2 de diciembre de 2012

Domingo 1º Adviento

2-12-2012
Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
Ramón Sánchez-Lumbier

Oyentes de la Palabra de Dios, creyentes en Jesucristo, avivamos la esperanza. “¡El Señor está cerca!”. Intuimos, sí, el clamor oculto de la creación y el ansia con que patriarcas y profetas esperaron la llegada del Mesías.
Dios es el único que colma verdaderamente la ardiente esperanza. En Jesús de Nazaret se han cumplido las promesas. Él es la mejor garantía de la fidelidad de Dios con toda la humanidad: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él… Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.” (Jn 3, 16-19)
La historia, entre logros y fracasos, supo realmente de sueños y trabajos por un futuro mejor. Cada uno de nosotros también tiene los suyos, mil interrogantes incluidos. No somos ilusos. Abandonar la fe en Dios, lejos de alumbrar una mejor humanidad, parece dejar a sus protagonistas sin puntos válidos de segura y eficaz referencia. ¿A dónde camina nuestra sociedad? ¿Qué “nuevo” mundo está surgiendo?
Lo que, ahora también, parece imposible se hizo realidad decisiva e incipiente en Jesucristo. Creer en él es tener ya “vida eterna”. Y, por él, podemos creer en el ser humano como lo quiere Dios. La fe en Jesús nos lleva a una paciente y serena convicción: aunque todavía no convivamos en libertad verdadera, en compartir solidario, a plena luz, en justicia y en paz, sabemos que sólo Dios puede darnos vida eterna y feliz. Nos corresponde velar en oración confiada y movernos en el amor de los hijos. Mientras esperamos la manifestación gloriosa del Reino de Dios, nuestro quehacer deberá tener el señorío de la Palabra de Dios. Atentos a discernir los signos de los tiempos, el Espíritu Santo nos impulsará a colaborar en la mejora del mundo.
La salvación es don y tarea. Antes que nada -ayer, hoy y mañana- obra de Dios. Él cuenta también con nosotros y nos enseña el camino. La salvación “se hace”, no desde la cumbre de la prepotencia sino con servicios generosos, aunque sencillos y ocultos. “Se hace” la salvación desde la propia entrega, en amor fiel que, no lo olvidemos, será “crucificado”. “Se hace” la salvación sólo por Jesucristo y por nuestra agraciada y creciente configuración con él. En “el año de la fe”, regalo de Dios, el mismo don de la fe nos emplaza, como Iglesia, a luchar contra el pecado y todo mal, sea cual sea su figura: idolatría, insolidaridad, corrupción, mentira, manipulación, afán consumista, poder aplastante, vulgaridad, indiferencia, egoísmo… Cada uno tiene que estar preparado y luchar en su “mundo”, según la vocación y los dones recibidos.
La Palabra de Dios ilumina y nutre nuestra vida: Jeremías exhorta a velar confiados porque el Señor cumplirá sus promesas: “suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra” (cf. 1ª lect.). El salmo nos mueve a levantar el ánimo ante el Señor, “bueno y recto”, pidiéndole nos instruya a los pecadores “en sus sendas” que son “misericordia y lealtad”: “haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador”. Sí, “a ti, Señor, levanto mi alma”. El Evangelio, Buena noticia siempre, es hoy un clamor: “se acerca vuestra liberación”, “manteneos en pie ante el Hijo del hombre”. ¿Por qué temer, hermanas y amigos? “Tened cuidado”, eso sí. Que nada nos haga perder la cabeza, que nadie endurezca el corazón ni se desvíe en el camino de la fe.
Preparemos, pues, la venida del Señor compartiendo el apasionado deseo del Apóstol: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos… Y que así os fortalezca interiormente; para que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre” (cf. 2ª lect.). Fortalecidos interiormente. Somos hermanos en Jesucristo. Su Espíritu da a nuestras vidas hondura y sentido pleno, las puede hacer “rebosar de amor mutuo y de amor a todos”. Por ello, en la familia de los hijos de Dios, no podemos abdicar de la responsabilidad de la santa esperanza. El mundo la necesita y, si lo conociera en verdad, desearía creer en el Dios Vivo, el Dios de la Vida, del Amor y de la Paz.
Hermanas y amigos: para iluminar “desde fuera” y para fortalecer “interiormente” la esperanza, miremos a María, Virgen y Madre. Aprendamos de ella a orar desde el corazón, acariciando la Palabra de Dios. Que se nos haga “entraña”, que nos vaya transformando día a día. Hoy somos Iglesia expectante y orante, Iglesia en nuevo Adviento. Desde nuestra pobreza y vacío, desde el trabajo paciente. Abiertos a las promesas más generosas y eficaces, con vivos deseos de plenitud. A pesar de los que aplastan al pobre y marginan a los necesitados, a pesar de los falsos “pastores” que descarrían a sus pueblos, falsos agoreros y profetas de calamidades, ¡atrévete a esperar! Todo es posible al que cree. Estamos en camino. Unidos en la fe y el amor, esperamos al Señor, Mesías prometido y Salvador del mundo. Y le suplicamos: "¡Ven, Señor Jesús!".