12 de junio de 2010

De justos impasibles y pecadores enamorados

DOMINGO UNDÉCIMO DEL TIEMPO ORDINARIO

TEXTOS
DEL LIBRO SEGUNDO DE SAMUEL (12, 7-10.13)
Dijo Natán a David
- Así dice el Señor Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel, te libré de Saúl, te di la hija de tu señor, puse en tus brazos sus mujeres, te di la casa de Israel y Judá, y por si fuera poco, te añadí otros favores. ¿Por qué has despreciado tú la Palabra del Se¬ñor haciendo lo que a Él le parece mal? Mataste a espada a Urías el hitita y te quedaste con su mujer. Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías.
David respondió a Natán:
- He pecado contra el Señor.
Y Natán le dijo:
- Pues el Señor perdona tu pecado: no morirás.

DE LA CARTA DE PABLO A LOS CALATAS (2,16.19-21)Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley sino por creer en Cristo Jesús. Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley.
Para la Ley estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte, pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

DEL EVANGELIO DE LUCAS (7, 36 - 8, 3)Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: « Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora. » Jesús le respondió: « Simón, tengo algo que decirte. » El dijo: « Di, maestro. » Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más? »Respondió Simón: « Supongo que aquel a quien perdonó más. » El le dijo: « Has juzgado bien », y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: « ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra. » Y le dijo a ella: « Tus pecados quedan perdonados. » Los comensales empezaron a decirse para sí: « ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? » Pero él dijo a la mujer: « Tu fe te ha salvado. Vete en paz. »

TEMAS Y CONTEXTOS
EL LIBRO SEGUNDO DE SAMUEL (12, 7-10.13)
El rey David se había enamorado de Betsabé, casada con Urías, un general de sus ejércitos. Para conseguirla, David hizo que el marido muriera en la guerra, y se quedó con su mujer. El profeta Natán le re¬prochó esta actitud, con la famosa parábola del pobre que tenía una sola oveja y un rico se la quitó para comer con sus amigos (quizá el único relato del Antiguo Testamento que puede ser llamado «parábola» en el mismo sentido que las de Jesús).
El relato se sitúa en este domingo recordando una de las facetas importantes del gran rey David: su condición de pecador, que no se disimula en la Escritura. Un rey gravemente pecador, que tiene que retornar constantemente al perdón de Dios y que, sin embargo, es el instrumento de Dios para el bien de su pueblo.

LA CARTA A LOS GÁLATAS (2,16.19-21)
No es fácil entrar en los juegos de palabras en que se mete Pablo. De todas maneras, y yéndola fondo de la cuestión, Pablo no está planteado el problema de siu justifican la Fe o las Obras (tal como lo entendieron en el siglo XVI y montaron todo el lío de la justificación), sino que la fe en Jesús es una liberación frente a la Ley Antigua, la Ley de Moisés.
Es uno de los momentos más intensos de la carta a los Gálatas. Pablo siente profundamente que él mismo es obra de Dios, que no es el cumplimiento de la Ley Antigua el que le hace apóstol, sino la elección de Dios. Siente que el mundo le desprecia como se desprecia a los criminales ejecutados, y eso mismo siente él por los criterios y los valores del mundo. Pablo siente que es el mismo Cristo el que tra¬baja por su medio y que su acción en las comunidades es la acción salvadora del mismo Jesús.

EL EVANGELIO DE LUCAS
El relato se inscribe en la larga serie de «comidas de Jesús» que se reseñan en los evangelios, especialmente en Lucas. Parece que Jesús tiene fama, es consi¬derado «profeta», y un fariseo importante quiere honrarle - y hon¬rarse - invitándole a comer. Durante la comida se produce el moles¬to incidente: se ha colado en la casa una mujer de mala fama. El fariseo se siente violento, sin duda se aparta inconscientemente pa¬ra no contaminarse con la pecadora, y juzga que Jesús, como profe¬ta, debería hacer lo mismo.
La reacción de Jesús, defendiendo a la mujer y prefiriéndola, tu¬vo que causar enorme escándalo. Pero está en perfecta consonancia con sus actuaciones anteriores: tocar leprosos, tocar al muerto, tratar con pecadores... como el médico, que se acerca y toca para curar.
Una antigua tradición identifica a esta mujer con María Magda¬lena, sin mayor motivo ni fundamento en los evangelios.

