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3 de abril de 2011

Domingo 4º Cuaresma

Monasterio Sagrada Familia. Oteiza de Berrioplano
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

Ya está muy cerca la Pascua. En medio de las tinieblas, se anuncia la luz. Al Bautismo lo llamaban “iluminación”. ¿Creemos hoy que bautizarse en la Pascua de Cristo es nacer a la Luz?
Nuestra fe ¿trasciende de hecho la percepción de los sentidos y los varios argumentos de la razón? Estamos celebrando la Eucaristía, “el sacramento de nuestra fe”.

Sólo a la luz del Dios, que se nos revela y da plenamente en su propio Hijo Jesucristo, sólo con los ojos de la fe fijos en Él, podremos ver todo y encararlo de forma nueva y con acierto. San Pablo decía: “en otro tiempo erais tinieblas” (cf. 2ª lect.). “La persona espiritualmente cegata no puede apreciar la belleza del Padre, ni de Jesucristo, ni de María; no puede apreciar la belleza de la amistad, la hermosa ribera del más allá, el proyecto de Dios para sus hijos, el valor de lo cotidiano, vivido desde el amor. Una carencia notable de visión espiritual impide la verdadera felicidad y la fecundidad de la vida.” (Atilano Aláiz).

Cuando vivimos al margen de Dios, podemos ser desazón y sin sentido; por el contrario, si buscamos y queremos hacer su voluntad, si nos dejamos guiar por su Espíritu, si vivimos como bautizados, seremos “hijos de la luz” y, a su vez, “luz en el Señor”. Sabemos, ciertamente, de fatigas y alegrías. Pero, tal como somos, tendemos a Dios, Padre de la vida y de misericordia. No se puede ocultar ni detener el dinamismo del verdadero cristiano: “cuanto más lo conozco, más se convierte en el siempre buscado”. “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?”.

La eucaristía, máxima actualización sacramental de la salvación de Dios ofrecida en Cristo, es misterio de luz, de comunión y de misión. A ella hemos sido invitados. ¿Escuchamos la voz del Señor? ¿Queremos ver y palpar la presencia del Amado? ¿Acogemos su entrega? ¿Disfrutamos con su trato? ¡Saldremos mejor!

Dios no se fija en las apariencias; suele elegir lo pequeño, lo que no cuenta (cf. 1ª lect.) para mostrar sus planes y caminos. Completando la enseñanza bíblica de hoy, escuchábamos el bello relato sobre la curación del ciego de nacimiento. Drama personal en el que, desde la tiniebla, se anhela la luz. La narración se hace catequesis, iluminación en el camino de la vida y de la fe. Al final, el ciego curado se convertirá en trofeo creyente y testigo del triunfo de la luz.

Detengámonos un poco para atender mejor a lo que hace Jesús: ve al ciego, se le acerca como buen samaritano y manifiesta en él “las obras de Dios”. Jesús había sido enviado para ofrecer a todos la vida eterna. ¡Cómo le duele la gente obstinada!, la gente que, a pesar de lo que está viendo y oyendo, no quiere aceptarle como “Luz del mundo”. Le duele al Señor que no acabemos de confiar en Él, que no nos dejemos purificar e iluminar completamente por su Persona y Evangelio, que nos resistamos todavía para entregarnos de lleno a su abrazo. Por contra, ahí está la sencilla y tenaz docilidad del ciego: se sabe ciego, acepta su pobreza y confía en Jesús; hará lo que le diga, se dejará “tocar” por Jesús e irá adelante, digan lo que digan otros. Su transformación está en marcha. Atiende a Jesús y, dispuesto a todo, espera ver cada vez mejor.
Escribe el Papa en su Mensaje para esta cuaresma: “El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
¿Podremos hacer nuestra la súplica?: Señor, aún somos un tanto miopes. Conocemos tu nombre, venimos a tu mesa, celebramos los santos misterios, pero aún “no vemos bien” en nuestros días y en nuestras noches. ¡Jesús, nos haces falta! Tú ves al Padre y a los hermanos en toda su verdad. ¡Señor, nos haces falta Tú! Sólo a Ti se te ocurre plantarte ante nuestro vivir desorientado para hacernos ver que nos amas hasta morir. Te has entregado a la muerte, y una muerte de cruz, por nosotros y por todos. Sólo Tú puedes decir que, si nos amamos de verdad, te veremos bien. Que ahora, pues, cada uno de nosotros pueda escuchar tu voz: “soy Yo, el que habla contigo”. Sí, tú, nuestro Amigo y Hermano, el Salvador del mundo. ¿Cómo no renovar la confiada declaración de amor?: “El Señor es mi Pastor, nada me falta…; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… (cf. salmo responsorial).

Queridas hermanas y amigos: ser luz en el Señor es vocación y tarea para todo bautizado. Estar hoy con Jesús es vivir de la fe. Esta fe en Jesucristo no impide aceptar y gozarse con los conocimientos filosóficos y científicos. Esta fe en el Señor no prohíbe ejercer la libertad personal, sino que la promueve, clarifica y potencia. Esta fe en Jesucristo nos lleva a contar necesariamente con la experiencia cotidiana de la vida, con las cruces propias, con el dolor ajeno, con las esperanzas y alegrías de toda la humanidad. Todo ello adquiere horizontes nuevos y renovadas energías en cuantas personas compartimos la dicha de creer en el Señor con la fe apostólica.

La auténtica fe en Jesucristo, sí, es sobredosis de luz que aclara y da pleno sentido a la realidad, que nos hace ver y tratar todo según el querer amoroso del mismo Dios. ¡Démosle gracias! Al igual que aquel bendito ciego, que se quedó solo ante Jesús y se atrevió a confesarlo frente a enemigos que le hostigaban, renovemos ahora nuestra fe en el Señor. Pidámosle también la audacia y el gozo de su santo Espíritu para poder vivir cada día como “hijos de la luz” y testigos del Evangelio.