10 de julio de 2011

Domingo 15º A

10-7-2011
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

En domingo los cristianos celebramos la Pascua del Señor, el triunfo de la humanidad redimida del pecado, la victoria de la vida sobre la muerte, la belleza de la nueva creación. Viviendo la Eucaristía, nos adentramos en el misterio de Dios y nos encontramos a nosotros mismos. Os animo a interiorizar, con la ayuda del Espíritu, la magistral enseñanza de Jesucristo.
Palabra eterna de Dios, se hace carne, viene a los suyos, empapa la tierra, cumple el encargo, es eficaz. Y lo descrito por el profeta (cf. 1ª lect.) se concreta diariamente en la vida de mucha gente de buen corazón. Los profetas del AT habían anunciado el Reino de Dios, pero no llegaron a comprender toda su maravillosa realidad. Habría que esperar el cumplimiento de la Promesa.

La vida pública de Jesús se inicia con el anuncio de que está cerca el Reino de Dios. Y este Reino tiene que crecer en cada uno de nosotros, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en la sociedad. Jesús lo aclara: el Reino de Dios, aquí en la tierra, no es otra cosa que su misma vida y acción santificadora. Aceptarle a Él, seguirle, dejarse contagiar por su Espíritu, es colaborar en el Reinado de Dios, ya entre nosotros.

Sí, la enseñanza es del Maestro (cf. ev.): la semilla de Dios es idéntica, siempre válida y eficaz; la vida divina es el mejor regalo, el más precioso tesoro. Pero ¡qué distinto es el fruto! ¿Por qué será? Sabe el Señor que, hoy como ayer, habrá gente que no quiera oír ni entender. Su querer y mandatos encuentran en los corazones eco diverso y hasta opuesto. Para unos, serán gozo y paz, armonía interior y fortaleza invencible. Para otros, cosquilleo molesto, acoso amenazador, cuando no desfasado anuncio y sin valor alguno.

No nos toca juzgar ni condenar. Mas tenemos inteligencia y sentimientos, derecho a opinar sobre cuanto afecta a la convivencia humana. Más aún, con verdad y amor, debemos denunciar el mal y promover el bien. Ahora y en toda ocasión. Miremos también dentro de nosotros mismos.



Preguntamos: ¿de quién es la tierra a la que va el sembrador?, ¿pueden las gentes prepararse para acoger la siembra de la Palabra de Dios? Un mundo autónomo, orgulloso de sí y dispuesto a regularlo todo desde el poder, se quiere mostrar seductor e imperativo, pero a menudo es despilfarrador, ladrón de intimidades, capaz de engatusar a incautos con ídolos de cualquier clase. Puede este mundo adulterar y anular la sensibilidad para valorar adecuadamente lo que constituye el bien común. Son muchos los que han llegado a creer que el único sembrador del hombre es el propio hombre, que no necesitamos a Dios, que no existe, que fue y sigue siendo un engaño.

Sin embargo, Jesús sigue ofreciéndose a todos. Él se nos presenta como la verdadera felicidad para el ser humano. Propone mil ejemplos para animarnos y hacernos ver la importancia de nuestra libertad. Esparce en su Iglesia y en el mundo semillas de vida. Se ha metido en los surcos de la historia y la ha hecho fértil, con fecundidad de vida eterna. El poder de Dios sigue actuando. Sí, es justo y necesario ver lo bello y lo bueno, lo verdadero, cuanto de positivo existe y crece en el campo de nuestro vivir personal y comunitario.

Por la fe en Jesucristo, percibimos la riqueza del Reino de Dios, reino que no es de este mundo, pero que ya ha comenzado, reino y fiesta que no tendrán fin. Y debemos seguir esperando su plenitud. Podemos hacerlo orando y aportando nuestra colaboración. Las fatigas de ahora no tienen parangón con la gloria que un día se nos descubrirá. La creación entera aguarda, aun sin saberlo, la plena manifestación de los hijos de Dios (cf. 2ª lect.).

Mientras, se hacen necesarios los trabajos de la fe y reconocer sus frutos, en ambientes donde hombres y mujeres, de toda edad y condición, puedan dar el treinta, sesenta o el ciento por uno. Todavía habrá muchos gemidos, aún son precisos los trabajos de la evangelización, que implicarán también asumir cruces, dolores y quebrantos, hasta que llegue “la hora de ser hijos de Dios” en plenitud. Si lo olvidamos, si nos comportamos como seres superficiales y arrogantes, la creación entera padecerá las consecuencias de tanto pecado y error.

La Buena Noticia del Reino de Dios se nos proclama y actualiza en la Eucaristía. Aquí y ahora estamos invitados a vivir “la fiesta universal”. Es la fiesta de la salvación que compartimos con gozo, entre tantos claroscuros y contradicciones de nuestras “fiestas populares”. Dichosos vosotros, felices todos, porque Jesucristo, hoy como ayer y como siempre, es para nosotros la Verdad y la Vida, fuente de paz y de santidad. Así se ofrece también al mundo. Con toda la Iglesia, demos gracias a Dios.