27 de noviembre de 2011

Domingo 1º Adviento

Domingo 1º Adviento 27-11-2011
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

En Adviento nuevo queremos recibir fuerte descarga de esperanza. Para vivir mejor la Buena Noticia de Jesucristo. El Señor está cerca, aunque no lo veamos. No sabemos cuándo vendrá pero, imprevisible, es siempre fiel y revelará la plenitud de su gloria. Hoy se nos apremia al amor activo y a esperar al único que puede colmar la vida de todos.
El profeta Isaías (cf. 1ª lect.) supo interpretar las señales. En el s. VI a.C. los babilonios habían conquistado Jerusalén. La ciudad y el templo quedaron en ruinas; los campos, desiertos; las familias, destrozadas; miles de muertos, muchos desterrados y cautivos... Se alzaban lamentos y quejas en oración: “Tú, Señor, eres nuestro Padre, nuestro Redentor. Vuélvete, por amor a tus siervos. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! Nosotros, la arcilla; y tú, el alfarero: todos somos obra de tu mano. Mira que somos tu pueblo”. ¡Sí, hubo gracia del Dios vivo y volvió a surgir la vida!
En nuestros días muchos viven sin saber a qué atenerse; desorientados por tantas cosas, ya ni siquiera preguntan qué merece la pena. En contextos diversos, distraídos y angustiados por dramas y vacíos, la esperanza viva es como un milagro diario. También lo es la solidaridad y la gratuidad y el cantar a la vida, a pesar de los pesares. ¿Quién impulsa aún la sincera búsqueda, secreta o expresa, de una libertad verdadera y de una mayor justicia social? ¿No será el mismo Dios? Sí, Él es quien aviva el ansia de paz y de fraternidad. Podemos decir que la esperanza renacida tiene sus raíces en esa profunda añoranza de Dios. Porque Él nos creó “a su imagen y semejanza”, capaces de amor infinito… Podemos invocarlo con el salmista: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.
Gracias al querer y obrar de Dios, todo este mundo no es un caos. El curso de la humanidad y nuestra existencia en ella es real peregrinación que cuenta con salida y meta, y con señales orientadoras para el común y esforzado caminar. La bondad de Dios está en el origen y al final. También lo está, aunque no resulte evidente, en el hoy de esta creación y en el camino de cada uno. Incluso está en lo más íntimo de nosotros mismos… Por ello, ¡podemos esperar!
Sí, Cristo vive entre nosotros y hace posible que todo –digo: todo, todo- se convierta en ocasión de gracia y de encuentro, de misericordia y de abrazo liberador. “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. Vivir el Adviento es tener valor para aventurarse con más audacia por el camino de la fe, de la esperanza y del amor. Se trata de ir, agraciados en Jesucristo, hacia la casa de Dios, la casa de la vida eterna y de la fraternidad universal.
Alegrémonos, pues, con el principal mensaje del Adviento. En verdad, no son pocos los que aguardan al Señor y sirven a los hermanos. Creen que el Reino de Dios les pertenece y lo esperan apasionadamente dando y recibiendo. Escuchan la Palabra de Dios y se enardecen. Desde su concreta posición, fieles a la vocación recibida, acogen y celebran el Reino de Dios ya presente, lo proclaman y sirven. A la vez, fortalecidos en el amor, lo saben esperar velando en oración y amando a los hermanos. Conocen el sufrimiento, pero experimentan que el Señor está con ellos, y confían en que Él cumplirá sus promesas y llevará a plenitud lo que ya ha comenzado. Como todos, necesitan la fuerza de lo alto, el Espíritu que hace gemir a la creación entera en la esperanza de “la gran liberación”… “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.
Queridas hermanas y amigos: “Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo Jesucristo. ¡Y él es fiel!” (2ªlect.). Por el Espíritu derramado en nuestros corazones, clamamos con toda la Iglesia:
¡Ven, Señor Jesús! Ven, del modo que tú sabes, a todo lugar donde hay injusticia y violencia; ven a los campos de refugiados y hambrientos en tantos sitios del mundo… Ven también a los corazones de quienes te han olvidado y de los que viven sólo para sí mismos. Ven donde aún eres el gran desconocido. Ven, a tu modo, y renueva este mundo... Ven y renueva nuestra vida. Que, al acogerte con gozo, nosotros mismos podamos ser, por tu gracia, ‘luz y sal’ de la tierra, testimonio fiel de tu presencia salvadora. ¡Ven, Señor Jesús!
Que la Virgen María, Madre de Jesucristo y Madre nuestra, nos enseñe y ayude. Con Ella y como Ella, acojamos el amor y la llamada de Dios. Todo se nos da al celebrar la Eucaristía, la Pascua liberadora, fuente de vida y de paz. Realmente Jesucristo es la salvación y la única esperanza digna de fe, la esperanza viva que alimenta y purifica todas las nuestras. Hermanas y amigos: ¡Dichoso Adviento en este difícil 2011!