno para no llegar a la hora del alba,
y dejo que la Resurrección no sea primera noticia en mi vida.
Me asomaré al sepulcro, Señor.
Y, si por lo que sea, en la nada sigo sin ver nada,
haz que recuerde aquello a lo que tantas veces me resisto:
que has resucitado entre los muertos,
que vuelves para devolvernos a la vida.
que resucitas para que seamos semilla de eternidad.
Me asomaré al sepulcro, Señor.
Y, entonces, sólo entonces,
me alegraré de haberlo encontrado vacío,
con vendas y sudario por el suelo,
pues, al asomarme y ver todo eso,
estaré intuyendo lo que me aguarda en el futuro:
¿Tú has resucitado?
¡También yo resucitaré, Señor!
¡Gracias, Señor!
¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO!
(P. Javier Leoz).

23 de abril de 2011

Domingo de resurrección. JESÚS TENÍA RAZÓN

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?
Jesús resucitado, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando "Padre" con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y el odio. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante, escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.
Jesús resucitado, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.
José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
JESÚS ESTÁ VIVO. Pásalo. 24 de abril de 2011
Domingo de Resurrección (A)
Juan 20, 1-9
DOMINGO DE RESURECCI+ôN DE JES+ÜS -LA FIESTA DE LA VIDA- 24-4-11

22 de abril de 2011

Viernes Santo. ANTE EL CRUCIFICADO

Amigo y hermano, Jesucristo,
hemos llegado al pie de esta cruz en que expiras,
para contemplarte y para escucharte en silencio.
Para verte clavado en ese madero
que se agiganta a nuestros ojos,
que surge de los abismos
y traspasa los cielos.

Tu cuerpo llena todos los espacios
y rompe todos los confines.

Hemos venido para oír tu voz
que resuena como un grito silencioso
en el corazón de todos los seres.

Abrimos los ojos y los oídos
para llenarnos de ti,
y hacemos silencio en nuestro interior
para que la única Palabra
no encuentre interferencias
de falsos mensajes, de ruidos importunos.

Estamos aquí desconcertados, asombrados,
sin entender nada,
como un niño ante su padre muerto.
No queremos pensar.
No nos importa comprender.
Nos basta mirar y ser mirados.
Nos basta tu presencia.

Sólo queremos que en la retina de nuestros ojos
queden grabados los tuyos;
que la luz que irradia tu rostro
ensangrentado, desfigurado, profanado,
vaya calando lentamente nuestro corazón.

Sietes Palabras Viernes Santo 22-4-11

21 de abril de 2011

Jueves Santo

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» (Ex 12, 1-8. 11-14; Sal 115; I Co 11, 23-26; Jn 13, 1-15)

TEXTO PARA MEDITAR

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.»

PASO DE PASIÓN: LA ÚLTIMA CENA

Al igual que en el momento de la institución de la Sagrada Cena, celebración de la Alianza Nueva, al acercarnos en la tarde-noche del Jueves Santo a la reunión eucarística, nos puede asaltar la duda sobre quién puede ser el discípulo que entregará a su Maestro, pero en nuestro caso no cabe mirar a otros. Cada uno, al ver el comportamiento de los amigos íntimos de Jesús, con estremecimiento nos podemos sentir aludidos cuando se nombra la posibilidad de la traición.

La Cena Santa se inscribe en la celebración de la Pascua, en la memoria de la acción de Dios en favor de su pueblo, en el recuerdo de la oblación de Jesús por toda la humanidad, no con un sacrificio de víctima expiatoria, sino con el ofrecimiento de su misma vida. La Eucaristía perpetúa la acción más sobrecogedora que el Hijo amado de Dios hace ante su Padre para redimir a la humanidad.

No tenemos derecho a la Eucaristía, es una invitación que recibimos, y reclama una respuesta adecuada. Quien se alimenta del pan partido deberá asumir la confesión de ser miembro del Cuerpo de Cristo, y como Él, tomar de alguna manera forma de vida eucarística, que significa gastar la vida entera entregándola por los demás. Comer y beber de la Cena Santa no puede reducirse a una participación piadosa, exige formar una sola cosa con Cristo participando de su Misterio Pascual de muerte y vida.

ORACIÓN

“¡Oh Dios, que en este admirable Sacramento nos has dejado el memorial de tu Pasión, concédenos venerar, de tal modo, los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu sangre, que experimentemos en nosotros en fruto de tu Redención!”

