2 de diciembre de 2012

Cuando el otoño tiene rostro anciano

CARTA SEMANAL DEL ARZOBISPO DE OVIEDO. 25 DE NOVIEMBRE DE 2012
Son días de neblinas mañaneras que llegando la tarde se antojan para dar un paseo, como dice el refrán. El otoño es una estación del año que nos recoge en los adentros, nos eriza con nostalgia los recuerdos, y nos permite saber y saborear las cosas verdaderamente importantes de nuestra vida. Sin duda que tiene magia mágica ver nuestros bosques y parques tan desnudos de hojas que se nos alfombran, y tan vitales en el secreto escondido de sus mejores raíces.
La vida humana tiene también sus estaciones cada año, pero diría más: la vida sabe de estaciones a lo largo de su biografía. El pequeñín que nace, el joven que crece, el adulto que va haciendo síntesis, el anciano que se recoge. Toda una historia llena de fechas, de nombres, de circunstancias que han ido poniendo lo más hermoso y noble, así como no faltan tampoco las cosas tristes y olvidadizas.
Hace unos días, Benedicto XVI ha visitado una casa de ancianos. El gesto ha sido precioso, sus palabras amables y llenas de sabiduría. Pero sobre todo, me ha impresionado que haya querido presentarse ante ellos como un anciano más, sin ser un anciano cualquiera. El gesto y las palabras cobraban así un tono de confidencia, casi de complicidad. No hablaba el Papa de prestado, como quien sale al paso de algo que no le afecta. Hablaba Benedicto XVI de algo que también le corresponde. Vale la pena leer lo que a aquellos ancianos les ha dicho dejando un precioso testimonio de cómo él ve y vive esa misma condición desde una actitud cristiana.
Decía así el Papa: «Vengo como Obispo de Roma, pero también como anciano que visita a sus coetáneos. Es superfluo decir que conozco bien las dificultades, los problemas y los límites de esta edad, y sé que para muchos estas dificultades están agravadas por la crisis económica. A veces, a una cierta edad, uno se vuelve al pasado añorando cuando se era joven, se gozaba de energías frescas y se hacían proyectos para el futuro. De este modo, la mirada puede llenarse de tristeza considerando esta fase de la vida como el tiempo del atardecer. Pero esta mañana, dirigiéndome idealmente a todos los ancianos, aún siendo consciente de las dificultades que nuestra edad comporta, quisiera deciros con profunda convicción: ¡es bello ser ancianos! A cada edad es necesario saber descubrir la presencia y la bendición del Señor, y las riquezas que conlleva. No debemos aprisionarnos en la tristeza. Hemos recibido el don de una vida larga. Vivir es bello también a nuestra edad, a pesar de algunos achaques y alguna limitación. En nuestro rostro esté siempre no la tristeza, sino la alegría de sentirnos amados por Dios. No olvidéis que entre los recursos preciosos que tenéis está ese esencial que es la oración: convertíos en intercesores ante Dios, rezando con fe y constancia. Rezad por la Iglesia, también por mí, por las necesidades del mundo, por los pobres, y para que en el mundo no haya más violencia. La oración de los ancianos puede proteger el mundo. Sentíos amados por Dios y sabed llevar a nuestra sociedad, tantas veces individualista y pragmatista, un rayo de amor de Dios. Y Dios estará siempre con vosotros y con cuantos os sostienen con su ayuda y afecto».
Al final de la vida, en ese otoño de la existencia, seremos examinados sobre el amor. Pero si ese es el examen final, tenemos un examen parcial todos los días, en el atardecer de cada jornada que Dios nos da. Ojalá que sepamos salir airosos con fe, amor y esperanza. Es el otoño cotidiano que llena de ternura y paz nuestras entrañas.

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo