18 de mayo de 2011

La justicia de Obama

Hace dos años y medio, fui de los muchos que celebraron la victoria de Barack Obama como signo de esperanza para todo el planeta. Ahora veo que nos sobró entusiasmo, una vieja palabra griega que significa algo así como “estado de inspiración divina”, pero era comprensible, porque veníamos de la larga pesadilla de Bush al frente de América y del mundo, y porque una pequeña chispa suele bastar a veces para que prenda en nosotros el fuego sagrado que nos habita. Necesitábamos recuperar un poco de confianza en el ser humano tan frágil, en la justicia tan insegura, en el futuro tan incierto, y Barack Obama encendió nuestras mejores esperanzas.

Pero las mejores esperanzas dejan paso fácilmente a los mayores desengaños, y entonces nos quedamos sin fuego divino, y el alma nos pesa. La pesadumbre me embargó el lunes por la mañana, cuando escuché al presidente americano, con el tono de las ocasiones más solemnes, anunciar la muerte de Bin Laden y sentenciar luego: “Se ha hecho justicia”. Fue como el triste final de una historia de desencantos que, mes a mes, han ido en aumento durante los dos últimos años, a medida que el realismo se imponía sobre el sueño en todos los campos, de Palestina a Afganistán, del Congo a Guantánamo.

¿Se ha hecho justicia? ¡Mentira, señor Obama! “Se ha hecho venganza”. Ud. llama justicia a la venganza, simplemente porque tiene el poder para dictar la ley que le conviene y para saltarse incluso su propia ley, si así le conviene, sin miedo a ser sentado ante ningún tribunal. Nos ha traicionado. Ud. ha traicionado la esperanza de la humanidad y del planeta, la pobre esperanza huérfana que depositamos en su inspirada palabra, en sus bellos propósitos, en su gran corazón y hasta en su hermosa piel. ¿Qué aprenderán de Ud. sus hijas, y los hijos y las hijas de todos los americanos? ¿Con qué modelos reforzaremos el escaso entusiasmo ético y político de nuestros jóvenes alumnos que mañana deberán hacerse cargo del presente y del futuro?

Bin Laden era un asesino, nadie lo discute. Llevaba consigo una siniestra historia de bombas suicidas, de bombas asesinas, de sangre, de lágrimas, de luto. Era un terrorista, nadie lo niega. Ha manchado de infamia y de muerte el santo nombre de Allah el Compasivo, el Misericordioso; ha contaminado de odio y fanatismo a la numerosa y pacífica comunidad de musulmanas y musulmanes. Era un asesino, sí, pero el que mata a un asesino sin otra razón y sin otro objetivo que la venganza es también un asesino. Y si fue Ud., como ha reconocido, quien ordenó matarlo, señor Obama –me duele decirlo, pero no puedo callarlo–, Ud. también es un asesino. Y yo también lo soy, pues pago impuestos, compro y vendo en este lado del planeta –el suyo– que se ha erigido en amo y juez de todo el planeta en contra de la justicia.

Hay que impedir al asesino –a todo asesino, y en primer lugar al que tiene poder para saltarse la justicia–, hay que impedirle que mate. Pero nadie creemos que Ud. haya mandado matar a Bin Laden para impedir que mate a otros inocentes. Ud. lo ha matado para saciar el instinto más ciego y más inhumano de esta pobre especie humana llena de terrores: el instinto de venganza. Y no nos engañe, no son los muertos del 11 S los que reclaman venganza. La venganza de los vivos en nombre de los muertos no hace sino envilecer a los muertos y herir aun más su memoria. Los muertos quieren descansar en paz. Los muertos necesitan que desaparezca de la Tierra el odio que les hizo morir. Su predecesor George Bush, siempre en nombre de la justicia, pero por la pura ley de la venganza y sin apenas disimulo, mató a centenares de miles de personas durante 8 interminables años, primero en Afganistán, luego en Irak y luego de nuevo en Afganistán, por no hablar de los muertos de hambre que todos matamos y que no tienen ningún Punto Cero y a quien nadie pone flores en la tumba. También Bin Laden,

entrenado y armado en su tiempo por los mismos que ahora le han matado –absurdo mundo, afligida especie–, también él decía matar por justicia, pero era por venganza por lo que mataba, como Ud. ahora.

