4 de septiembre de 2011

Domingo 23

4-9-2011
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Ramón Sánchez-Lumbier

Las lecturas del profeta Ezequiel y del Evangelio son hoy apremiante invitación a corregirnos. Si no empezamos por nosotros mismos, ¿cómo pretender ayudar a otros en este común objetivo? De poco servirán las exigencias formuladas desde fuera y sin amor. La Biblia supone una radical novedad y es también llamada para vivir de modo muy original.
“A nadie debáis nada, sino amor”, escribe san Pablo (cf. 2ª lect.). La deuda del amor debería ser la razón de ser y la explicación última de nuestro actuar. Todos los preceptos divinos son buenos para la convivencia porque proporcionan luz y fortaleza auténticas. Sí, ellos son gracia para nosotros y para todos. Vivirlos requiere actitud humilde y ferviente gratitud. La deuda de amor para con el prójimo la tenemos, ante todo, porque Dios nos amó primero.

Está claro: hemos de velar por el bien de los que nos rodean, preocuparnos por cuanto les atañe. Jesús, Supremo Maestro, nos exhorta a la comprensión, al diálogo, a la corrección fraterna, al perdón mutuo. Jesús nos pide sincera reconciliación. Hechos para amar, para convivir solidariamente, para llegar a ser hermanos, ¿cómo conseguirlo? ¿Acaso tenemos derecho a inmiscuirnos en vida ajena? Todos somos pecadores.

Las cosas no se arreglan solas. Es verdad que cuesta formar comunidades cristianas y vivir en ellas de fe, esperanza y amor. Expresiones como “esto no hay quien lo cambie” y otras reacciones parecidas hacen daño. Es cierto también que se extiende la idea de que la fe es mero asunto íntimo de cada uno sin repercusión alguna en la vida social. Y que muchos bautizados prefieren seguir “a su aire”, desconectados de la comunidad eclesial.

Sin embargo, Dios nos ha llamado desde antiguo para ser miembros vivos y corresponsables de un pueblo santo. A él fuimos incorporados por los sacramentos de la iniciación cristiana y en él crecemos y maduramos por la educación, celebración y vivencia de la fe. Alimentamos y desarrollamos nuestra vocación y misión participando en la vida de la Iglesia.

Sí, pidamos hoy, queridas hermanas y amigos, que esta nuestra Iglesia sea más santa, que parroquias, instituciones, comunidades, movimientos, pastores, religiosas/os y seglares vivamos más conformes con la voluntad del Señor Jesús. Cierto es que toda comunidad, aunque siga mejorando, nunca terminará por ofrecer en este mundo su mayor belleza, la nota más alta, la santidad plena. Porque “la Jerusalén perfecta”, engalanada como una esposa para su esposo, viene “de arriba”.

Estamos llamados a vivir de esperanza, pero trabajando en el mundo. Hemos de poner nuestro mejor empeño en manifestar, con vida y palabras, el amor de Dios, dedicados por entero a su servicio. Sí, todo ello y siempre, con profundo respeto a cada persona, con propuestas bienhechoras y denunciando cuanto se oponga al reconocimiento y promoción de la dignidad humana. También alentando y acogiendo lo bueno, lo hermoso, lo verdadero, lo justo, todos los valores, estén donde estén y vengan de donde vengan.

Esta Eucaristía puede impulsar nuestra marcha por los caminos del Evangelio, como comunidad que cree en Jesucristo y le sigue. Estamos llamados a ejercer, con sabiduría y prudencia, la corrección fraterna en el seno de la propia familia eclesial. Así iremos dándole el esplendor requerido. ¡Qué difícil resulta!, ¿verdad? Pero nos lo pide el Señor, presente entre nosotros. Él nos irá preparando para hacerlo como conviene. Con la Iglesia y gracias a ella, vivamos la dicha de creer en Él.