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4 de diciembre de 2011

Domingo 2º Adviento

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

“¡Preparadle el camino al Señor!”. Lo pide la Iglesia hoy, y antes lo hicieron Isaías y Juan el Bautista. Todos avivando la esperanza y llamando a conversión. Porque el Señor está cerca. El pueblo sufría y clamaba y su Dios, conmovido, suscitaría gente que proporcionó aliento y consuelo: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios.” (cf. 1ª lect.).
Hermanas y amigos: se acaba el tiempo de la desgracia. Con alegría, hay que preparar el corazón porque viene el Señor. El heraldo de Jerusalén lo anunció: “Aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor llega con fuerza...”, poniendo corazón y vida, con inmensa ternura, “como un pastor lleva en brazos los corderos, cuida de las madres” (cf. 1ª lect.).
¿Cómo resuena hoy la Palabra de Dios? ¿Qué ecos encuentra en tu corazón? No vivimos aquí la angustia de la deportación ni sufrimos, al parecer, el yugo despótico de nada ni de nadie. Cierto es que no nos faltan problemas, personales y sociales. Más aún, tenemos la certeza de que en España y en el mundo van haciéndose más graves y más extensos. Y nos preocupan. Todos estamos “globalizados”. Somos convecinos de una “aldea global”, muy frágil aún, a pesar de no pocos progresos y triunfos en casi todos los campos. Gracias a Dios, sí, nos sabemos indigentes y queremos hacer nuestro el clamor del salmista: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (sal. resp.)
Adviento es, ante todo, tiempo para resituar mejor la esperanza en el Señor. El que ya vino en la humildad de nuestra carne es el “que vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Por eso, se nos decía: “No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan…” (2ª lect.)
Se trata, sí, de clara exhortación a la fortaleza. ¿Cómo, si no, entender cuanto sigue?: “Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”... “Esperad y apresurad la venida del Señor…; por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables”. Ciertamente, se trata de un esperar muy original, creativo e innovador. Adviento es tiempo también para prepararnos a la fiesta de Navidad. Todo el Antiguo Testamento culminaría en ella y el mismo Bautista vivió para darlo a conocer: “Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.” (cf. ev.). Y todos nosotros, a Dios gracias, podemos asumir ahora la convicción del salmo: “y todos verán la salvación del Señor” (cf. versículo del aleluya). Sí, “voy a escuchar lo que dice el Señor: ‘Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos’. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra” (sal. resp.).
Queridas hermanas y amigos: era anuncio de gracia en el AT, pero la gran novedad estaba por llegar. Lo dice san Marcos: “Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Había sido intuido por Juan el Bautista, “el mayor de los profetas” de la Antigua Alianza. Era la voz que gritaba en el desierto: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.” El Precursor daba paso al Mesías y se retiraba de la escena: “puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias…; él os bautizará con Espíritu Santo.” (cf. ev.)
Libertad y justicia, verdad y perdón, salud, bienestar, amor y paz es lo que todos precisamos y anhelamos. Dios sigue con nosotros, y nos ofrece su presencia y su palabra de consuelo y aliento, de comprensión y fortaleza. Más aún, nos ama tanto que se ha hecho uno de nosotros para salvarnos a todos. Sí, lo confesamos con asombro agradecido: Sólo él puede responder a nuestros más hondos interrogantes. Sólo en él encontraremos paz auténtica y fortaleza para vivir como hermanos; el amor que precisamos para amar como él nos ama. “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (sal. resp.)
Y, ante nuestras incesantes súplicas, seguirá resonando la llamada a una vida mejor: “¡Preparadle el camino al Señor!” No podemos, pues, quedarnos de brazos cruzados. Celebrar y gustar la presencia y la acción de Dios en nuestras vidas es siempre gracia suya y no mérito nuestro. Pero nos pide fomentar en toda ocasión actitudes favorables. A la invitación de la gracia de Dios tenemos que responder, día a día, libre y amorosamente. En Jesús, el Hijo de Dios y nuestro Hermano, se nos revela y entrega toda la ternura del Dios creador y redentor. La Iglesia y la sociedad, hoy como ayer y mañana, tiene necesidad de su compasión liberadora. Por ello, seguiremos suplicando: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.
¡Preparadle el camino al Señor; allanad sus senderos! … Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. El Espíritu es bendición y consuelo. Necesitamos que nos bendiga y nos consuele. Que nos bendiga tanto que rebosemos bendición. Que nos consuele tanto que podamos consolar a los demás. Transmitir bendición con la mirada, con la palabra, con el gesto. Ser bendición y consuelo. Como Jesús. “¡Por él, con él y en él!” Hermanas y amigos, deseemos ardientemente, orando sin cesar, que su santo Espíritu nos haga vivirlo, saborearlo, celebrarlo y proclamarlo.