PROPUESTA

Ofrecer un sacrificio de alabanza invocando el nombre, Señor. Cumplir al Señor los votos, según las diferentes formas de vida, en presencia de todo el pueblo.
Ciudadredonda. Angel Moreno - Jueves 21 de Abril del 2011

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14 de abril de 2011

150 Aniversario de la muerte de nuestro Fundador en Madrid


Hola a todos.
Aprovechando la invitación que se nos hace, queremos compartir la Celebración que tuvimos en Madrid con motivo del 150 Aniversario de la muerte de nuestro Fundador.
Hicimos coincidir esta Celebración con la del 3 de Febrero, fecha en la que siempre nos reunimos bastantes miembros de la Familia de Madrid, Apostólicas, Seculares y Laicos. En esta ocasión nos tocaba prepararlo a los Asociados Laicos y pensamos que sería un buen momento para celebrar NUESTRO PASADO. Así que nos reunimos en la Comunidad de D. Ramón de la Cruz participando todos de una oración en la que comenzamos leyendo algunos textos sobre nuestros orígenes y compartiendo “nuestras historias”: fundaciones, personas que hemos conocido y nos han dejado huella dentro de la Sagrada Familia, nuestras primeras reuniones,… A continuación tuvimos un tiempo para la reflexión personal sobre algunos puntos importantes de nuestro carisma, terminando con una oración de Acción de Gracias a la Sagrada Familia.
Al finalizar la oración compartimos una merienda fraterna, constatando la alegría de poder encontrarnos y, recordando a nuestra querida Tere Monforte “Compartir y festejar”.
De esta primera celebración salió un pequeño grupo, formado por personas de las tres vocaciones, que se encargará de preparar las otras dos celebraciones: una para antes del verano, sobre el tema NUESTRO PRESENTE, y otra para final de año sobre NUESTRO FUTURO.
Estas son algunas de las fotos de ese día

Un abrazo del grupo de Asociados Laicos de Madrid.

13 de abril de 2011

Primeros votos en Colombo, Sri Lanka


Jayaranjana Cyril, Neelamani Wanigasekara, Thanuja Fernando, Sudarshani Fenando
Terminaron su periodo de formación en el noviciado de Nisansalaramaya, Diyathalawa, Sri Lanka. Hicieron sus primeros votos el 30 de marzo de 2011 en el Colegio de la Sagrada Familia en Wennappuwa. Desde aquí les damos una alegre bienvenida a nuestra gran Familia, y pedimos a Dios que las bendiga, para que para que acompañadas por todas sus hermanas puedan seguir los pasos de María y José, y entregarse plenamente a Jesús y a su misión.

10 de abril de 2011

NUESTRA ESPERANZA

El relato de la resurrección de Lázaro es sorprendente. Por una parte, nunca se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Por otra parte, nunca se nos invita tan directamente a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá... ¿Crees esto?»
Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos de Betania que seguramente lo acogen en su casa siempre que viene a Jerusalén. Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: nuestro hermano «a quien tanto quieres» está enfermo. Cuando llega Jesús a la aldea, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Ya nadie le podrá devolver la vida.
La familia está rota. Cuando se presenta Jesús, María rompe a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no puede contenerse y también él se echa a llorar. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. ¿Quién nos podrá consolar?
Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia y, sobre todo, a la medicina para prolongar esta vida biológica, pero siempre llega una última enfermedad de la que nadie nos puede curar.
Tampoco nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería horrible un mundo envejecido, lleno de viejos y viejas, cada vez con menos espacio para los jóvenes, un mundo en el que no se renovara la vida. Lo que anhelamos es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos.
Hoy vivimos en una sociedad que ha sido descrita como "una sociedad de incertidumbre" (Z. Bauman). Nunca había tenido el ser humano tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante un futuro incierto y amenazador. ¿En qué podemos esperar?
Como los humanos de todos los tiempos, también nosotros vivimos rodeados de tinieblas. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dice a Marta esas palabras que son para todos sus seguidores un reto decisivo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá... ¿Crees esto?»
A pesar de dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte. Sólo en él encontramos una esperanza de vida más allá de la vida.

