18 de mayo de 2010

Lo más urgente: "Una religiosidad alternativa"

La crisis mundial de la economía, que está golpeando con especial crueldad a los países más débiles, y sobre todo a los más debiles en esos países, se está ensañando con muchos de nosotros, sobre todo con los inmigrantes, los parados, las personas dependientes... ¿Qué están haciendo las religiones en esta situación? ¿Qué está haciendo nuestra Iglesia?
No es éste el momento de echarnos en cara culpas y responsabilidades. Es la hora de buscar soluciones. Y mi propuesta es muy clara, aunque entiendo que no será fácil de llevarla a la práctica, al menos de inmediato, a corto plazo. Pero, aun a sabiendas de la dificultad que entraña, lo quiero decir con toda claridad y con toda firmeza. ¿De qué se trata?
Tenemos que buscar y poner en práctica un "modelo alternativo de religiosidad". Lo he dicho ya muchas veces y no me canso de repetirlo. Nuestra Iglesia padece una hipertrofia de prácticas religiosas y una atrofia de convicciones evangélicas. En las parroquias, en las iglesias y conventos, por lo general, se siguen cuidando con esmero las prácticas sacramentales, al tiempo que no se cuidan con el mismo esmero las personas que peor lo están pasando en esta dramática situación. Mi propuesta es que el centro de atención, de interés y de desvelos, en cada diócesis, en cada parroquia, en cada convento..., sea la atención, la acogida, el cuidado de las personas que más sufren, que se ven más desamparadas, más desprotegidas, con un futuro más oscuro.
Mucha gente no sabe que, si el cristianismo creció vertiginosamente durante los siglos III y IV, eso se debió a que, en aquellos tiempos, el Imperio empezó a vivir lo que con razón se ha denominado como "una época de angustia" (E. R. Dodds). Las instituciones hacían agua, la economía se hundía, las gentes estaban asustadas. Pues bien, estando así las cosas, los cristianos tuvieron el acierto de organizarse por "comunidades de acogida", que fueron un alivio para los más desgraciados de entonces. Como bien nos ha explicado el citado Profesor Dodds (Oxford), "los beneficios que acarreaba el ser cristiano no quedaban confinados al otro mundo. Una congregación cristiana poseía un sentido comunitario más fuerte que cualquier otro grupo (isiaco o mitriano) equivalente. Sus miembros quedaban unidos no sólo por unos ritos comunes, sino también por una forma común de vida... La Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida; tenía un fondo para funerales de los pobres y un servicio para las épocas de epidemia. Pero más importante que estos beneficios materiales era el sentimiento de grupo que el cristianismo estaba en condiciones de fomentar. Los modernos estudios sociológicos nos han familiarizado con la universalidad de ese "sentimiento de grupo" como algo absolutamente necesario para el individuo, así como con las formas inesperadas en que esa necesidad puede influir sobre la conducta humana, particularmente entre los individuos desarraigados de las grandes ciudades... Epicteto nos describe el horrible desamparo que puede experimentar un hombre en medio de sus semejantes (Epict. 3. 13.1-3). Debieron ser muchos los que experimentaron este desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro".
Esto escribió el Profesor E. R. Dodds, en 1963. Su punto de vista tiene ahora seguramente más actualidad que cuando él lo dijo. Y más, incluso, que en los lejanos tiempos, de los siglos III y IV, que con tanta competencia analiza y describe. Esto supuesto, mi pregunta es: ¿no tendría que ser ésta la tarea más urgente, y el culto religioso más necesario que nuestras parroquias y nuestras iglesias tendrían que poner en práctica de manera urgente y apremiante?
Todos sabemos que esto no sería la solución a la crisis. Pero sí sería, sin duda alguna, el alivio de muchos sufrimientos humanos que, de otra manera, no van a tener ni solución, ni remedio. Por lo demás, nunca deberíamos olvidar que esta "religiosidad alternativa" fue precisamente la forma de religiosidad que estrenó Jesús. La religiosidad que marcó la originalidad del cristianismo.

José Mª Castillo
Periodista Digital