1 de junio de 2013

Exaltación a la Eucaristía

El Congreso de Familia nos anima a mirar de un modo Nuevo e integrado la Palabra de Dios, la Eucaristía, los escritos de nuestro Fundador, el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas, el gemido del planeta…
Ante la fiesta del Corpus Cristie os invito a reflexionar con las palabras del Francisco José Fernández-Pro Ledesma.
Vídeo Youtube

(Extraído del XXVI Pregón de Exaltación a la Eucaristía, pronunciado en Écija, el pasado 26 de mayo de 2013)

La Eucaristía implica un acto de fe, pero si nos fijamos, todo nos conduce a lo mismo: no hay Fe sin obras; de nada nos sirve la Fe sin ellas… ¡y es tan grande lo que esa Fe nos promete y nos regala!, que no podemos perder la oportunidad de vivirla en su sentido más pleno, porque, aunque nos duela la boca diciendo: “Tengo Fe”, si no actuamos en consecuencia con lo que nos exige, siguiendo los designios de Cristo, no sólo no conseguiremos nada, sino que nuestra mentira nos dejará en evidencia, la incoherencia de nuestros actos será el testigo insobornable de nuestra derrota; y, a partir de ahí, será imposible que alguien nos crea;… incluso llegará un día, en el que la incongruencia de nuestros actos podrán servir como argumentos irrebatibles para todos los que proclaman la hipocresía de los creyentes.
Por eso es tan importante –para no seguir engañándonos- preguntarnos, con sinceridad, cuál es la fórmula, cómo podemos vivir esa Fe plenamente al lado de nuestro Dios… Y la cosa no tiene pérdida; Jesús nos señala el Camino sin lugar a dudas y nos reitera la obligación que tenemos de actuar, de no quedarnos en las palabras y en los golpes de pecho: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él… y, dice además: “No todo el que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21)
Llegar a Dios a través de la Vida, la Pasión y el Mensaje de su Hijo; llegar a Dios a través de Cristo: esa es la única forma. Pero, ¿dónde iremos a buscarlo?
En el Evangelio también hay dos pasajes en los que, rotundamente, sin margen al error, Jesús marca las coordenadas exactas de su Ser y de su Estar: su Yo Soy inapelable, lo que ES, el lugar exacto en el que se encuentra:
En el primero de ellos, Jesús dice: “... porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me alojasteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis” (Mt. 26, 35-36).
En el segundo, proclama: ““Este es mi Cuerpo… Esta es mi sangre,…” (Mt.26, 28)
Los dos Estados de Cristo, sus dos formas de presentarse, sus dos formas de ser, de sernos, de entregarse y de recibirnos.
Por un lado, el Jesús Cautivo, el Jesús sufriente: ése que está presente en los más pequeños, en los más débiles, en los marginados, en los desposeídos, en todos y cada uno de los seres humanos que necesitan nuestros abrazos de Cirineos: en todos los hombres que sufren hambre y sed de caridad o de justicia, y que necesitan de esa Resurrección de Cristo con la que nosotros, desde nuestro Bautismo, estamos comprometidos; y, por nuestra Fe, estamos obligados.
Por el otro, el Jesús Resucitado, el Jesús Presente en toda su Gloria en la hostia consagrada, mediante la transustanciación que creemos.
Dos coordenadas exactas, marcadas por el mismo Jesús: aquellas, las del Cristo-Hombre sufriente en su permanente pasión de Vida; éstas, las del Cristo-Dios Glorioso en su Resurrección Victoriosa. Aquellas, las del Cristo-Hermano que estamos obligados a amar como a nosotros mismos; éstas, las del Padre Eterno que nos espera en el Espíritu y en su infinita bondad para reconfortarnos…
