11 de noviembre de 2010

Me confieso progresista

IGNACIO VIZCAGÜENAGA ARRIORTUA,
Asesor Religioso de la Comunidad Laical Trinitaria Algorta

Como cristiano me veo necesariamente progresista. Me explico: quiero para el ser humano, para todo ser humano, un futuro mejor; lo quiero más libre, con más dignidad, más respetado. Deseo para él una libertad física, social, política, económica, psicológica, religiosa mayor, arraigada y sustentada en la libertad interior, espiritual, fruto de múltiples conquistas íntimas. Lo sueño más provisto de valores, de ideales, de criterios éticos y de proyectos. Defiendo y promuevo ese futuro.
Mi fe cristiana, lejos de bloquear estos anhelos, me los activa con urgencia. Sueño con la revolución que Jesús encendió en la historia. Su vida y su mensaje es un gigantesco foro que proyecta luz y fuerza sin cesar en dirección al progreso humano.
La fe cristiana es una llamada a madurar como persona, a crecer en amor y solidaridad, en respeto y tolerancia con el “otro”. A su luz, el “otro”, cercano o lejano étnica y culturalmente, se me muestra como don -no como rival-, como riqueza familiar, como parte de ese gran Nosotros, sólo dentro del cual me es dado realizarme como persona. El otro es mi hermano. La pluralidad, la diferencia, la descubro como valor a respetar y a cultivar en la comunión de la unidad mundial. Por ello mi fe me lleva a entablar con todos, con independencia de su piel, de su cultura o su credo, relaciones fraternas, solidarias. Vínculos de amistad, de respeto y de gratitud.
También ante el Otro (Dios), mi fe me sitúa en actitud gozosa y esperanzada, en talante progresista. Veo a Dios, no como a Alguien que bloquea mi dignidad y crecimiento, sino como quien fundamenta y catapulta mi desarrollo humano “cargando” mis pilas sin sustituirme en mi responsabilidad; quien me invita a deponer mis infantilismos y a asumir esperanzado mi adultez creativa. El Dios que he encontrado en Jesús es Amor, Padre. Es Luz y vida. A esa luz me “autocomprendo” mejor, y se me renueva e ilumina también toda mi “cosmovisión”; me veo en mi admirable identidad, con todo su recorrido inmanente-trascendente, con mis responsabilidades indeclinables constitutivamente relacionado con Dios y con todos los humanos, abierto al entero cosmos, respetuoso con la naturaleza.
Sí, este Dios, lejos de obstruir el progreso humano, me lo propone como “proyecto” personal y familiar, como tarea esencial humana. Y tan insustituible es Dios en el progreso humano que, sin él, nos extraviamos, pervertimos nuestra identidad y vocación. Pensad en Auschwitz, Nagasaki, los Gulags… Eso sí, dejemos a Dios ser Dios; no lo manipulemos, haciendo imágenes suyas desde nuestros intereses, a nuestra imagen y semejanza. Clavemos los ojos en Jesús, “Dios con nosotros”, a la luz de su Espíritu. Entiendo que el progreso humano está hecho de conocimientos y experiencias, de investigación y de vida. Defiendo la ciencia y la técnica al servicio del progreso humano. Subrayo humano.
Como progresista estoy en contra de esa apoteosis de la superficialidad y de la trivialización en nuestra cultura, de ese intento de forjar un modelo de hombre “light”, sin criterios ni valores, con la moda como eje, con la televisión como sustento intelectual, con tanta literatura “cleenex”, filtrada hasta en muchos “best sellers”. Rechazo tanta inmadurez e irresponsabilidad ante el sexo, ante la vida y la muerte.
Denuncio ese reventón de atropellos que genera un consumismo y hedonismo desbocados y que atenta contra derechos fundamentales de los más débiles. Un progreso que deja su camino sembrado de innumerables cadáveres inocentes merece otro nombre. Denuncio, por ello, que llamemos también “progreso” a lo que es su degeneración y su muerte. Jesús nos enseñó que el progreso humano va siempre en dirección al Amor y a la Vida. En dirección a la Felicidad, cuyos contenidos y camino nos señaló.

EcleSALia 20 de septiembre de 2010
Artículo enviado por la comunidad laical como testimonio del pensamiento de Ignacio, falleció el pasado 8 de agosto de 2010