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9 de octubre de 2011

Domingo 28º

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

¿Creéis que hemos perdido sensibilidad para la fiesta del Evangelio? Jesús insiste en el empeño del Padre por invitar a su Reino: “¡Venid, todo está preparado!”. Pero muchos no atienden. Pasó con Israel y pasa hoy. Se dieron y se dan mil excusas; se pretende tener sensatas y buenas razones. “Los invitados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras; otro, a sus negocios” (cf. ev.).
Un fenómeno muy extendido es la deficiente actitud de muchas personas para con los demás. Nietzsche decía que el ser humano sólo debe responder de sí mismo y ante sí mismo. Por desgracia, cuando la persona pierde el hábito de responder ante los demás y cree que no debe tampoco dar cuenta a Dios, termina por desentenderse de todo, se convierte en un completo irresponsable, en necio y frustrante egoísta.
Jesús ha criticado con fuerza esa actitud de autoengaño de quien se encierra en su pequeño mundo y se va haciendo cada vez más sordo a lo que exige un verdadero cambio de conducta. La “parábola del banquete de bodas” nos habla de la invitación insistente que se hace a hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. La invitación se rechaza cuando, insensatamente, sólo se ocupa uno de sí mismo.
El mensaje es claro: hay que escuchar la llamada que nos llega de Dios; hay que decidirse a gustar la experiencia de vivir en el Señor, participando de la intimidad de su presencia y de sus dones, de la dicha de su Evangelio, de la mesa compartida, de los hermanos igualmente invitados. Sí, esa invitación paternal, lejos de producir temores vanos, abre los caminos que llevan a la verdadera alegría de la fiesta.
La Palabra de Dios, ya con el texto de Isaías (cf. 1ª lect.), nos presenta el Reinado de Dios bajo el símbolo de un banquete abundante. Lo más importante es que el propio Dios pone la mesa (cf. salmo responsorial) y nos llama, y nos acompaña, y se nos entrega como alimento salvador. Cuantos tenemos la gracia de creer reconocemos en Jesucristo la mejor oferta de Dios y la más cumplida respuesta humana. Jesús es el Buen Pastor que, dándosenos, anticipa la fiesta del Reino eterno y la victoria sobre todo mal. Con su Santo Espíritu, fortalece nuestra convicción y esperanza. Por ello, con san Pablo, decimos: “todo lo puedo en Aquél que me conforta” (cf. 2º lect.).
“El Señor es mi pastor, nada me falta… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Con el salmo, gustamos ya lo anunciado por el profeta y que se ha hecho plena realidad en Jesucristo: El Señor Dios aniquilará la muerte para siempre y enjugará las lágrimas de todos los rostros. “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación” (cf. 1ª lect.).
Sí, hermanas y amigos, somos la comunidad cristiana reunida hoy para celebrar con gozo “el sacramento de nuestra fe”. Ponernos el traje de fiesta, entre otras cosas, ha de significar irnos despojando de egoísmos, dejar de ir cada uno solamente a lo suyo, preocuparnos por los demás en el servicio cotidiano. Ese vivir “para Dios y para los demás”, desde la pobreza personal, comunitaria e institucional, ese vivir al estilo de Jesucristo, nos convierte en Iglesia fiel, transparencia del Evangelio del Señor. Lo soñamos hace mucho tiempo, pero tenemos que avivar día a día el deseo, y responder fielmente a la vocación dando respuesta adecuada en todo momento. Así habrá “nueva evangelización”.
Así aportamos lo mejor de nosotros mismos a los desafíos actuales. Así respondemos verdaderamente a la llamada del Dios y Padre de Jesucristo nuestro Padre. Así colaboramos en la tarea evangelizadora de toda la Iglesia. Así, participando ya de la fiesta del amor de Dios, vamos haciendo camino con los hermanos que tienen la misma graciosa suerte: escuchar con fe su voz y acogerla gozosamente. Al vivir, día a día, el Evangelio, ofrecemos también nuestras personas y obras para que la tierra y todos sus bienes se hagan realmente una mesa fraterna para todos. Así y todo, sólo será degustación provisional, anticipo de cuanto Dios Padre nos tiene preparado.
Sabemos, por la fe, que el banquete anunciado por el Evangelio sólo se nos dará plenamente en el cara a cara con Dios. Ésa es la meta final de la salvación. Sólo entonces será la fiesta permanente. Por ahora, celebramos con fe, amor y esperanza el hecho de que la victoria decisiva ya nos fue regalada en la Pascua de Jesucristo. Comulgar con Él, con sus actitudes y sentimientos, con sus obras y palabras, implica compartir, en el gozo festivo de la Eucaristía, su amor entregado y los trabajos que llevan a vivir la fraternidad universal. Dios quiere que, ya en este mundo, vayan reinando la hermandad y la alegría, la libertad y la justicia, el amor y la abundancia para todos. Él ha puesto la mesa, Él invita, Él se nos da como alimento. ¡Acojámoslo con asombro y gratitud! y ¡démosle gracias de todo corazón!