22 de mayo de 2011

Domingo 5º Pascua, A

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

Jesús se nos presenta como Aquél que siempre está en el Padre y al que vuelve para prepararnos sitio (cf. ev.). Jesús se revela como el Camino, la Verdad y la Vida.
Gracias a Jesucristo, vivimos ya en Dios y somos llamados a dar fruto abundante. La mejor cosecha es la fe y comunión en el amor que Dios nos tiene. Ese amor primero y siempre fiel nos hace ser lúcidos y gozosos servidores de los hermanos. Sí, acercándonos al Señor con fe, entramos en la construcción del templo del Espíritu, como piedras vivas (cf. 2ª lect.). Sólo por Jesús podemos ir al Padre. Es, hermanas y amigos, la Palabra verdadera y fiel que nos lleva a vivir con plenitud nuestra condición humana. Y, concretamente, la vocación de ser y actuar como hijos de Dios y hermanos de todos.
Todo ello es fruto de la Resurrección del Señor. En su órbita nos movemos con gozo inmenso llevados por la esperanza. Lo estamos celebrando con la Iglesia. Abramos corazón, ojos y manos al horizonte cósmico y esplendoroso del triunfo de Jesucristo. ¿Cómo hacerlo? Sugiero aceptar la intimidad de Jesucristo. Es el mejor puerto para nuestras fatigas, el más grande consuelo, la verdad más plena. Nadie jamás osó decir lo que Jesús repite hoy: “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (cf. ev.). No te acostumbres a oírlo, hermana y amigo, porque es realmente sorprendente, lo original cristiano.
Por ser Vida plena, Jesús es la Verdad total. Y se ofrece como Camino y Meta: creer en Él, seguirle cada día, nos conduce al abrazo eterno con Dios, su Padre y nuestro Padre. Tomás no comprende, tampoco Felipe, y eso que eran de los amigos que tuvo cerca. Jesús siente no haber podido ampliar aún el horizonte de los suyos. A pesar de todo, insiste y propone pasos a dar, sentimientos y actitudes para asumir: que nos fiemos de Él, que estemos y nos mantengamos en su presencia, que contemplemos y proclamemos sus obras, que actuemos su amor atendiendo necesidades concretas de la comunidad (cf.1ª lect.).
Por Jesús sabemos que el camino para ir a Dios pasa por el hermano, el prójimo, el necesitado. Dios se ha querido manifestar plenamente dándosenos en su propio Hijo Jesús. Y por Él podemos gustar la entrañable misericordia de nuestro Dios (cf. salmo resp.) y la más profunda verdad de nosotros mismos. En Él se nos revela el pleno sentido de nuestra vida y de nuestra muerte, de los trabajos y alegrías, de las nobles esperanzas y del mejor destino.
Por ello, como Buen Pastor, Jesús Resucitado nos lleva en buena dirección y nos pide decir siempre “no” al poder que esclaviza, a la violencia que destruye, al placer que embota, al consumismo hiriente y abusivo, a la autosuficiencia del orgullo, a la mentira, a la calumnia, a toda injusticia, a la dictadura de cualquier relativismo.
Con la luz del Evangelio de Jesús y en la fortaleza de su santo Espíritu, podremos decir “sí” a todos los recursos humanos servidores de la dignidad de personas y pueblos, “sí” a cuanto contribuye a edificar la nueva humanidad; “sí” a todo lo que ayude a la realización de una casa común más habitable. Todo tiene que hacerse en verdad y libertad, con justicia y solidaridad, con sencillez, alegría y amor. Y la casa común brillará, adornada con la paz de Dios, para bien de todos. Sí, créetelo y juega “tus bazas”: con el ejemplo de Jesús y con la audacia de su santo Espíritu, podemos vivir como comunidad cristiana edificada sobre Roca (cf. 2ª lect.). Será la Iglesia que construye, afectiva y efectivamente, el Reino de Dios, la civilización del amor. Para que todos tengan vida, vida abundante.
Estos últimos domingos hemos ido viendo a la Iglesia en las Escrituras santas como fruto precioso de la Pascua del Señor. Por eso, nuestra comunidad de fe tiene que sentirse de nuevo llamada a proclamar las hazañas del que nos hizo salir de la tiniebla y entrar en su luz maravillosa (cf. 2ª lect.). Sólo si nos dejamos penetrar y guiar por Jesús Resucitado, mostraremos al mundo el verdadero rostro del Dios Vivo, Creador y Padre misericordioso, que a todos quiere salvar. Si creemos de verdad en Jesucristo, si permanecemos fieles a su amor, si crecemos en Él, cumpliremos su mandato, nos amaremos como Él nos amó.
Es cierto que el misterio de la persona y mensaje de Jesús sólo se ve bien a la luz de su resurrección. Con ella, el Padre ha confirmado que el camino de Jesús es el que realmente salva, el único liberador. Hoy, peregrinos de la fe, nuestra esperanza de una más perfecta comunión ha de concretarse en perdón mutuo, en la solidaria acogida, en servicios fraternos, en cantos de gratitud y alabanza, en oración filial y confiada entrega, en testimonios vivos de evangelización (cf. 1ª lect.), en el hecho de compartir gozosamente la hermosa dignidad y libertad de los hijos de Dios y el regalo de la herencia eterna.
Sólo Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Nos pide Jesús: “Creed en Dios y creed también en Mí”. Sí, hermanas y amigos, penetrados del gozo de la Pascua, reavivemos la fe apostólica. La Eucaristía es presencia del Señor entre nosotros, su triunfo sobre el pecado y la muerte; también, alimento para vivir y prenda de gloria esperada. Demos gracias al Señor porque hizo maravillas (cf. 1ª lect.), las sigue haciendo y las hará todavía mayores.