25 de septiembre de 2011

Domingo 25

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
AMOR-ESCUCHA-OBEDIENCIA-SERVICIO-AMOR
¡Cómo nos cuesta convertirnos al amor! No asumimos los sentimientos y actitudes de Jesús. Con el salmo suplicamos al Señor que nos instruya para caminar con lealtad. Apoyados en la Palabra de Dios, queremos renovar la fe en Jesucristo, el Hijo y Siervo fiel, Resucitado y Señor de la vida. Queremos amarlo y seguirlo, día a día, en el servicio a los hermanos.
La parábola de los hijos (cf. ev.) presenta fuerte contraste. Los ayer llamados respondieron de distinto modo. Jesús experimentó el dolor del rechazo: muchos no le aceptaron, no dieron crédito ni a sus palabras ni a sus obras. Se acercaba a los últimos, comía con los pecadores y se dejaba besar por ellos, tocaba a los leprosos y buscaba salvar lo perdido. Jesús siempre resulta sorprendente y provocador. Y advierte: “os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”.
Queridas hermanas y amigos: ¿Extrañamos que, también hoy, se den conductas similares a las de aquellos dos hijos? Ante Dios que manifiesta especialmente su poder con el perdón y la misericordia (cf. or. colecta), ¿quién dirá que “no es justo” su proceder? (cf. 1ª lect.). Ante el Dios-Salvador cuya ternura es eterna, ¿quién reclamará? Ante el Señor cuya bondad justifica, enseña y guía a los pecadores, (cf. salmo respons.), ¿quién no volverá a su amor?, ¿cómo no anhelar conversión personal y comunitaria?
Gentes a quienes el mundo tiene en baja estima, gentes despreciadas por los hombres, son justificadas por Dios. En la Iglesia, “familia de Dios” y “sacramento de salvación”, nadie es extranjero. Donde se vive el sentido de parroquia, de comunidad cristiana, se vive la fraternidad y desaparecen las injustas diferencias. En quienes “somos Iglesia” tiene que poder más la apuesta por cuanto supone que somos criaturas de Dios, “su imagen y semejanza”, “hijos en el Hijo Amado”. Él ya nos ha indicado las señales para el seguimiento fiel: ¡que vivamos con libertad y verdad, en justicia y amor!
¿Habéis captado el apasionado afecto de Pablo?: “si queréis… aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y con un mismo sentir…; dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás, no os encerréis en vuestros intereses…; tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús” (cf. 2ª lect.).
Para apoyar la hermosura y grandeza de una vida semejante, el Apóstol trae a la memoria un dato excepcional: lo que es e hizo Jesús; lo que el Padre ha hecho con Él. Eso tiene valor eterno y alcance universal. Sí, todo nuestro sentir, pensar y obrar debería brotar siempre de la fuente de la Vida, Jesucristo, de nuestra fe en Él, Hijo de Dios hecho Hombre, el único Salvador.
Todos podemos gustar el amor que Dios nos tiene y nos ha manifestado dándonos al propio Hijo. Todos podemos avanzar en la vida de fe, esperanza y caridad. Ante las necesidades de los hermanos, en los que Dios nos llama, ¿queremos ser de los hijos con los que el Padre puede contar cada día?, ¿trabajaremos respondiendo a la llamada que se nos hace, hasta cumplir el encargo? Somos miembros del Pueblo de Dios. En el Bautismo -otros lo hicieron por nosotros- dimos el “sí” a Cristo. Ya conscientes, hemos renovado la afirmativa respuesta en momentos clave de la vida. Pero no podemos “vivir de las rentas”. Lo advertía el profeta Ezequiel (cf. 1ª lect.) exhortándonos a comprometer seriamente, de forma siempre renovada, nuestra personal libertad.
El “Amo de la viña” nos llama a amar y a escuchar, a orar y a servir. Aunque nos fallen las fuerzas, se nos pide levantar el corazón y renovar el afán y los trabajos para que el Reino de la libertad y la justicia, del amor y la paz, sea para todos una concreta realidad. La respuesta de los hijos, la que Dios quiere por nuestro propio bien, es que miremos con fe a Jesús, que le escuchemos y pongamos en práctica su mandamiento. Sí, el Padre quiere que estemos con Jesucristo, su Hijo, que sigamos sus caminos, que nos volvamos sin cesar a su Santa Cruz, que vivamos en coherencia con la contemplación agradecida de su muerte y de su triunfo “por todos”.
Nos irá bien porque, de hecho, su misterio pascual es la fuente, la senda y la meta de nuestra personal y comunitaria vocación. ¡Sólo Él, nuestra esperanza; sólo Él, la salvación! Aprendamos, pues, a obedecer y servir, siempre mejor, al Dios y Padre de Jesús, nuestro Padre. Seamos fieles seguidores de Jesucristo. Pidamos el amor y fortaleza del mismo Espíritu Santo y podremos vivir como cristianos. En comunión con toda la Iglesia, celebrando la Eucaristía.