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7 de mayo de 2012

De cristianos por el socialismo a cristianos por el budismo

Victor Codina
26 abril 2012

A pesar de la simplificación mediática y casi caricaturesca de esta contraposición, no resisto la tentación de desarrollarla brevemente en estos días de Pascua.
El movimiento de Cristianos por el socialismo (CPS) surgió en los años 70 en diversos lugares de Europa y América Latina. No era un partido político sino un foro de debate y diálogo entre cristianismo y socialismo, entre fe cristiana y marxismo.
Tanto la derecha política como la eclesiástica lo estigmatizó; debían reunirse en la clandestinidad y usar lugares falsos para despistar a sus perseguidores. Sin duda hubo riesgos y ambigüedades en algunos de sus militantes, pero recordamos los nombres de algunos de sus principales promotores, verdaderos modelos de fe y compromiso cristiano.
Han pasado los años, cayó el muro de Berlín, cayeron las Torres gemelas, en la Iglesia hemos pasado de la primavera conciliar al invierno eclesial. Estamos en otra galaxia: mayo del 68, la teología de la liberación, la opción por los pobres…suenan a muchos como objetos de anticuario. Los tiempos han cambiado y ahora muchos cristianos se abren a las religiones del Oriente y dialogan singularmente con el budismo: silencio, zen, iluminación, lucha contra los dragones interiores, distanciarse del deseo, revestirse de compasión, comunión cósmica…También aquí hay ilustres maestros y guías cristianos. Pero a diferencia de los CPS, ahora no es necesario ocultarse en la clandestinidad; hay sectores eclesiales que miran con buenos ojos esta vuelta a la interioridad, al silencio y a la contemplación, aunque algunos advierten de sus riesgos: subjetivismo narcisista, insensibilidad social, disolución de la historia y de la persona en el mar del Todo absoluto…
De esta contraposición solo deseo apuntar dos reflexiones. La primera es reconocer el dinamismo y la capacidad que posee la fe en Jesús para abrirse y dialogar con culturas, filosofías y religiones, lo cual es positivo siempre que se realice con el necesario discernimiento evangélico y comunitario.
La segunda es preguntarnos si hoy podemos desconectarnos tan fácil y alegremente del pasado, olvidando cuanto de positivo había en los CPS: solidaridad con los excluidos, sintonía con la tradición bíblica de la justicia para con el pobre, el huérfano y la viuda, con las opciones de Jesús de Nazaret, con la parábola del juicio final cuando seremos examinados sobre el amor. ¿Hemos de oponer silencio y compromiso social, mística y profecía, interioridad e historia, Oriente y Occidente, el Jesús que ora en el monte y el Jesús que expulsa a los mercaderes del templo? ¿No podríamos ver en las actuales ansias de espiritualidad una corrección y profundización positiva de los deseos de compromiso social de los años 70 que también tuvieron errores y ambigüedades? ¿La opción por la justicia nació siempre de una auténtica experiencia espiritual cristiana? ¿Pero hoy no sería necesario preguntarnos si el silencio interior nos lleva al seguimiento de Jesús y a su opción por el Reino de Dios?
En síntesis, los diversos espíritus y movimientos siempre se disciernen mirando a Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado: “Cuando sea elevado a lo alto, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12, 32).