… y no podemos disociar estos dos Cristos, porque no son dos espíritus distintos, sino uno sólo. Por eso, no podemos acudir a la Común-unión con el Cristo, Dios-Padre, Eterno y Glorioso, sin habernos unido antes al Cristo-Hombre-Hermano, sufriente, en su Pasión de Vida…
Porque decidme:
¿Cómo vamos a acudir al convite de su Gloria, si lo abandonamos en su pasión?...
¿Cómo vamos a gozarlo en su Poder, cuando lo evitamos en su sufrimiento?...
¿Cómo vamos a refugiarnos en su Cuerpo y en su Sangre, cuando lo ignoramos en sus lágrimas?...
¿Cómo asistiremos a su Banquete, si lo vomitamos de nuestras vidas y de nuestra Caridad?,
Decidme, ¿cómo podremos acudir a su Altar, si huimos abandonándolo en su Calvario?
Jesús lo dejó claro: “… si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” (Mat. 5, 23-24)… Traduzcamos ahora estas palabras, según sus Enseñanzas: “Si vienes corriendo hasta mí y te acuerdas de que, en tu camino, me has visto en la calle tirado, aplastado por una Cruz con la que no puedo,… vuelve sobre tus pasos, ayúdame a levantar y a llevar mi Cruz y, después, regresa para que yo te reconforte con mi Resurrección”.
Es imposible hacer real la Eucaristía, hacerse Uno en el Dios-Padre de la Misericordia y de la Justicia, sin ser Uno en el Hombre-Cristo olvidado por la Justicia y la Misericordia; es imposible hacerse Uno en el Dios-Amor, sin ser Uno en la Caridad según el Mensaje de Jesús: “Ama al prójimo como a ti mismo… Haz con los demás, lo que quisieras que los demás hicieran contigo”.
Se trata de ser coherentes con el Espíritu de la Cruz (que no sólo es el de perdonar a quien nos ofende, sino el de procurar el perdón de quien tiene algo contra nosotros), para poder proyectar hacia los cuatro puntos cardinales de nuestro entorno –y en medio del Mundo- esa fuerza centrífuga (hacia fuera) del Mensaje y la Resurrección de Cristo, intentando servir de ejemplo a los que nos rodean, hasta el punto de que –parafraseando al Beato José María Escribá de Balaguer- que sea tal nuestra comportamiento y nuestra conversación, que todos al vernos o al oírnos hablar, sientan nuestro compromiso con Jesús.
Entonces, sí: entonces, cuando nos hayamos proyectado con esa fuerza centrífuga hacia los demás –en medio del Mundo-, será el momento de acudir a ese Cristo Glorioso y Resucitado que nos aguarda en la Eucaristía, para poder, ante su presencia, cerrar el círculo del mayor Amor, con esa otra fuerza –ahora centrípeta (hacia nosotros, hacia dentro)- que nos recoge, nos envuelve, nos invade hasta el último átomo de nuestro ser y hasta el más ínfimo hálito del aliento, para hacernos Uno con el Inmenso Espíritu que nos recibe: esa fuerza inexplicable del Amor íntimo del mismo Dios que, a pesar de nosotros, otra vez se nos entrega.
… Sólo de esta forma alimentaremos la Fe que nos sostiene y nos integraremos en el mecanismo de este Amor de ida y vuelta (de Dios a nosotros, a través de la Eucaristía; y de nosotros a Dios, a través de los demás); porque la Fe en Cristo crece cuando se vive como la experiencia de un Amor proyectado en los otros. Porque resulta curioso, pero este Tesoro íntimo -que es el Amor por Cristo- tiene la poderosa cualidad de la retroalimentación inagotable: mientras más damos, más tenemos; mientras más regalamos, más nos queda.
Por eso, la Eucaristía -como unión y compromiso que es con Cristo vivo- se convierte en un proyecto de Vida: en el encuentro con un Espíritu que nos transforma profundamente, porque le revela -a lo que de barro tenemos como hombres- su verdadera Naturaleza de Aliento divino, su Identidad irrenunciable en el Amor, su personal, inexcusable e intransferible compromiso con todos los demás hombres, que también SON Cristo.