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5 de febrero de 2012

5º domingo T.O. B

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

El evangelio de Marcos (cf. ev.) describe una jornada en la vida de Jesús. Diríamos que es un día “al completo”, “un día lleno y fecundo”. Destacan dos aspectos: Jesús se acerca a la persona enferma para sanarla y “todo el mundo le busca”. Es "el hombre para los demás".
Además, “se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar”. Vemos cómo en el mismo Jesús se revela y ofrece lo que es una “completa” vocación cristiana, una vida plenamente humana. Como la quiere para todos el Buen Dios. Nos fijamos, ante todo, en Jesús, en lo que Él es y en aquello para lo que ha venido. Es el Hijo que viene a este mundo, desde el seno de Dios, con una misión. Día a día, en trato íntimo con el Padre, alimenta su “vivir” y fortalece su voluntad “desviviéndose” por los hermanos y anunciando por todas partes la cercanía del Reino de Dios.
El evangelio insiste en que Jesús “enseñaba con autoridad” (cf. pasado domingo). Hoy vemos cómo también Jesús “curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”. Lo hacía en el interior de las casas, a la puerta de las mismas, en plena calle y en las sinagogas, y por “toda Galilea”. Enseñaba, curaba y oraba. Buen resumen de la misión de quien es el Maestro y el Salvador. A los discípulos les confiará tomar parte en la misma. ¿Lo hacemos nosotros hoy, según los dones recibidos, con cercanía personal, acogedora y compasiva?, ¿lo hacemos ante toda persona?, ¿lo hacemos, “vueltos” al Padre, con súplica confiada y siempre nueva?
Enseñar, curar, orar. Es la misión que exige de los enviados una actitud singular, necesitada de renovación constante. Se trata de la conversión del corazón. Y se nos hace llamada y tarea cotidiana, para poder asumir el servicio fraterno, sabiéndonos agraciados por la compasión de Dios. Este amor liberador, que enseña, cura y hace entrar en su intimidad, ha sido ya revelado en Jesucristo. El evangelio de Jesucristo es Buena Noticia para todos; en especial, para los más necesitados. Son ya inminentes, como sabéis, fechas significativas: las de “Manos Unidas” en su campaña anual contra el hambre en el mundo; y la Jornada Mundial del Enfermo, en la fiesta de la Virgen de Lourdes el próximo sábado día once. No hace falta ahora que os diga nada más sobre todo ello. Pero ¿qué haremos ante tanto ser humano herido, ante poblaciones hundidas en el hambre y la enfermedad, en el desamparo y el sufrimiento?
Se necesita gente con “los mismos sentimientos” de Jesucristo, hombres y mujeres que le sigan y comulguen con su querer y hacer, gente de Dios y para los demás. Como Pablo (cf. 2ª lect.), "se hacen todo a todos", no preguntan "cuál es la paga", se dan gratuitamente sin esperar recompensa. Así evangelizan, así proclaman, transmiten y hacen creíble la Buena Noticia del propio Jesucristo.
¡Qué bien si fuésemos gente que vive de Jesucristo, con Él y por Él!, comunidades que se saben del Padre y en las que todos se aman como hermanos. ¡Qué bien si celebrásemos con gozo y presentáramos la grandeza y la bondad de Dios! Pero, ya ahora, hermanas y amigos, ¿no es el Señor mismo quien nos recrea para la ofrenda y el compartir generoso? ¡Qué suerte la nuestra! Amados de Dios y por Él llamados, se nos da participar en la salvación del Señor y en la misión de su Iglesia, como servidores del Evangelio del Reino. Y, dejándonos educar y guiar por Cristo, vivimos el amor a Dios y a los hermanos. ¡Es gracia inmensa!, tesoro “escondido” y “revelado”. Riqueza insondable que se nos ofrece y que acogemos con asombro y gratitud. ¡Podemos vivir de Jesucristo y para Jesucristo!, “el mismo ayer, hoy y siempre”, “Camino, Verdad y Vida”. ¡Podemos vivir en Él!, “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”.
Atraídos por su palabra y encandilados por su amor, la fe se nos hará entrega apasionada y ardiente esperanza. Así se sigue al Señor, así se hace fraternidad universal, así se construye en el mundo la familia de los hijos de Dios. Ojalá esta significativa jornada, conmemorativa en gratitud de “milagrosa bendición”, ayude a compartir mejor cuanto somos y tenemos, con los de cerca y los de lejos. Estamos llamados todos a hacer, aunque pequeñas, muchas cosas buenas. En nuestra corta existencia en la tierra, es ya don y santo gozo vivirlo todo con amor, con humildad y gratitud, en actitud de adoración y servicio. Hagamos, sí, lo que Dios quiere, lo que querríamos también que otros hicieran con nosotros.
Hermanas y amigos: nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida; el Señor sostiene a los humildes,… venda sus heridas, a cada uno lo llama por su nombre” (cf. salmo resp.). Sí, “alabad al Señor que sana los corazones destrozados”. Entregados al Señor, muchos otros hermanos, igualmente, actualizan por el mundo la misma presencia orante, la proclamación y la alabanza, el amor concreto y liberador. Jesucristo nos ha manifestado que Dios es Amor compasivo y fiel. ¡Bendito sea! Y la Iglesia que sirve con amor lo muestra presente y salvador. ¡Sea también bienamada!
Pidamos, pues, al Señor la gracia de convivir siempre con Él. Que apreciemos, cada vez mejor, la sabiduría de su Evangelio, su bondad y hermosura. Pidamos al Señor la gracia de ser personas y comunidades que viven, oran y sirven “en Cristo”; que acogen y alivian a los que sufren; que enseñan y ayudan a otros muchos hermanos a vivir con dignidad, en libertad y con amor. Renovemos disponibilidad y esperanza. Como familia de Dios, se nos llama a vivir de lo esencial: a amar como Jesús nos amó, y a recibir y trabajar el don de la fraternidad, que nace, se alimenta y se perfecciona en la Eucaristía, “el sacramento de nuestra fe”.
Sensibles a tanto amor, demos gracias. Gracias particularmente a ti, Aurora Burgui, nueva Asociada laica de la Sagrada Familia. Gracias también a todos, a cada hermana y a cada hermano, miembros de la misma “Familia de Pedro Bienvenido Noailles”. Con toda la Iglesia, pidamos “vivir tan unidos a Cristo que fructifiquemos con gozo” para la salvación de todos (cf. orac. postcom.). Porque el Dios y Padre nuestro quiere que todos participemos plenamente “de un mismo pan y de un mismo cáliz”. Sí, aquí y ahora, celebramos con fe el misterio pascual del Señor, la más perfecta Acción de Gracias. ¡Feliz Domingo! Amén.