REFLEXIÓNLucas reseña dos comidas de Jesús en casa de fariseos: ésta y la de 11, 37. Y las dos acaban mal. Ésta por un contraste de personas: justos / pecadores. La siguiente, por una cuestión de purificaciones legales. En los dos casos, se subraya una profunda diferencia entre Jesús y los fariseos, y se produce una ruptura real, que irá enconándose hasta la muerte de Jesús.
El tema va de santos y de pecadores. El fariseo es tenido - y se tiene a sí mismo - por santo, porque cumple escrupulosamente todo precepto, por mínimo que sea. Esta escrupulosa santidad es tan de¬licada que no puede arriesgarse a rozarse con los demás, con la gen¬te: le harían perder su frágil pureza. La mujer es «pecadora públi¬ca». Nuestra tradición ha querido ver en ella una prostituta, aunque el término podría referirse a cualquier otro tipo de «pecado». El san¬to se retira horrorizado, como apartándose de la tentación, y piensa que profeta tiene que hacer lo mismo. Es una constante de los fariseos y legistas de Galilea: sin duda, el pueblo de Galilea no es ningún modelo de cumplimiento de los cen¬tenares de preceptos legales que consumen la atención moral de los fariseos y los escribas. Y éstos esperan del profeta que les ayude en su misión de adoctrinamiento del pueblo. Pero Jesús se identifica con el pueblo y no con ellos.
En esta ocasión va más lejos: se identifica con la mujer contra el varón y con la pecadora contra el santo. Lo que equivale a una des¬calificación mutua. El fariseo piensa, en perfecta lógica, que Jesús no es un profeta. Jesús piensa que el fariseo no es un santo. El fariseo es un santo tan débil que tiene que huir para conservarse. Jesús es un santo tan poderoso que puede acercase a curar.
Pero interesa más aún la justificación que el mismo Jesús ofrece. Aparece la palabra clave, amar, y la explicación de la radical dife¬rencia entre el fariseo y Jesús, entre la Antigua Ley y la Buena Noti¬cia. Es necesario relacionar este mensaje con la expresión de Marcos 12, 33 en boca del escriba: «Amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los sacrificios y holocaustos».
Éste es precisamente el problema del fariseo, y ésta es la fuerza y la revelación de Jesús. Y éste será el reproche de Jesús a los fariseos y legistas: cumplís al pie de la letra todos los preceptillos y habéis olvidado lo fundamental de la Ley: la justicia, la misericor¬dia y la fidelidad, es decir, los resultados del amor, sin el cual ni siquiera tendrían valor la justicia, la misericordia y la fidelidad.
Jesús ofrece un tipo de relación con Dios y con los demás que va más allá de la Ley y de sus cumplimientos. Precisamente porque co¬noce y revela la esencia de Dios. La subversión del concepto de Dios nos sigue produciendo el mismo escándalo que produjo Jesús al fa¬riseo. No podemos desprendernos del concepto de Dios ante todo justo. Y Jesús va a tener que dar la vida para cambiar ese concepto por el de Dios sobre todo médico y, más aún, enamorado.
Precisamente por eso. Jesús atrae de forma tan llamativa a los pecadores, a la gente corriente e incluso a la gente de mal vivir. La gente corriente no se siente «santa» sino al revés, se siente «man¬chada» por la vida misma, lejana a lo sagrado. Entre ellos, algunos se ven arrastrados a situaciones aún peores. Y todo eso, en la men¬talidad más tradicional de todas las religiones, significa aparta¬miento de Dios, «indignidad». Para Jesús no es así. Dios está más cerca cuanto más se le necesita. Jesús mismo era así, la gente normal se sentía estimada, la gente con problemas veía en él una solución.
Y es que Jesús sabe mucho de la esencia del pecado: enfermedad, esclavitud. Sabe que el ser humano necesita curación y liberación. Y sabe que las religiones se edifican sobre esquemas de poder para be¬neficio de poderosos, de presuntos sabios y presuntos santos, con olímpico olvido de las necesidades de las personas. Más aún, las religiones, incluso el cristianismo, ha sido muchas veces “machacadoras de pecadores”, no un alivio, un consuelo, una curación, sino una expulsión, una condena, incluso a muerte. Pero son las per¬sonas, todas las personas, las que son Hijos, objeto del amor de su Pa¬dre. Y cuanto más necesitadas, más preocupado está el Padre.
La mujer es preferida al fariseo porque funciona en parámetros de amor, mientras que el fariseo no lo hace. La escena es sorprendente¬mente paralela al episodio de la mujer adúltera, en Juan 8. Los fariseos y escribas se mueven en parámetros de cumplimiento de Ley, por los que la mujer deberá ser lapidada. Jesús no quiere más que salvarla, para lo cual eludirá la ley, arriesgará su prestigio y aun su vida.
Finalmente, es reveladora la interpretación que el mismo Jesús hace de la escena y los personajes, contraponiendo la actuación de la mujer con la del fariseo. El resumen es: esta pecadora ha creído en mí, y tú, tan santo, no. Por eso, ésta puede ir en paz, recibe perdón y conoce a Dios, y tú no.