José Antonio Pagola

Yo soy la resurrección y la vida

Quinto domingo de Cuaresma, A
10 de abril de 2011
Los textos evangélicos de los domingos cuaresmales han ido presentando ante nuestros ojos aspectos de la grandeza de Jesús que van preparando el corazón del creyente para acoger a Cristo en la plenitud de la Pascua. “Yo soy el agua viva”, decía el Mesías a la samaritana. “Yo soy la luz del mundo”, anunciaba el Maestro al ciego de nacimiento. “Yo soy la resurrección y la vida”, dirá un conmovido Jesús a Marta, la hermana del difunto Lázaro. Tres revelaciones que, desde el principio, la Iglesia proponía al catecúmeno que se preparaba para recibir el Bautismo en la celebración de la Pascua, y que hoy se nos sugieren a nosotros como propuesta que nos interpela en nuestro camino cuaresmal y en la renovación del don del bautismo que un día recibimos.
En los tres casos su afirmación irá acompañada de un dardo que se dirige al corazón de su interlocutor: “¿crees?”. Todos responden afirmativamente prendiendo en ellos la chispa de la fe. No son conscientes aún, pero el Maestro les ha regalado una vida nueva. Y nos toman de la mano a nosotros para recordarnos cuán importante es actualizar nuestra fe en este camino cuaresmal para poder acoger la grandeza del acontecimiento de la Resurrección. La resurrección de Lázaro es el séptimo y último milagro de Jesús en el evangelio de Juan. Con toda intención, las primeras palabras son para presentarnos a un enfermo moribundo: Lázaro. Este personifica al hombre, herido por el pecado, que camina hacia la muerte, cuando Cristo lo llama a la vida. Desde el comienzo de su predicación, Jesús nos lo anuncia con claridad: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
Con la resurrección de Lázaro muestra su poder sobre la muerte. Él es la resurrección y la vida, y lo muestra con el testimonio de sus hechos. Los milagros de Jesús en el Evangelio de San Juan se nos presentan como un camino ascendente y con la resurrección de Lázaro nos situamos en el último peldaño. Para que el hombre pueda tener vida, para que sea derrotado el “último enemigo, la muerte” (cf. 1 Cor 15,26), es preciso que Cristo ofrezca su vida, sufra su pasión, muera y resucite. Jesús, que está caminando con decisión hacia Jerusalén para cumplir con su misión, parece que quiere mirar la muerte anticipadamente aquí en Betania, junto al sepulcro de Lázaro, y anunciar su derrota definitiva.
Su poder sobre la muerte es parte de su misión, pero no será un pleno poder hasta que, exhalando el Espíritu Santo hacia Dios y hacia la Iglesia, muera en la cruz. Cristo ofrece aquí ya un signo y una prenda de la resurrección del último día al devolver la vida a Lázaro. Anuncia también su propia resurrección que, sin embargo, será de otro orden.
¡Lázaro vuelve a la vida! Este hecho es solamente el anuncio de la verdadera resurrección, que no consiste en una prolongación de la vida, sino en la transformación de lo que mi persona es y será. La resurrección es, ante todo, espiritual, aunque afecta a todo nuestro ser. Y comienza con nuestra “muerte a una vida sin Dios”, en la que la fe nos hace salir de nuestra gastada manera de vivir, para abrirnos a la vida nueva en el Espíritu. A eso nos mueve este tiempo de gracia que es la cuaresma.

Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Una vida más fuerte que la muerte

La Palabra de Dios va presidiendo y acompañando nuestro camino de cuaresma. Y cada domingo nos sale al encuentro con un tema de fondo que llega hasta los adentros. El agua, la luz... nos han acompañado en los últimos domingos para hablarnos de un Dios que sacia nuestra sed y que ilumina nuestras zonas apagadas.
Este domingo se nos habla de la vida. La Pascua es la gracia de la vida, vida resucitada, pero sólo podremos acogerla si nos encontramos con quien ha vencido toda muerte, también la nuestra. Sin tomar conciencia de nuestra sed, de nuestra oscuridad y de nuestras muertes, Dios no podrá regalarnos su agua, su luz y su vida. Porque no hay curación más imposible que la del enfermo que ignora su mal: su mez¬quina actitud es su mismo desahucio.
No es que Jesús no considere lo que los humanos tanto consideramos, sino que Él logra ver un más allá, un algo más a todos nuestros dramas y tragedias. Porque desde que Jesús vivió nuestra vida y existió en nuestra existencia, Él es el criterio para verlo y vivirlo todo. Lo que para los demás era la muerte de Lázaro, para Jesús era un sueño. Este era el diferente modo de ver las cosas: la muerte como terrible e inapelable desenlace o la muerte como sueño del que es posible despertar.
Jesús responderá a la muerte pronunciando sobre ella su palabra creadora de vida: “Lázaro, ¡sal fuera!” (Jn 11,43). Frente a todos los indicios de una muerte de cuatro días, Jesús llama a la vida a salir de la muerte. Y aquella tremenda y desafiante pregunta que hizo a Marta delante del drama de la muerte de su hermano Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida, ¿crees esto?” (Jn 11,25-26), será la que nos hará a nosotros ante el drama y el aturdimiento de todas nuestras muertes: los egoís¬mos, las tristezas, los rencores, las envidias, las injusticias, las frivolidades, las deses¬peranzas... “Yo soy la resurrección y la vida... ¿crees esto?”.
Vivir la cuaresma es reconocer estas muertes cotidianas que nos entierran en to¬dos los sepulcros en donde no hay posibilidad de vida, ni de amor, ni de esperanza, ni de fe. Hay que sollozar conmovidos por nuestras situaciones mortecinas, hay que dolerse de todos nuestros lutos inhumanos... y desde todos ellos, esperar el algo más que Dios en Jesús nos concede: desde la oscuridad de todos nuestros sepulcros, poder escuchar la voz creadora del Señor que nos llama a salir del escondrijo de la muerte: ¡sal fuera! ¡sal al amor, a la paz, a la justicia, al perdón, a la alegría, a la vida, a Dios!

