10 de febrero de 2013

Domingo 5º T.O. C

Jornada nacional de MANOS UNIDAS. Campaña contra el Hambre :
“No hay justicia sin igualdad”
Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
(Ramón Sánchez-Lumbier)

Como aquella gente, estamos con Jesús y queremos festejar la vida y el amor.
Cantábamos: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón… Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor de mi alma…” Era segura confianza: “El Señor completará sus favores conmigo… Señor, no abandones la obra de tus manos” (cf. resp.).
Hermanas y amigos: ¿cómo vivirla cuando se acentúa lo negativo en el propio corazón o en el mundo, en la Iglesia o en el ambiente, en la familia y las relaciones interpersonales? Nos sentimos “poca cosa”. Ante el Dios Santo, nos pasa como a Isaías y a Pedro (cf. 1ª lect. y ev.): “¡ay de mí, estoy perdido!”, “¡apártate de mí, Señor, que soy un pecador”! Pero Él se nos acercará aún más. El Dios Santo se revela y entrega en el Hijo Amado, se hace compasión y gracia para todos. Nos pide confiar en Él y abandonarnos en sus manos, “como niños en brazos de su madre”. Él hará lo demás: “¡te basta mi gracia!” (cf. 2ª lect.).
El relato evangélico nos exhorta a remar “mar adentro”. La orden dada por Jesús a Pedro se revela extraordinariamente fecunda. Se trata de una pesca milagrosa, signo del poder de la palabra de Jesús. Él no es sólo un hombre, como todos los demás, sino el Hijo de Dios, con su poder creador. Hoy, Jesús Resucitado, desde la barca de su Iglesia, sigue proponiendo a las multitudes el Evangelio de la misericordia. Con sus obras y palabras, por la virtud de su santo Espíritu, nos ha colocado ya en la órbita del Reino. Es lo que creemos.
De la Pascua de Jesucristo nació la fe apostólica y la vocación cristiana con asombrosa capacidad para amar. “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (cf. 2ª lect.). Amar siempre, incluso al enemigo, nos hace semejantes a Dios y hace crecer la comunidad eclesial en torno al eje de la misma fe: “tanto ellos como yo, esto es lo que os predicamos, esto es lo que habéis creído” (cf. 2ª lect.). Es el Evangelio aceptado y proclamado como fundamento y guía de la nueva vida en el Señor.
La 1ª carta a los Corintios es anterior a los evangelios, pero posterior al testimonio de los apóstoles: “Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día…”. Éste es el sólido cimiento de nuestra fe. Y esta fe, “la fe que nos salva”, es la que nos lleva a vivir con los otros en “el espíritu de las bienaventuranzas”, compartiendo cuanto somos y tenemos, en libertad y justicia, con amor y esperanza. Sí, “también nosotros estamos llamados a dar una respuesta de fe. Cuando todo parece inútil, cuando la vida parece absurda, debemos acudir al Señor, que nos dirige una palabra de confianza, de aliento y de empuje: ‘¡Rema mar adentro!’. Si acogemos esta palabra, siempre podremos hacer algo, siempre podremos tener una reacción positiva, aunque sea modesta…” (cf. Card. Albert Vanhoye, SJ).
¿Verdad, hermanas, que es el Señor quien nos recrea para la confiada ofrenda y el compartir generoso?: “¡Aquí estoy, mándame!”? (cf. 1ª lect.). Amados de Dios y por Él llamados, su Espíritu Santo, en la familia de los hijos, nos hace también servidores del Evangelio del Reino, partícipes en la misión que el Señor confía a su Iglesia, nos hace sus beneficiarios y testigos. Atraídos por el amor de Jesucristo y “fijos los ojos en Él”, la fe se expresa en “obediencia”, en entrega apasionada por Dios y en amor fraterno. Ése es el fuego santo que alimenta toda oración y quehacer para la evangelización del mundo. Desde lo concreto, humilde y sencillo. Día a día siguiendo al Señor, haciendo fraternidad, cooperando en la obra del Reino de Dios.
Como las mujeres de “Manos Unidas”. El lema de la Campaña de este año lo plasma su cartel: una mujer lleva sobre sus espaldas una balanza con sus dos platillos en perfecto equilibrio: “No hay justicia sin igualdad”. Escribe nuestro Arzobispo: “Manos Unidas se esfuerza por sensibilizar las conciencias ante injusticias flagrantes contra los derechos de igualdad de las mujeres y lleva a cabo proyectos para acabar con las causas que las generan... Manos Unidas trabaja para cambiar la mentalidad y pone en la base de sus esfuerzos la caridad cristiana de la que nazca el respeto, la estima y el aprecio a la mujer en igualdad de derechos y deberes... Animo a todos, un año más, a ser generosos en esta campaña. Pero no sólo se trata de ayudar a financiar tantos y tan hermosos proyectos, sino también a despertar inquietudes y a difundirlas, a vivir sintiéndonos de verdad hermanos con todos los necesitados de la tierra”.
Hermanas: compartamos cuanto somos y tenemos con los de cerca y con los de lejos. Hagamos lo que querríamos que otros hicieran con nosotros. En nuestro paso fugaz por este mundo, mejor será vivirlo todo con amor, con humildad, con alegría y gratitud. Con Pedro podemos decirle al Señor: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes” (cf. ev.). ¡Por tu palabra! Sabemos, Señor, que cuando una persona se pone generosamente a tu servicio, Tú haces maravillas también por ella.
Como familia de Dios, Iglesia suya, protegida y defendida siempre por Él, renovemos asombro y esperanza (cf. oración colecta). Se nos llama a vivir de lo esencial, a amar como Jesús nos amó, a recibir y trabajar el don de la fraternidad. Esa fraternidad nace, se alimenta y perfecciona en la Eucaristía, “el sacramento de nuestra fe” y el fundamento firme de la esperanza que no falla. Por Jesucristo, con Él y en Él, pidamos la gracia y el gozo de amar. Sabiéndonos hermanos, proclamemos la fe apostólica y demos gracias a Dios.