7 de agosto de 2011

Domingo 19º A

7-8-2011
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)

Después de la multiplicación de panes y peces, el marco evangélico se transforma: Jesús despide a las gentes y se va solo al monte “para orar”. Mientras, se desata la tempestad contra la barca de sus discípulos. La situación es angustiosa y aparece Jesús que sujetará la mano del dubitativo Pedro y hará amainar al viento.
En otra ocasión parecida, los discípulos se preguntaron: ¿quién es éste que hasta el viento y el lago le obedecen? El texto de hoy afirma que “los de la barca se postraron ante Jesús declarando: ‘realmente eres hijo de Dios’”. Un avance en el conocimiento del Maestro, que los había ido preparando al decir de sí mismo: “soy yo”. Así se atribuía el mismo nombre que Moisés escuchó de Yahvé Dios en el episodio de la zarza incombustible.

La primera lectura, en marco distinto, resulta ingenua y bella narración: Elías llega al monte de Dios –Horeb, Sinaí- por donde Dios va a pasar. Ya se había manifestado a Moisés en ese lugar entre truenos, relámpagos y vendavales. Ahora, con gran lirismo, se dice que vino “un viento huracanado, y un terremoto y fuego”, repitiendo lo mismo para cada sucesión de elementos: en ellos “no estaba el Señor”. Finalmente, se escuchó “un susurro” y sólo se dice que “Elías, al oírlo, se cubrió el rostro”, en actitud de respeto, similar al de Moisés, descalzándose ante Yahvé, al ver que la zarza no se apagaba.

Los cristianos, para vivir como tales, precisamos de la eterna Palabra de Dios. Se hizo “carne”, pero sólo experimentamos su poder cuando resuena en el corazón de la vida, cuando ilumina la existencia desde lo más profundo. No se percibe en los gritos y voces que embotan el propio interior, ni se halla en el fuego de pasiones y ambiciones por el tener, el poder y el dominar.

Sí, está el Señor, “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”, en el corazón de la vida, en el susurro, en la brisa suave, en la mirada humilde, en el sentir de los sencillos, en el hermano que pasa a nuestro lado como de puntillas, casi sin rozarnos. Ahí podemos encontrar al que es la eterna Palabra del Padre, la verdadera Palabra salida de la boca de Dios; ahí, con fe, podemos encontrar al que solía subir “al monte a solas para orar” a su Padre. ¿Acaso no sigue siendo Él el mejor ejemplo para todos?

También es cierto: la vida es más que susurro o tenue brisa, y las tempestades son inseparables de la humana condición. El reinado de Dios padece violencia y hay que luchar para entrar, y para permanecer y crecer en él. Nos lo explica el Señor con gestos y palabras.

Jesús duerme sobre el cabezal de la barca, pero no abandona a los suyos. Parece estar al margen de todas nuestras luchas, pero nunca le somos indiferentes. Resucitado junto al Padre, no ha dejado la tierra a merced de malignos poderes. Él “tira” de todo lo nuestro, potenciando nuestra libertad y ampliando el horizonte con la fuerza de su Espíritu.

Nos repite una y otra vez: “¡ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Es su voz, la del Señor, para ti y para mí, para todos, cuando parece que nos hundimos y cunde el pánico. Como Pedro, siempre podemos gritar: “¡Señor, sálvame!”. Él nos tiende su fuerte brazo. ¿Por qué no creer que nos saca a flote?

A lo largo de 20 siglos, muchos pudieron encontrarse con Jesús en el silencio, en la oración personal, en la atenta lectura de su Palabra, en la celebración creyente de la fe, en verdes praderas, en acantilados y playas, en lagos y montañas, en las maravillas del mundo y de sus estaciones, en variadas melodías religiosas, en el hermano enfermo y atendido, en el pobre, en la persona amada y en el amigo...

De un modo u otro, tuvieron –y ¡tuvimos!- la dulce experiencia y, por ello, la firme convicción de que el Resucitado nos custodia, con cariño y fortaleza, cuando se desatan tempestades y terremotos, sean de las fuerzas naturales o de los acontecimientos cotidianos, sean de nuestra propia fragilidad y caducidad, de la de aquellos seres queridos, de los más alejados, sean también de las más diversas interpretaciones que unos y otros podemos hacer... Pero ¡la verdad es la de Dios!, también para nuestras vidas y compromisos, para nuestras cruces y esperanzas. ¡Él es nuestra suerte y la eterna bendición! Lo sabemos por Jesucristo.

¡Qué pena cuando tantas y tantos sienten que esta vida sólo es “valle de lágrimas” y “tierra de penumbras”. Claro es que dolor y muerte, injusticia, hambre y corrupción, golpean duro y cincelan el corazón. ¿No ayudan también a madurar como personas? La fe cristiana puede convertir nuestra tierra de penumbras en paisaje de hondo gozo y de profunda esperanza. Precisamente, ¡por el amor que Dios nos tiene!, ¡por el amor que mostró entregándonos al propio Hijo! En Él nos ha regalado el triunfo de la vida, la victoria del gozo sobre el dolor, de la paz frente a tanta guerra. ¡Démosle gracias de todo corazón!