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

5º Domingo de Cuaresma

Monasterio Sagrada Familia. Oteiza de Berrioplano (Navarra)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

Palabras y hechos para la vida y la esperanza. Curación y redención para heridas, miserias, pecados y muertes. Respetamos los sentimientos de cada uno. Pero no podemos callar. Porque “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”, porque “mi alma espera en el Señor, espera en su palabra” (cf. salmo resp.).
Desde la sabiduría y corazón del mismo Dios revelado en Jesucristo, desde la verdad más profunda del ser humano, lo mejor a nuestro alcance es ofrecer fundados motivos de esperanza, compartir el dolor del hermano, aliviar cuanto se pueda, asumir y ayudar a asumir el enigma de nuestra común condición.

El eclipse del sentido de Dios y la no valoración del carácter sagrado de toda vida humana conduce al materialismo. En las conciencias y en las leyes. Se corre el peligro de identificar el bien con el disfrute de los sentidos, la posesión abundante y el poder. Se extiende una cultura de indiferencia ante las grandes cuestiones: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿qué debo y puedo hacer? Mas, siendo sinceros, ¿quién no se ha formulado alguna vez preguntas como éstas?: ¿terminará todo en cenizas o en despojos del sepulcro?, ¿qué será de los que mueren de tantos modos, horribles o no?, ¿qué será de mí?

Hermanas y amigos, ¿cómo expresar el sentido que subyace en el dolor inevitable, si no alimentamos con fe y esperanza la perspectiva de la vida eterna? El valor sagrado de toda vida humana hunde sus raíces en el Dios de la Vida, Creador y Padre. Nos hizo “a imagen y semejanza suya” y, en comunión con los otros, podremos llegar a la plenitud de la vida. Porque Dios es “Dios de vivos”, Creador de vida y Padre de misericordia. Y los bautizados en la Pascua de Cristo somos discípulos y amigos de Jesús. Él fue por delante, nos ilumina y conforta con su Espíritu. El Hijo fiel, que nos anticipó su gloria en el monte de la Transfiguración, el que es “Fuente de agua viva” y “Luz del mundo” (cf. evs. domingos anteriores) es también “la Resurrección y la Vida”. ¿Creemos esto?

Que cada uno se sienta interpelado por la declaración y pregunta que Jesús formuló a Marta: “¿Crees esto?” Era en Betania, donde iba a descansar y gozar con la amistad de aquellos tres hermanos. Ahora hacían duelo. La escena llegaba a su cumbre. Marta se le lamenta confiada: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Y Jesús le pide un salto vital, el de la fe: “Tu hermano resucitará”…, “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Fueron al sepulcro y, ante la tumba de Lázaro, Jesús “se echó a llorar”. La gente se dio cuenta de cómo le quería… Fijaos, hermanas; creedlo, amigos todos: Jesús nos quiere y llora por nuestras desgracias y muertes. Pero hay más. Porque él es más y porque sólo él puede hacer más. El mensaje central de la Palabra de Dios, también hoy, no son los pecados, ni las muertes, ni las penas, lágrimas y dolores compartidos.

La Buena Noticia es siempre Jesucristo (cf. ev.). Dijo entonces y nos dice hoy: “Yo soy la Vida”, “Yo soy la Resurrección”. En él se ha cumplido la promesa de Yahvé: “abriré vuestros sepulcros y pondré mi Espíritu en vosotros” (cf. 1ª lect.). Por supuesto, la resurrección de Lázaro era entonces sólo un prodigioso retorno a la vida para volver a morir. No obstante, se muestra ya como un signo de la Pascua de Jesús, de la victoria final, anticipada también en la persona de Marta, “resucitada” en espíritu por la fe, la esperanza y el amor: “¡Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo!”.

En su Mensaje para esta Cuaresma, escribe el Papa: …se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe, todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal –sigue diciendo el Papa- encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

Volvamos, hermanas y amigos, a la Palabra de Dios. Con lógica de fe, concluye san Pablo (2ª lect.): “si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu”. Y, por todo ello, quisiera que todos pudiésemos decir de verdad: creo que el hecho supremo no sucede en viernes sino en domingo. La pasión, muerte y entierro son humanos desfiladeros que desembocan en el esplendor de la Pascua.

