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16 de octubre de 2011

Domingo 29

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier
AMOR-ESCUCHA-OBEDIENCIA-SERVICIO-AMOR

No pocos creen que el poder político y las realidades sociales no tienen nada que ver con Dios. Y establecen un divorcio entre fe y vida. Pero ¿qué pasa luego con la vida? Otros, que dicen reconocer el señorío de Dios, pretenden que todo poder político se someta a la religión, identificada con la suya.
Por ahí también van los fanatismos y la intolerancia, las ideas y actitudes fundamentalistas, que llevaron a guerras de religión. Son blasfemias de lo divino y, a su vez, vejación de lo humano.
Para entender y vivir el Evangelio hace falta lucidez y sinceridad. Captando “su mala voluntad”, Jesús les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis?”. Las autoridades judías pretendían abortar el proyecto de Jesús; querían acabar con él y lanzaron la pregunta insidiosa sobre el tributo al César. La sentencia de Jesús sigue siendo clara lección para todos: su misión y la misión de la Iglesia no es cambiar políticamente el mundo, sino curarlo desde dentro, enseñando a “dar a Dios lo que es de Dios; y al césar, lo que es del césar” (cf. ev.).
El texto ha servido de referencia para regular, en distintas naciones, las relaciones Iglesia-Estado, siempre delicadas, cuando no tensas y difíciles. “La Iglesia, en razón de su misión y competencia, no se confunde con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno”. El servicio del Estado, y el de la Iglesia, al bien común de los ciudadanos los realizarán con tanta mayor eficacia cuanto mejor cultiven ambas instancias una sana cooperación. (cf. concilio Vaticano II, G.S. 76).
Y es que el ser humano, al que deben servir, es indivisible. Al mismo tiempo, ciudadano del mundo, con derechos y deberes en la tierra; y criatura de Dios, dotado de la dignidad y libertad de un hijo con vocación de infinito. Por todo ello, hemos de estar alerta ante las varias intrigas que hoy nos sacuden. Hace ya tiempo parece que interesa retirar de la vida pública el “nombre” de Dios, su “misterio” e influjo. Pero “los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo” (cf. salmo responsorial). Lo dejaba patente el profeta: “Yo soy el Señor y no hay otro” (cf. 1ª lect.).
Es indudable que los duros acontecimientos de nuestra historia ponen a prueba la fe y la esperanza, suponen nuevos y más fuertes interrogantes. En el contexto de una sociedad globalizada y ambivalente, a todas partes llegan no sólo la tecnología y los mercados, sino también la inseguridad y el miedo, la carestía, la escasez y el hambre, la falta de trabajo y de digno salario, la criminalidad y la violencia, las injusticias y guerras. Ante todo ello, más que nunca, se hace actual la vida y misión del cristiano. Ambas brotan de la Pascua del Señor y se alimentan en la celebración de la Eucaristía. Con una fe viva, con auténtica solidaridad y entrega, hemos de testificar, ante todos, que Dios sigue presente en el mundo y que, a pesar de las apariencias y los fracasos, es el amor de Dios quien triunfa del mal, del pecado y de la muerte.
Queridas hermanas y amigos: con Jesús nos viene un espíritu nuevo. Todos precisamos aliento renovado, en la esperanza de la gran liberación. ¡Qué bien si nos supiéramos, si nos experimentásemos, “amados de Dios”!, “elegidos suyos”, gente en la que, al acoger el Evangelio, no hay sólo palabras sino, además, “fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda” (cf. 2ª lect.).
Sí, a semejanza de lo que hizo con Ciro (cf. 1ª lect.), aun sin saberlo, sólo Dios puede hacernos instrumentos de su gracia para poner nuestro granito de arena en la historia de la salvación. Ahí nos quiere y nos ha situado el Dios y Padre de todo lo creado, el Padre de Jesús, nuestro Dios y Padre. Siendo creaturas libres; más aún, siendo hijos, podemos colaborar con la providencia de Dios. ¡Qué maravilla! ¡Él nos ha llamado! ¡Él pondrá en nosotros la luz y la fuerza, la sabiduría y el coraje, el testimonio de un amor fiel y digno de fe!
¿Pediremos un creciente sentido de responsabilidad por los hermanos, especialmente por los que sufren? En nuestra común humanidad, ¿nos haremos dispensadores de verdad y justicia, de bondad y alegría, de gracia y paz? ¿Buscaremos la bondad de las cosas creadas? La auténtica religiosidad, la verdadera fe, se demuestra en todo y ante todos. Es respuesta personal y comunitaria, con trascendencia social y eterna. Es viva adhesión a Jesucristo nuestro Señor.
¿Os fijasteis en el aplauso de Pablo a los primeros cristianos de Tesalónica?: les dice que le cautivó la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza en Jesucristo (cf. 2ª lect.). Ahí está el vivo ejercicio de las virtudes teologales encarnadas en corazones sencillos, ofreciendo luz y perdón, libertad y justicia para todos, por los caminos de la paz. Se trata de vivir bajo la luz del Padre, aportando savia nueva a la humanidad.
Hermanas y amigos, ¿vivimos también nosotros el gozo de sabernos elegidos por Él? Al escuchar y presentar el Evangelio, al celebrar la Eucaristía y los misterios de nuestra fe, ¿hay entre nosotros algo más que palabras?, ¿nos dejamos arrastrar por la fuerza del Espíritu Santo? Para vivir el gozo de la libertad y poder amar como Él nos amó. Así, sólo así, llegará la paz.