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24 de febrero de 2013

2º domingo de Cuaresma

Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
Ramón Sánchez-Lumbier

Fuerte contraste entre la experiencia del desierto y ésta de la montaña. En una semana pasamos de la noche oscura al más claro día; de la soledad a la dulce compañía; de la tentación del diablo a la envolvente caricia del cielo. Por algo será.
La Ley y los Profetas desembocan en Jesús. La Alianza antigua da paso a la nueva, que será eterna. Jesús quiere cerca a sus amigos. Los discípulos contemplan su gloria. Pedro exclama: “Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí!” (cf. ev.). La experiencia única se hace más sublime cuando, “desde la nube”, llega la voz: "Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadle". Se nos pide también fijar los ojos en Jesucristo. Celebramos “el sacramento de nuestra fe” mirando al Señor. Sí, ¿qué vemos y oímos?
La Palabra de Dios ofrece, en promesa, vida fecunda con la alianza en favor de Abrahán y "su descendencia". Cuesta decirlo, pero hay vida después de la muerte, y gozo engendrado con dolor, y regeneración tras sacrificios y ofrendas en procesos de conversión. A veces, la niebla de la vida nos hace perder de vista el panorama. Cierto. Pero Abrán creyó en el Dios invisible que realizaría con él un rito de alianza. A Abrahán, ya con nuevo nombre, se le llamará ‘padre de los creyentes’, de un pueblo en alianza con Dios: ‘Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo’ (cf. 1ª lect.).
La “descendencia” prometida, en su ‘objetivo último’, somos “nosotros”, los miembros del “nuevo Pueblo”, la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. En Jesús, “el Hijo escogido”, la Alianza llega a su culmen. La Palabra de Dios es también para nosotros: hoy nos exhorta a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos al futuro con esperanza cierta. Sí, “espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (cf. resp.).
La transfiguración de Jesucristo nos llama a la esperanza porque deja entrever el ‘modelo’ y la ‘norma’ para vivir felices. Sí, en el camino de la vida hacia la transformación definitiva, nos acompaña una voz, una presencia, Dios mismo (cf. 2ª lect.). En efecto, por gracia de Dios hemos acogido con fe viva el don del Hijo único, el amor y la fortaleza de su Espíritu, la esperanza que nos hace vivir y nos lleva siempre más adelante: “Somos ciudadanos del cielo de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo” (cf. 2ª lect.).
¡Qué maravilla de Dios! En Jesús transfigurado, el Padre nos muestra a su Hijo, ejemplar supremo de nueva humanidad. El Padre quiere “configurarnos con Jesús”. Gocémonos con su querer y prosigamos el combate de la conversión, “fijos los ojos en Él” y a Él confiados. Lo hemos cantado con el salmista: “el Señor es mi luz y mi salvación… El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (cf. resp). Sí, oremos más y mejor, estemos con Él, escuchemos su voz en lectura orante del Evangelio, caminemos a la luz de su verdad y de su misericordia. Dejémonos reconciliar con Dios y desterremos el egoísmo, entreguémonos al Señor y sirvamos a los demás. Con sencillez y generosidad, con amor y alegría. Así podremos anunciar, con obras y palabras, que “Dios es Amor”. Y lo haremos como Iglesia “suya”, día a día, en este mundo tan herido.
Como es evidente, persisten las desgracias naturales y las injusticias estructurales; los abusos de poder, la corrupción, mentiras y calumnias, inseguridad y miedo, paro lacerante, acosos, persecuciones y ultrajes a la dignidad de personas, grupos y comunidades, hasta incurrir en criminales atentados de consecuencias mortales. No es extraño que sintamos indignación y pavor, ni que tendamos a dudar de las promesas. Pero, a pesar de los pesares, en medio de tanta miseria, causada por injusticias ajenas, por las propias deficiencias y debilidades, y por los pecados de todos, apostemos por afrontar la vida que se nos da, y “peleemos” en ella con sinceridad y verdad; también con esperanza ante el futuro, "fijos los ojos en Jesús”.
Hermana: ¿podrás orar así de enamorada?: “Oigo en mi corazón: ‘buscad mi rostro’. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro”? (cf. salmo resp.). ¿Podrás hacerlo, amigo, también tú, y enamorado? ¡Enhorabuena! La gracia del santo Bautismo nos hizo renacer como hijos de Dios en Jesucristo. Por su Espíritu y en la fe apostólica, podemos reasumir, una vez más, esta divina vocación. Bebamos de la fuente viva de donde brota, para nuestra sed, el agua que salta hasta la vida eterna. Que nos sepamos y sintamos “hijos de Dios en el Hijo Amado”. Él fue crucificado por amor y vive exaltado en la gloria. Como iglesia orante, acojamos de verdad la Palabra de Dios para vivir como cristianos, coherentes con la fe que celebramos y proclamamos, testigos del Dios-Amor, Padre de Jesús y Padre nuestro, servidores de los hermanos.
El Señor nos invita a ir con Él. Quiere que entremos en su intimidad y gocemos con su presencia, que pregustemos ahora sus eternos horizontes, capaces de avivar el fuego de nuestros amores, en deseos de Infinito. Peregrinos de la vida, su santo Espíritu nos purifica y purificará para hacernos dignos de participar en la gloria de su resurrección. ¡Bien merece la pena! ¡Demos gracias a Dios!