Sí, en estos momentos y en toda hora, ante el dolor causado por la muerte y cuando el silencio sordo ahogue las preguntas, sea el Espíritu de Dios quien nos introduzca más en la comunión con Jesús: confianza y escucha, adoración y entrega, esperanza y amor. Como sucedió con Marta y María, hermanas de Lázaro. Encontrarnos con Jesús Resucitado en la Eucaristía ilumina la vida y la muerte, enardece el corazón, hace testigos de su amor al Padre y a los hermanos. Y, si el amor verdadero cree y espera siempre, ningún fiel cristiano debería salir de la misa dominical sin saberse “regenerado a una esperanza viva por la resurrección de Jesús de entre los muertos” (cf. 2ª lect.).

Ahora, pues, con gozoso asombro, demos gracias a Dios, profesemos juntos la fe apostólica, vivamos ya como resucitados y servidores del evangelio de la vida y del amor.

4 de abril de 2011

Celebración 12 marzo


El 12 de Marzo nos reunimos, en el colegio de Loreto, las comunidades de las hermanas apostólicas de Buñol, Terramelar, Ausiàs March y Loreto, los dos grupos de Asociados Laicos de Valencia y el Comité de Laicos, para celebrar una ceremonia con una doble dimensión: el compromiso de Juanjo, María, Rosabel y Cristina del grupo Valencia-2 y el 150 aniversario de la muerte de Pedro Bienvenido Noailles.
A esta celebración tan importante para nosotros, no quiso faltar el Señor Arzobispo Carlos Osoro quien presidió la celebración acompañado por el capellán de Terramelar y el Párroco de la parroquia del Santo Ángel Custodio.
Como sorpresa, al final de la Eucaristía, durante la Acción de Gracias se leyó la Bendición Papal concedida a toda la Asociación reunida en Valencia con motivo de esta celebración.
Toda la Familia estuvo presente en este día tan importante a través de las cartas y mensajes que nos hicisteis llegar a la Web, nos sentimos muy arropados y unidos a todos vosotros y queríamos agradecer a todas las comunidades de apostólicas, contemplativas, seculares y grupos de Asociados laicos vuestro cariño y cercanía.
Para finalizar, la comida nos reunió a todos en un ambiente muy familiar, con un sentimiento de gratitud hacia Dios que día a día nos hace crecer como Familia unidos por un sentimiento y una misión común “Ser y hacer Familia”.

Carta desde Japón

Megumi Miyata, ciudadana japonesa, ha enviado a sus amigos un mensaje que nos ha emocionado.
Lo hemos traducido a continuación y te pedimos, como dice Megumi, "Por favor, cambia el mundo":

Queridas amigas y amigos,

Por todas las bendiciones y amor, por vuestra voluntad para ayudar y rezar, siento una enorme gratitud hacia a todos vosotros.
Acabo de recibir un mensaje de un amigo que tiene información de un oficial del ejército japonés. Dice que en la planta nuclear de Fukushima el reactor nuclear a empezado a fundirse y que no hay nada que se pueda hacer para prevenir la explosión, todo lo que están intentando hacer es simplemente retrasarla.
Hay cuatro o cinco veces más combustible nuclear en Fukushima que en Chernobil, y lo que hace esta situación mucho peor es que Fukushima tiene seis reactores uno junto al otro y el tercer reactor esta utilizando como combustible mox (mezcla de óxidos) que contiene plutonio, y como sabéis el plutonio tiene una radiactividad muy alta.
Lo que quiero deciros es que, por favor, no desperdiciéis esta oportunidad.
Es cierto, hay tantas informaciones circulando ahora mismo en Japón, un montón de afirmaciones y rumores. Cuesta mucho averiguar qué es realmente verdad. La televisión dice una cosa y en los periódicos vemos otra. Hay e-mails de advertencias y mensajes de móvil alertando sobre nuevos terremotos. Y la compañía eléctrica que no nos informa de la verdad a tiempo. Todo ello nos confunde y nos agota y lo peor podría ser que la gente cayera en el pánico.
Pero el hecho es que el peligro al que nos estamos enfrentando ahora es vuestro tambié. Si la explosión ocurriese, la radiación se extendería por todo el mundo, a través del mar, la comida, el aire...
El desastre de Three Mile Island en 1979, Chernobil en 1986: los humanos no aprendimos la lecciones que nos costaron tanto. Un proverbio japonés dice: "Después de tragarlo te olvidas de que quema". Significa que cuando la comida que quema está pasando por tu garganta sientes el dolor y dices que no más... pero al cabo de un momento lo olvidamos como si nada hubiese pasado y tomamos otro bocado que quema.
Oí que hubo una manifestación en Alemania en contra de las centrales nucleares. Por favor, seguid.
Si todos nosotros no podemos aprender la lección de ésta catástrofe, nos costará el planeta. Por favor, no perdáis el tiempo. Si creéis que los japoneses necesitamos ayuda, hay algo que sí podéis hacer:

¡Por favor, cambiad el mundo!

