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15 de enero de 2012

Domingo 2º Tiempo Ordinario

Jornada del Emigrante y Refugiado
Mensaje papal “Migraciones y nueva evangelización”
“Salgamos al encuentro… abramos puertas” (CEE)

Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

En este domingo la Iglesia pone de relieve, de modo especial, el mundo de los emigrantes y refugiados. El Papa ha enviado su Mensaje. Analiza la compleja problemática que les afecta y que, a su vez, interpela a todos.
Al menos, en esta Eucaristía, hagámonos sensibles a tantos hermanos diseminados por todas partes, lejos de sus raíces. Lo haremos con la oración y el vivo deseo de que se reconozcan efectivamente sus derechos humanos fundamentales. Podréis leer y reflexionar el contenido de ese rico Mensaje pontificio. Aquí sólo quiero citar apelaciones a todos nosotros, a la conclusión del mismo:
“Las comunidades cristianas –dice el Papa- han de prestar una atención particular a los trabajadores inmigrantes y a sus familias, a través del acompañamiento de la oración, de la solidaridad y de la caridad cristiana; la valoración de lo que enriquece recíprocamente, así como la promoción de nuevos programas políticos, económicos y sociales, que favorezcan el respeto de la dignidad de toda persona humana, la tutela de la familia y el acceso a una vivienda digna, al trabajo y a la asistencia. Los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los laicos y, sobre todo, los hombres y las mujeres jóvenes han de ser sensibles para ofrecer apoyo a tantas hermanas y hermanos que, habiendo huido de la violencia, deben afrontar nuevos estilos de vida y dificultades de integración. El anuncio de la salvación en Jesucristo será fuente de alivio, de esperanza y de «alegría plena» (cf. Jn 15,11).
“De modo particular, las comunidades cristianas han de ser sensibles respecto a tantos muchachos y muchachas que, precisamente por su joven edad, además del crecimiento cultural, necesitan puntos de referencia y cultivan en su corazón una profunda sed de verdad y el deseo de encontrar a Dios… Estos se sentirán alentados a convertirse ellos mismos en protagonistas de la nueva evangelización si encuentran auténticos testigos del Evangelio y ejemplos de vida cristiana”.
Queridas hermanas y amigos: el Señor nos ama y nos ha convocado, quiere que vivamos con él y de él, partícipes de su gozo y de su paz, de su condición filial y de su servicio a los hermanos. Lo podemos celebrar una vez más. Podemos hacerlo en verdad, si dejamos que su voz resuene en nuestros corazones, si nos empeñamos en seguirle con amor. Sí, Jesús comienza su ministerio público con palabras y obras. También buscando silencio y soledad para hablar con su Padre Dios. Hoy escuchamos el primer diálogo de Jesús, en el evangelio de Juan, con los primeros llamados: ¿Qué buscáis?; -¿dónde vives? -¡Venid y lo veréis! Ese "ver" expresa la experiencia personal del encuentro: "fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día". Él instituyó a los Doce “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar". La Iglesia es la comunidad que sigue al Señor. Sólo así puede servirlo y anunciarlo por todos los caminos. Estando con Cristo, tratando con él, “siguiéndolo”, los discípulos aprenden "sabiduría", alcanzan una nueva visión y valoración de la vida. No sólo por lo que se le "oye". También, y sobre todo, por lo que se experimenta estando con él: "lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida, os lo anunciamos" (cf. 1ª Jn. 1)
Aquellos pocos “seguidores” del Maestro son los primeros testigos. Andrés comunica la propia experiencia a su hermano Pedro y lo lleva hasta Jesús para que experimente también la gracia de un encuentro decisivo: Jesús se le queda mirando y, poco a poco, se operará una transformación radical en quien habría de ser el primero de muchos. Lo insinúa ya Jesús al cambiarle el nombre. Sí, Simón se llamará “Pedro” e irá siendo transformado por el trato con Jesús y por su santo Espíritu. “Evangelizado”, será evangelizador y testigo de Jesucristo Resucitado.
El encuentro con el Señor no es para los discípulos sólo un tesoro privado. Encontrarse con Cristo es riqueza que llena humanamente y se desborda llevando a compartirlo todo. El que ha tenido la gracia de ese encuentro singular no puede menos de comunicarlo en la intimidad de los amigos y proclamarlo. La pregunta de Jesús ¿vale ahora para nosotros? ¿Qué buscamos en la comunidad, en la familia, en el trabajo y ocio, en la convivencia social, en esta asamblea creyente? ¿Cuáles son para nosotros las aspiraciones más importantes? Como cristianos, como pueblo consagrado al Señor, ¿nos distinguimos por desear y buscar algo distinto a las apetencias de cuantos no creen en Cristo? Además, al compartir con otros el anhelo y la búsqueda de bienes humanos básicos, como la libertad y la verdad, la justicia y la paz, ¿lo hacemos por caminos evangélicos? De verdad, ¿buscamos al Señor?
La vocación cristiana, toda vocación a la fe en cualquiera de sus formas, es "don de Dios", pura gracia. Sabemos también que ese regalo nos viene a través de lo humano, de los signos, de las necesarias mediaciones históricas. Sabemos que el don mendiga acogida y respuesta personal. A cada uno de nosotros, en medio de su Pueblo, nos pregunta el Señor: "¿qué buscas?". Cada uno es libre para contestar. Para el que lo desee, la invitación se hace apremio: “ven y verás”. En distintas fases de nuestra vida hemos querido responderle con amor. También hoy y aquí nuestra presencia expresa la misma pasión. Deseamos seguir a Jesucristo como miembros de su Iglesia. Sí, precisamente en la Eucaristía dominical, ratificamos la opción para convivir como hermanos y para el servicio fraterno tan variado. Y Jesucristo nos ofrece su Evangelio. Más aún, se nos da él mismo. Su presencia salvadora, su amorosa entrega, su magistral ejemplo nos iluminan y fortalecen.
Estemos convencidos de que sólo viviendo “por él, con él y en él”, podremos ofrecer a otros muchos la Buena Noticia de su Presencia entrañable, llena de misericordia y de poder vivificante. Por su Santo Espíritu, “derramado en nuestros corazones”, seremos testigos del amor de Dios, de su perdón, de su verdad y justicia, de la gozosa hermosura de su Reino, de la esperanza activa por hallar su plenitud. El Papa concluye así su Mensaje: “Queridos amigos, invoquemos la intercesión de María, Virgen del Camino, para que el anuncio gozoso de salvación de Jesucristo lleve esperanza al corazón de quienes se encuentran en condiciones de movilidad por los caminos del mundo.”