Tal vez hubiera sido justo matar a Bin Laden si con ello se hubieran salvado vidas ajenas. Yo no creo, en efecto, a quienes enseñan que ninguna causa nunca puede nunca justificar que se mate, pues esos mismos aceptan luego la legítima defensa como excepción, o justifican incluso guerras y penas de muerte, cuando no justifican directamente la venganza, como todos aquellos que han celebrado este asesinato de Bin Laden. No, nuestra vida no es un valor absoluto. La vida de cada uno está ligada a la vida de los otros, al igual que la muerte. Vivimos juntos y morimos juntos. O vivimos todos o morimos todos. La vida de todo viviente –también la del asesino– se debe a los otros, para que otros no mueran, para que vivan. Pero Ud., señor Obama, no mandó matar a Bin Laden para impedir que otros murieran ni para que vivamos todos en un mundo más humano y seguro. No fue ese su motivo, y no será ese el efecto, pues es seguro que su asesinato –múltiple, por cierto– hará que haya más muertos. La alarma y el miedo no han hecho sino aumentar. Cuanto más odio, más peligro. Cuanta más venganza, más muerte, hasta que muramos todos. Lo dijo un santo compatriota suyo y de su mismo color, mártir también él del odio y de la venganza, mártir de la no-violencia: “Ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego”. Luther King, el sí fue mártir de la verdadera justicia. Nosotros pensábamos que Ud. había tenido el sueño de aquel santo, pero tristemente nos engañábamos.

No sabemos quién empezó esta espiral de muerte, pero sabemos que solo acabará cuando dejemos de matar en nombre de la justicia, cuando arranquemos el odio y hagamos desaparecer la venganza. La justicia no consiste en castigar y matar. La justicia no consiste en hacer expiar al culpable. La justicia consiste en procurar a cada viviente al máximo posible lo que la vida reclama para ser sana y feliz. Y cuando la vida es herida, la justicia consiste en curar. En curar primero a la víctima, pero luego también al victimario, él también herido. Y la venganza, por mucho que nos empeñemos, no cura ni a la víctima ni al victimario. ¿Quién es la víctima, quién es el victimario? No conozco a nadie que sea solo víctima, ni a nadie que sea solo victimario. Somos Caín y Abel. Todos somos Caín, y llevamos una interminable historia de muertes sobre los hombros. Pero también a Caín, Dios le puso una marca en la frente, para que nadie le matara. Todos somos Abel, pobres víctimas desde el inicio de los tiempos, heridos desde siempre. Pero no se curarán nuestras heridas, mientras no se curen también las heridas de Caín, que son también nuestras propias heridas. Entonces habrá paz en la Tierra. Entonces, por fin, solo entonces se hará justicia. Solo entonces, pues la justicia es el nombre de la paz.

Señor Obama, no siga traicionando esta esperanza que hace dos años y medio predicó al mundo. No defraude más la esperanza divina que despertó en nosotros. No podemos vivir sin fuego en el alma. No podemos vivir sin esperar en el corazón humano, con todas sus contradicciones. No, no podemos vivir sin confiar en la hermandad de los pueblos y en el futuro del planeta. No podemos vivir sin creer en la paz de la justicia, sin esperar que un día haremos que se cumpla el bello salmo que Ud. reza: “La justicia y la paz se besan”. Haga honor a su nombre, sea Ud. bendito y traiga bendición.

José Arregi

Para orar

Creo firmemente que lo conseguiremos.
Creo firmemente en la humanidad.
Creo que, en la noche oscura del mundo,
aunque algunos se empeñen, amanece la paz.
Me niego a creer que el hombre no pueda
hacer con su esfuerzo un mundo mejor.
Me niego a creer que el odio y el racismo
no puedan un día dar paso al amor.
Creo firmemente que lo conseguiremos…
Me niego a aceptar las noches de odio,
las noches de guerra, noches de dolor.
Me niego a creer que somos cautivos
del miedo, el fracaso, de alzar nuestra voz.
Creo firmemente que lo conseguiremos…
Me niego a aceptar noches sin estrellas, ´
días sin ternura, meriendas sin pan.
Me niego a aceptar que los obuses que estallan,
cañones de odio, construyan la paz.
Creo firmemente que lo conseguiremos…
Me atrevo a creer en el corazón,
en tardes de abrazos y de primavera.
Pancartas de paz, justicia, ilusión.
Se escucha el rumor de la nueva era.
Creo firmemente que lo conseguiremos…

(Asamblea de cristianos de base de Asturias)