Dijimos “¡No más Hiroshima y Nagasaki!” y nosotros los japoneses, el único país que ha sufrido bombardeos atómicos, nos enfrentamos a este desastre humano una vez más.
Los desastres naturales no los podemos parar, pero los desastres humanos si
los podemos detener. Es hora ya. ¿No crees?

Con amor y esperanza,
Megumi

3 de abril de 2011

Domingo 4º Cuaresma

Monasterio Sagrada Familia. Oteiza de Berrioplano
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

Ya está muy cerca la Pascua. En medio de las tinieblas, se anuncia la luz. Al Bautismo lo llamaban “iluminación”. ¿Creemos hoy que bautizarse en la Pascua de Cristo es nacer a la Luz?
Nuestra fe ¿trasciende de hecho la percepción de los sentidos y los varios argumentos de la razón? Estamos celebrando la Eucaristía, “el sacramento de nuestra fe”.

Sólo a la luz del Dios, que se nos revela y da plenamente en su propio Hijo Jesucristo, sólo con los ojos de la fe fijos en Él, podremos ver todo y encararlo de forma nueva y con acierto. San Pablo decía: “en otro tiempo erais tinieblas” (cf. 2ª lect.). “La persona espiritualmente cegata no puede apreciar la belleza del Padre, ni de Jesucristo, ni de María; no puede apreciar la belleza de la amistad, la hermosa ribera del más allá, el proyecto de Dios para sus hijos, el valor de lo cotidiano, vivido desde el amor. Una carencia notable de visión espiritual impide la verdadera felicidad y la fecundidad de la vida.” (Atilano Aláiz).

Cuando vivimos al margen de Dios, podemos ser desazón y sin sentido; por el contrario, si buscamos y queremos hacer su voluntad, si nos dejamos guiar por su Espíritu, si vivimos como bautizados, seremos “hijos de la luz” y, a su vez, “luz en el Señor”. Sabemos, ciertamente, de fatigas y alegrías. Pero, tal como somos, tendemos a Dios, Padre de la vida y de misericordia. No se puede ocultar ni detener el dinamismo del verdadero cristiano: “cuanto más lo conozco, más se convierte en el siempre buscado”. “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?”.

La eucaristía, máxima actualización sacramental de la salvación de Dios ofrecida en Cristo, es misterio de luz, de comunión y de misión. A ella hemos sido invitados. ¿Escuchamos la voz del Señor? ¿Queremos ver y palpar la presencia del Amado? ¿Acogemos su entrega? ¿Disfrutamos con su trato? ¡Saldremos mejor!

Dios no se fija en las apariencias; suele elegir lo pequeño, lo que no cuenta (cf. 1ª lect.) para mostrar sus planes y caminos. Completando la enseñanza bíblica de hoy, escuchábamos el bello relato sobre la curación del ciego de nacimiento. Drama personal en el que, desde la tiniebla, se anhela la luz. La narración se hace catequesis, iluminación en el camino de la vida y de la fe. Al final, el ciego curado se convertirá en trofeo creyente y testigo del triunfo de la luz.

Detengámonos un poco para atender mejor a lo que hace Jesús: ve al ciego, se le acerca como buen samaritano y manifiesta en él “las obras de Dios”. Jesús había sido enviado para ofrecer a todos la vida eterna. ¡Cómo le duele la gente obstinada!, la gente que, a pesar de lo que está viendo y oyendo, no quiere aceptarle como “Luz del mundo”. Le duele al Señor que no acabemos de confiar en Él, que no nos dejemos purificar e iluminar completamente por su Persona y Evangelio, que nos resistamos todavía para entregarnos de lleno a su abrazo. Por contra, ahí está la sencilla y tenaz docilidad del ciego: se sabe ciego, acepta su pobreza y confía en Jesús; hará lo que le diga, se dejará “tocar” por Jesús e irá adelante, digan lo que digan otros. Su transformación está en marcha. Atiende a Jesús y, dispuesto a todo, espera ver cada vez mejor.
Escribe el Papa en su Mensaje para esta cuaresma: “El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
¿Podremos hacer nuestra la súplica?: Señor, aún somos un tanto miopes. Conocemos tu nombre, venimos a tu mesa, celebramos los santos misterios, pero aún “no vemos bien” en nuestros días y en nuestras noches. ¡Jesús, nos haces falta! Tú ves al Padre y a los hermanos en toda su verdad. ¡Señor, nos haces falta Tú! Sólo a Ti se te ocurre plantarte ante nuestro vivir desorientado para hacernos ver que nos amas hasta morir. Te has entregado a la muerte, y una muerte de cruz, por nosotros y por todos. Sólo Tú puedes decir que, si nos amamos de verdad, te veremos bien. Que ahora, pues, cada uno de nosotros pueda escuchar tu voz: “soy Yo, el que habla contigo”. Sí, tú, nuestro Amigo y Hermano, el Salvador del mundo. ¿Cómo no renovar la confiada declaración de amor?: “El Señor es mi Pastor, nada me falta…; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… (cf. salmo responsorial).

