8 de mayo de 2011

Domingo 3º Pascua

Monasterio Sagrada Familia. Oteiza-Berrioplano (Navarra)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

Camino de ida y vuelta. Como la vida misma: de Dios venimos y a Dios vamos. Pero ¿a quién se le ocurre terminar así? La muerte trágica de Jesús les dejó confundidos. ¡Si fuera verdad que lo habían visto resucitado! Porque era imposible dejar a un lado aquel amor apasionado. ¿Nos parecemos un poco a los discípulos de Emaús?, ¿esperábamos mejores resultados?, ¿entendemos las Escrituras?, ¿creemos que “en la vida y en la muerte somos del Señor”?, ¿acaso no murió y resucitó Jesús “para ser Señor de vivos y muertos”?

Jesús se les acercó y caminó con ellos. Los fue trabajando con su gracia, respetando su libertad e invitándoles a desahogarse. El caminante, desconocido y próximo, se convirtió en maestro: apelaba al testimonio de los profetas. Su lección era y es desconcertante: el verdadero Mesías tenía de padecer para entrar en su gloria (cf. ev.).

Con él, iba asomando lo más positivo de cada uno, la sana ilusión de vivir confiando y amando. No podían dejarlo al caer la noche y le suplicaron: “¡quédate con nosotros!”. Al partir el pan, caerían en la cuenta y volverían con los demás para compartir la original experiencia: “¡era verdad; ha resucitado el Señor!”. Reconocerán, al fin, que, al oírle, su corazón se les hacía llama viva.

Y yo me pregunto: en las gentes de buena voluntad, si se les presenta y ofrece a Jesucristo con sencillez, autenticidad y amor, ¿cómo no va a poder brotar, o renovarse con nuevos bríos, la esperanza? “¡Quédate junto a nosotros!” sea hoy nuestra oración, al percibir la luz y el amor de Dios, al celebrar la resurrección de Jesús. Somos la Iglesia amada del Señor. Él nos ha rescatado “al precio de su sangre” (cf. 2ª lect.). Porque ahora sí, la convicción del salmista se hace “verdad total” para cada uno de nosotros también: “Señor, me enseñarás el sendero de la vida. ¡Aleluya!”(cf.1ª lect. y salmo)

Sí, el Hermano y Amigo responde al gemido del corazón destrozado. también por el escándalo del sufrimiento en tantos desterrados, exiliados, perdidos y torturados. En efecto, la guerra, el hambre, la soledad, el odio, la enfermedad y la muerte nos ponen a todos ante abismos de noche oscura. Sí, ¡qué cruz, Señor! Cada uno sabe, además, de pruebas y desolaciones íntimas. ¡Cuántas veces nos quedamos sin palabras!, ¿cierto?

Pero los medios de comunicación social también ayudan a vivir con ojos abiertos y corazón atento. De hecho, este mundo es inquieto y emprendedor; unas veces, entrañable y, otras, espantoso; pero es de Dios y nuestro. Por ello, este mundo puede intuir en los santos la verdad y la belleza a las que, a pesar de todo, está siempre llamado. ¿No nos lo está de nuevo proclamando el Beato Juan Pablo II? ¿No acabamos de ver “sus” maravillas, las que Dios obró en su persona y las que sigue haciendo hoy?

Hermanas y amigos, “el camino de Emaús” me parece que es recorrido cada día por todo creyente. Si nos hemos quedado como “sordos” ante aquella primera llamada, podemos reconocer ahora la voz que nos interpela desde las Escrituras santas. Además, en “el camino de Emaús”, redescubrimos el misterio de toda celebración eucarística: cuando se proclama la palabra de Dios, Cristo mismo se hace presente. Sí, y aquí, con fe viva, acogemos a quien nos parte el pan y distribuye el vino. Él mismo se nos entrega para colmarnos con su Amor. Como en el camino de Emaús, aquí y ahora, recuperamos la fe, celebramos el amor y somos empujados a correr hacia los hermanos para anunciarles a Jesucristo.

Sí, aquí y ahora, podemos disfrutar la entrañable misericordia del Viviente. Se nos hace amistad única, cálida y eficaz. Porque Jesús nos quiere a todos en su hogar santo, su Palabra, su Cuerpo y su Sangre son nutrientes que, en este peregrinar terrestre, alimentan y potencian nuestra vida de fe y el anhelo de la eterna comunión en el Amor. Pastor Bueno, estará siempre con nosotros. Ya nos acompaña y escucha, ya comprende todo lo humano. Porque lo tiene bien asumido, incorporado y glorificado.

Celebrando, pues, “la fracción del pan”, “el sacramento de nuestra fe”, vivamos la alegría de ser hijos de Dios, ganados por Cristo, animados por su Espíritu y testigos del Evangelio. Retomemos y hagamos nuestra la súplica: “Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén” (Oración “colecta”).

En verdad, hermanas y amigos, “por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (cf. 1ª lect.). Deseando, pues, compartir también las alegrías, penas y esperanzas de muchos hermanos, proclamemos juntos la fe apostólica, la fe en el Dios “que lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (cf. 1ª lect.), el Dios Creador y Redentor, su Padre y nuestro Padre.