23 de diciembre de 2009

A la salud de los Reyes Magos

Por José Mª R. Olaizola s.j.

Ya basta! Pero, ¿de dónde se ha caído un gigante rojo bonachón y con barbas que supuestamente nos deleita las navidades? De un trineo volador conducido por un cursi reno de nariz colorada… Ah, no…
Puestos a tener mitos y relatos navideños, quedémonos con los nuestros, los de toda la vida: Melchor, Gaspar y Baltasar. Estos sí que valen, y no un lapón panzudo que trabaja rodeado de elfos. Qué espanto. Recuperemos lo nuestro. Y para ello, propongo una serie de disposiciones de emergencia:
Uno. No cantar villancicos sobre un reno llamado Rudolph el de la nariz roja (ni siquiera para aprender inglés). Lo siento, sé que es muy radical y que nuestros hijos, sobrinos, hermanitos y demás lucen muy monos, como recién sacados de una película navideña de Jiliwood, pero hay que optar.
Dos. No adelantar los regalos al 24 de diciembre con la excusa de que es cuando aterriza el trineo. Todo el mundo sabe que vienen en camello y que hasta el 6 de enero no llegan. (y además los únicos trineos que vuelan son los que se despeñan) ¿Y el cuento de que así los niños disfrutan de los juguetes? Pero si toda la vida lo que uno disfrutaba de las navidades era precisamente la espera ansiosa de que llegase la noche de Reyes. ¿Qué tal esto de educar para esperar un poquito?
Tres. No a los renos. Sí a los camellos. ¿Joroba? Por supuesto, dos. (una si son dromedarios)
Cuatro. Nombres proscritos: San Nicolás, Santa claus, Papá Noel, y por encima de todos, el simple, familiar, cómplice: Santa (sin aditamentos). Por favor.
Cinco. Prohibido comprar y vestir gorros de pitufo rojos terminados en una borla blanca. Ni para cantar villancicos, ni para demostrar espíritu navideño, ni para despedidas de soltero, ni nada.
Seis. La proxima medida es muy dramática y requerirá bastante esfuerzo por parte de las familias. Precaución, no dejen a sus hijos, primos, etc. intoxicarse viendo telefilmes donde aparece una y otra vez un dulce abuelito que resulta ser Santa Claus. Hay dos alternativas para ese boicot: Cambiar de canal, a riesgo de encontrarse con los programas del corazón –donde por otra parte estarán los memos de siempre, pero con gorrito de pitufo colorado. En este caso el remedio es peor que la enfermedad. La otra posibilidad es ver la peli, pero dejar caer suficientes comentarios demoledores sobre lo absurdo del gigantón rojo (entiéndase bien que aquí no hablamos de ideologías), y sutiles alabanzas a Melchor, Gaspar y Baltasar.
Siete. No lleven a sus niños a sentarse en el regazo de Papá Noeles comerciales. Llévenlos a ver a los reyes magos o a sus emisarios (carteros reales), que visitan otros centros comerciales. (La presión sobre las empresas siempre es eficaz, pero sólo si conseguimos movilizar a suficientes familias)
Ocho. No poner en el hogar adornos papanoeleros. Ya bastante invasión tenemos con las bolas y el espumillón. Nosotros al nacimiento (con ovejitas, pastores, REYES MAGOS, estrella y demás, pero sin renos ni trineos ni nada más)
Nueve. Los reyes magos nos importan no por lo ricos que son y la cantidad de juguetes que tienen, sino porque fueron capaces de descubrir una forma distinta de mirar al mundo, y aprendieron a ver a un Dios oculto en un pesebre.
Diez. Difunde lo más posible esta u otras iniciativas.