Queridas hermanas y amigos: ser luz en el Señor es vocación y tarea para todo bautizado. Estar hoy con Jesús es vivir de la fe. Esta fe en Jesucristo no impide aceptar y gozarse con los conocimientos filosóficos y científicos. Esta fe en el Señor no prohíbe ejercer la libertad personal, sino que la promueve, clarifica y potencia. Esta fe en Jesucristo nos lleva a contar necesariamente con la experiencia cotidiana de la vida, con las cruces propias, con el dolor ajeno, con las esperanzas y alegrías de toda la humanidad. Todo ello adquiere horizontes nuevos y renovadas energías en cuantas personas compartimos la dicha de creer en el Señor con la fe apostólica.

La auténtica fe en Jesucristo, sí, es sobredosis de luz que aclara y da pleno sentido a la realidad, que nos hace ver y tratar todo según el querer amoroso del mismo Dios. ¡Démosle gracias! Al igual que aquel bendito ciego, que se quedó solo ante Jesús y se atrevió a confesarlo frente a enemigos que le hostigaban, renovemos ahora nuestra fe en el Señor. Pidámosle también la audacia y el gozo de su santo Espíritu para poder vivir cada día como “hijos de la luz” y testigos del Evangelio.

Caminos hacia la fe

3-4-2011
Juan 9, 1-41

El relato es inolvidable. Se le llama tradicionalmente "La curación del ciego de nacimiento", pero es mucho más, pues el evangelista nos describe el recorrido interior que va haciendo un hombre perdido en tinieblas hasta encontrarse con Jesús, «Luz del mundo».
No conocemos su nombre. Sólo sabemos que es un mendigo, ciego de nacimiento, que pide limosna en las afueras del templo. No conoce la luz. No la ha visto nunca. No puede caminar ni orientarse por sí mismo. Su vida transcurre en tinieblas. Nunca podrá conocer una vida digna.
Un día Jesús pasa por su vida. El ciego está tan necesitado que deja que le trabaje sus ojos. No sabe quién es, pero confía en su fuerza curadora. Siguiendo sus indicaciones, limpia su mirada en la piscina de Siloé y, por primera vez, comienza a ver. El encuentro con Jesús va a cambiar su vida.
Los vecinos lo ven transformado. Es el mismo pero les parece otro. El hombre les explica su experiencia: «un hombre que se llama Jesús» lo ha curado. No sabe más. Ignora quién es y dónde está, pero le ha abierto los ojos. Jesús hace bien incluso a aquellos que sólo lo reconocen como hombre.
Los fariseos, entendidos en religión, le piden toda clase de explicaciones sobre Jesús. El les habla de su experiencia: «sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le preguntan qué piensa de Jesús y él les dice lo que siente: «que es un profeta». Lo que ha recibido de Él es tan bueno que ese hombre tiene que venir de Dios. Así vive mucha gente sencilla su fe en Jesús. No saben teología, pero sienten que ese hombre viene de Dios.
Poco a poco, el mendigo se va quedando solo. Sus padres no lo defienden. Los dirigentes religiosos lo echan de la sinagoga. Pero Jesús no abandona a quien lo ama y lo busca. «Cuando oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo». Jesús tiene sus caminos para encontrarse con quienes lo buscan. Nadie se lo puede impedir.
Cuando Jesús se encuentra con aquel hombre a quien nadie parece entender, sólo le hace una pregunta: «¿Crees en el Hijo del Hombre?» ¿Crees en el Hombre Nuevo, el Hombre plenamente humano precisamente por ser expresión y encarnación del misterio insondable de Dios? El mendigo está dispuesto a creer, pero se encuentra más ciego que nunca: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dice: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Al ciego se le abren ahora los ojos del alma. Se postra ante Jesús y le dice: «Creo, Señor». Sólo escuchando a Jesús y dejándonos conducir interiormente por él, vamos caminando hacia una fe más plena y también más humilde.