PARA NUESTRA ORACIÓN
Propongo un ejercicio de identificación con los personajes.
Ante todo, identificándonos con el fariseo, hurguemos en nuestro espíritu. Es bastante posible que encontremos en el fondo de él un fariseo emboscado. Alguien estrictamente ortodoxo en su fe, que se siente justo ante Dios, cumplidor de las normas morales, de los preceptos de culto, y que por tanto da muchas gracias a Dios por todo eso (pero se siente superior a otros, aunque no lo confiese...) Si somos así, hay que leer la parábola del fariseo y el publicano, combinada con la de los talentos. No somos mejores, simplemente, hemos recibido mucho más... ¿para qué? ¿qué se espera de nosotros?
Si no identificamos con la mujer, las cosas cambian... a mejor. Si somos conscientes de nuestros pecados, de la enorme diferencia entre lo que hemos recibido y lo que respondemos, entre lo que se espera de nosotros y lo que realmente respondemos... podemos abrumarnos. Pero entonces la parábola nos entrega, radiante y tranquilizadora, la Buena Noticia: por más pecador que seas, tu Padre te quiere igual, o más quizá, porque le necesitas más.
Y aquí llegamos a uno de los núcleos esenciales de la Buena Noticia: el mensaje de Jesús es el que más tranquiliza y el que más compromete a la vez. Si la parábola de los talentos nos produce enorme inquietud, la del hijo pródigo nos devuelve la esperanza. Si la del hijo pródigo nos tranquiliza demasiado, la de los talentos nos recuerda lo mucho que se espera de nosotros.
Con todo lo cual recordamos una lección esencial. No se puede sacar consecuencias de un solo texto (y menos si está descontextuado) del evangelio. El mensaje de Jesús está en el evangelio entero, y es leyéndolo así como recibimos la Buena Noticia entera.

SALMO 18

Yo te amo, Señor, mi fortaleza,
mi salvador, mi roca, mi baluarte,
mi libertador, ¡ése es mi Dios!.
La peña en que me amparo,
fuerza de mi salvación.

Clamé al Señor en mi angustia,
a mi Dios invoqué
y escuchó mi voz.

Tú que salvas al pueblo humilde,
Tú eres, Señor, mi lámpara,
mi Dios que alumbra en las tinieblas.

¡Bendito sea el Señor, mi fortaleza,
el Dios de mi salvación!

ORACIONES PARA LA EUCARISTÍA
Aquí estamos, Padre, tus hijos pecadores, hartos de nuestra mediocridad y nuestros fallos: venimos a tu mesa porque te necesitamos, porque sabemos que siempre nos perdonas y nos acoges. Gracias, Padre, por Jesús, tu Hijo, nuestro Señor.

Jesús se dio a todos, es nuestro pan y nuestro vino; nosotros también queremos gastar nuestra vida como él; para mostrarlo ponemos en tu mesa nuestro pan y nuestro vino, nuestra vida entera; conviértela Tú en pan y vino para nuestros hermanos.

Gracias Padre por ser como eres, porque en esta mesa nos acoges, nos perdonas, nos alimentas. Gracias por Jesús, que nos mostró tu rostro y tu corazón. Te damos gracias por la Eucaristía y por Jesús, tu mejor regalo.