27 de febrero de 2011

Homilía de Ramón Sánchez Lumbier en Oteiza para el Domingo 8º

Queridas hermanas y amigos: estamos en clima religioso, es decir, ante Dios y con Él. Sí, con todo cuanto es humano y a todos afecta, lo sintamos o no. Nada se oculta a sus ojos. Porque Él existe, porque es Padre bueno, porque quiere que todos participemos de sus bienes, ante su amor revelado, se puede ablandar nuestro corazón. Y lo notamos ante las necesidades de los hermanos. En este clima podremos captar su voluntad, acoger su Palabra y experimentar cómo nos hace revivir.
Él sabe de nuestros desalientos: “el Señor me ha abandonado, el Señor me ha olvidado…”. Pero nos pone al oído su cálida voz: “¿Puede acaso una madre olvidarse de su creatura, dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas…; aunque lo hiciera, yo nunca me olvidaré de ti” (cf. 1ª lect.). Lo dijo y lo dice, nos lo dice a nosotros aquí y ahora.
Somos conscientes de cuanto nos aqueja, nos vemos sometidos a toda clase de temporales, a veces sentimos que el propio interior no sabe a qué a tenerse. Somos conscientes también, especialmente en estos últimos tiempos, de las consecuencias que para unos y otros, más para unos que para otros, tiene la dura crisis económica, de la gravedad de tantas familias con todos sus miembros en el paro y sin ingreso alguno, de los millones de jóvenes sin perspectivas de empleo, de los movimientos populares en países vecinos del norte africano, de sus tragedias en dictaduras, corrupciones y violencias desatadas. Somos conscientes de las cotidianas muertes, muchas más allá que aquí, por hambre, enfermedades y desastres naturales… Pero, además, y es una gracia, podemos suplicar ahora con la Iglesia amada: “Señor, que el mundo progrese según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica.” (or. colecta)
Sabemos que creer en Jesucristo es gracia y tarea siempre nuevas. Sus propuestas evangélicas no pueden presentarse a todo el mundo como mero programa moral. Al igual que las Bienaventuranzas, están dirigidas a los que le siguen por haber creído en Él. Como aquellos primeros, entonces envueltos en singulares avatares históricos, lo estamos nosotros hoy y en situaciones más complejas. Jesús sabía de qué hablaba y en qué mundo se movía. También, nítida y exhaustivamente, lo sabe hoy, penetrado y envuelto como está, ya para siempre, en la gloria del Padre. Todo ello no le aleja de lo nuestro. Al revés, fiel a sus palabras nos recuerda alentándonos: “estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (cf, Mt 28,20)
Somos conciudadanos de un amplio y contradictorio mundo que se nos hace, por tantos medios, “barrio conocido”, “aldea global”, “casa común”. Nos dicen que todo está cambiando y muy rápidamente, que nuestra vida no podrá ya en adelante ser igual. Preguntamos qué podemos hacer y, dentro de nosotros, si de verdad confiamos en la divina Providencia, si sirve la fe para vivir en todo como hijos amados de Dios. Este evangelio de Jesús, ¿no fomenta un ineficaz providencialismo? ¿No es poesía y mística, imposibles de asumir en medio de tanta injusticia? ¿Escucharemos de nuevo su voz?: “nadie puede estar al servicio de dos amos… No podéis servir a Dios y al dinero… No os agobiéis por la vida…, ¿no valéis vosotros más?..., no andéis agobiados pensando qué vais a comer o qué vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo, buscad el Reino de Dios y su justicia… A cada día le bastan sus disgustos.” (cf. ev.)
Puede, a su vez, querida hermana y amigo, que te preguntes qué le parecerán al Señor nuestros devaneos mentales y cordiales. Él nos comprende y nos pide una confianza de hijos, la ofrenda gozosa del propio ser, gratitud por su amor y cantar sus maravillas al celebrar la Eucaristía, al rezar y en el cotidiano servicio a los hermanos. ¿No era así la actitud de María, maternal ejemplo para creyentes de toda hora? Podremos, sí, confiar y responder positivamente, podemos hacerlo como tantos santos que vivieron y sufrieron lo suyo. Recuerda lo de Teresa de Jesús: “nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta; sólo Dios basta”. No era “pasota” o inmovilista de su tiempo, no. Piensa, si quieres, en la actividad ingente y en la prodigiosa eficacia de la hermosa súplica de Francisco de Asís “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”: Que donde haya odio, ponga yo amor; donde ofensa, perdón; donde discordia, unión; donde duda, ponga yo la fe; donde desesperación, esperanza; donde tinieblas, ponga yo luz; donde tristeza, alegría;. Oh Maestro, busque más consolar, comprender, amar, darme, olvidarme, perdonar… Porque “es muriendo como se resucita a la vida eterna.”
¿Te dice algo, además, el sencillo programa para cada día de quien se sabía que no era “más que un Papa”, el hoy Beato Juan XXIII? ¿Por qué estar “preocupado, agobiado, angustiado…”, si Dios es el Padre Bueno de todos? ¿No nos vendrá bien traerlo a primer plano, acorde como está con el evangelio de hoy?: “Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo, buscad el Reino de Dios y su justicia… A cada día le bastan sus disgustos.” (cf. ev.). Sí, ¡a cada día, su afán! Me complace, pues, reproducir su decálogo espiritual:
1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida en un momento. 2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en las maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar a nadie sino a mí mismo. 3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también. 4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten a mis deseos. 5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma. 6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie. 7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer y, si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere. 8. Sólo por hoy me haré un programa detallado; quizá no lo cumpliré con precisión, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión. 9. Sólo por hoy creeré firmemente –aunque las circunstancias demuestren lo contrario- que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo. 10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular, no tendré miedos de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.” (Juan XXIII)
Hermanas y amigos: jamás se dejan corroer por el miedo los que se saben hijos de Dios y procuran comportarse siempre como tales. Para ello, resulta indispensable escuchar su Palabra y dejar que nos trabaje por dentro. También, colaborar libremente y con alegría, procurando traducirla en acciones concretas. Más o menos, declarábamos con el salmista: “Sólo en Dios he puesto mi confianza…, sólo Dios es mi esperanza, mi baluarte y firmeza, mi salvador, roca y refugio, y mi gloria…, ya nada me inquietará.” (cf. sal. resp.).