JOSÉ ANTONIO PAGOLA

2 de abril de 2011

4 domingo de Cuaresma

Vivir la experiencia del amor incondicional del Padre es como entrar en la piscina de Siloé y comprobar que somos libres para vivir, caminar y ver.
Dom4qA11cas

1 de abril de 2011

Yamato-Damashii: LA SUPREMACÍA DEL BIEN COMUN

El mundo los conoce como “los héroes de Fukushima”, entre ingenieros, técnicos especializados y bomberos son unos 300 hombres, voluntarios todos, eligieron sacrificar su vida para evitar cientos de miles de muertes por fuga masiva de radiación.
Hoy una semana del terremoto y el tsunami todo indica que lo están logrando. Llevan siete días trabajando sin descanso bajo una presión inimaginable ¿como será saber que cientos de miles de vidas están en sus manos y además trabajar a contrarreloj? ¿Como será saberlo y además estar sometido a condiciones físicas extremas, altas temperaturas, riesgo de derrumbes, trajes que dificultan la movilidad, ausencia de verdadero descanso? ¿Cómo será realizar esa tarea con la certeza que la radiación les está matando? ¿Qué fuerza les permite soportar esa presión con la calma de seguir y seguir, y sobreponerse a todo, y no desfallecer? ¿Que milagro hace posible que no se quiebren, que no huyan, que no entren en crisis de pánico? ¿Que les sostiene?
Los japoneses tienen una hermosa respuesta, dicen que los héroes llevan dentro el Yamato-Damashii, es decir el espíritu japonés. El concepto alude a algo mucho más grande que el patriotismo, alude a la supremacía del bien común sobre el egoísmo individual. Es ese espíritu el que explica que no hubiera saqueos, ni disturbios, que la policía no tuviera como tarea controlar a la población y pudiera dedicarse a las tareas de ayuda y búsqueda. Es ese espíritu el que hace que no se les pase por la mente hacer negocio con la desgracia del prójimo y por tanto no se constatan subidas de precio de los productos de primera necesidad.
La del tsunami de este intenso 2011 es la tierra de los samuráis, la tierra del honor, la del respeto a los ancestros y al prójimo, es el país que pudo levantarse de sus cenizas luego de la segunda guerra; sin embargo, para honrar realmente la grandeza de los héroes de Fukushima y a todo el pueblo japonés, es otra la respuesta que debemos dar cuando nos preguntamos ¿qué les sostiene?
Dar prevalencia al bien común sobre el egoísmo individual es sinónimo de grandeza y la grandeza es patrimonio del espíritu humano, el de los japoneses y también el de los doscientos mil voluntarios que murieron en Chernobyll y de los bomberos que entraron a las torres gemelas. Honramos a los japoneses y tomamos su ejemplo si comprendemos que despertar del egoísmo es tarea de TODOS. En todo ser humano mora oculto un samurai, en todos hay un Hércules que es capaz de vencer obstáculos inimaginables, un David que puede alzarse contra una central nuclear y vencerla con su honda. Ser capaz de desplegar esa fuerza heroica para el bien común es la esencia misma del corazón humano. Esa fuerza no es otra que la fuerza del alma.
La mayoría de nosotros jamás dará la vida en un escenario dramático como el que hoy mantiene al mundo en vilo y sin embargo el ejemplo de los héroes de Fukushima nos concierne. Goliat tienen muchos rostros, la radiación con todo su horror no es el más terrible. Tomemos la lección que Japón nos ofrece, veamos la enorme belleza que siempre resplandece detrás del dolor, no nos quedemos con las sombras. Lo que el pueblo japonés en general y los liquidadores de la central muy en particular nos recuerdan es que el peor rostro de Goliat es el egoísmo. Sólo enfocándonos al bien común podemos ascender al alma, sólo si ascendemos ella desciende y nos infunde su belleza, su poder, su calma.
No podemos seguir considerando que el alma es algo abstracto, poco probable, poco demostrable... No podemos justificarnos con razonamientos trasnochados que persisten en que lo que es invisible e intangible no puede ser objeto de nuestra reflexión, ni nuestra búsqueda. También la radiación del uranio y el plutonio de Fukushima es invisible y no por ello damos por nulos sus efectos. La radiación del alma humana, igual que la del átomo, se mide por sus efectos.
Los efectos de nombrar el alma, son poderosos. Nombrémosla. Redefinamos nuestra identidad, nos convertimos en aquello que pensamos de nosotros. Si nuestro pensamiento concibe la grandeza, la grandeza nos concebirá y seremos alumbrados por ella.
Ps. Isabella Di Carlo, 19 de Marzo de 2011