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3 de julio de 2011

Domingo 14º Día del Papa

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

En los próximos tres días la ciudad de Pamplona se pondrá de fiesta para celebrar los “sanfermines”. Aquí y con toda la Iglesia, en la oración de este domingo, pedíamos al Padre verdadera alegría y poder disfrutar con los gozos del cielo, gracias a la humillación y al triunfo de Jesucristo. ¡Gracias, sí, a Dios por la Pascua que celebramos! Sabemos que las aspiraciones humanas más nobles, lo sepan o no, conectan con esa súplica. ¡Esto sí que es “fiesta universal”!
Las lecturas iban en la misma dirección: “Alégrate, hija de Sión”, exhortaba el profeta Zacarías anunciando al Mesías que entraría, sobre pollino, en su ciudad. Pensando en ese Jesús hacíamos nuestra la convicción del salmista: “El Señor es clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas”. El mismo Jesús (cf. ev.) se muestra, ante el Padre, feliz y agradecido, y nos llama a todos a descansar y gozar en su presencia.

¿De qué contento nos habla el Señor?, ¿de dónde brota su alegría?, ¿cómo compartir y experimentar su misma dicha? Jesús se alegra porque el Padre Dios se manifiesta a los sencillos. Por lo general, “los sabios y entendidos de este mundo”, según el sentido bíblico, cerrados en sí mismos, autosuficientes y soberbios, ponen mil obstáculos a la comunión de amor que Dios quiere para todos. Pero la cercanía y fidelidad de Dios, su amor y su verdad, la acogen ciertamente “los sencillos de corazón”.

Sí, “la fuerza del cristianismo se encuentra en la debilidad. El sueño de una cristiandad organizada desde los puestos de mando se desvanece en cuanto se abre con honradez el Antiguo y el Nuevo Testamento. El rey que viene no se apoya en el poder ni en las armas. Dicta la paz y la justicia desde la humildad de un borrico (cf. 1ª lect.). Descubre la verdadera sabiduría no a los que creen sabérselas todas, sino a los únicos capaces de captarla: los sencillos, los libres para escuchar y admirarse (cf. ev.). La Vida no se adentra en la carne autosuficiente, sino en el espíritu abierto (cf. 2ª lect.)”

¿Y nosotros?..., ¿cantamos la maravilla de este proceder de Dios?, ¿nos movemos por sus caminos?, ¿facilitamos el encuentro de los hermanos con el Señor? ¿Comenzamos por confiar en Jesús, “manso y humilde de corazón”? ¿Creemos que el Padre lo ha puesto todo en sus manos? ¿Vemos a Jesús viviendo para el Padre y alegrándose con su amor y su querer? Porque Jesús ha venido para dar su vida por los hermanos. Y se alegra con inmenso júbilo al rezar y cumplir su misión: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra..., sí, así te ha parecido mejor”. Vemos cómo, en su misma oración de Hijo, Jesús nos descubre la fuente de su alegría, el manantial del gozo sin fin.

En la oración de Jesús aprendemos a ser nosotros mismos alabanza y acción de gracias: brotan del corazón cuando somos capaces de mirar la vida en positivo; cuando descubrimos, a pesar de todo, lo bueno de las personas y su verdad; también, la variedad y hermosura de la creación. A todos nosotros, la oración, entre otros dones, nos libera de la inquietud y el desasosiego causados por una exagerada dependencia de las cosas, de los programas, de las meras expectativas humanas, de nosotros mismos.

Jesús podía escudriñar y valorar el interior de la gente que le rodeaba. Limitaciones, lejanía y pecado no le impedían percibir la sed de felicidad radical que afloraba en todos los humildes y sencillos. De alguna manera, éstos lo intuían y, por eso, acudían a Él. Hoy Jesús nos invita: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”. ¿Nos sentiremos aludidos?, ¿creerás, hermana/o, que el Señor te habla así a ti en tu actual situación? Sí, estamos agobiados y cansados por muchas cosas, pero podemos alcanzar el descanso que Jesús ofrece. Reconocemos, por qué no, la resistente obstinación a tanta gracia que, en los demás como en nosotros mismos, procede del egoísmo y es precisamente la esencia del pecado.

Sin embargo, podemos ser liberados de todo mal. Él, sólo Él, nos dará la Vida. Jesús resucitado nos comunica el Don por excelencia, su Espíritu Santo. ¿Por qué no confiarnos al Espíritu del Padre y del Hijo? Es el Amor, es el Gozo, es la Paz. Sana nuestra mente y nuestra libertad, nos hace capaces de superar el mal y hacer obras buenas. Ya ha comenzado en nosotros su obra de santidad que nos hace entrever la belleza más querida. Ya comenzamos, por su amor, a degustar en este mundo la felicidad de la vida celestial. ¡Demos gracias a Dios!

Proclamemos juntos la fe de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Y oremos por el Papa, en este su día, domingo inmediatamente posterior a la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. Oremos también por “los pamplonicas” y por cuantos se acerquen a “los Sanfermines”. Y por las gentes que, de cualquier clase y nación, trabajan, se fatigan y siguen buscando, aun sin saberlo, lo que no puede dar ninguna fiesta popular ni los mejores proyectos y realizaciones humanas. Que conozcan y amen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Sólo Él es la Vida; sólo Él, la Verdad, el Amor y la Paz.