6 de abril de 2009

Lunes Santo

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Betania es un lugar privilegiado de encuentro y de intimidad con Jesús. En el contexto de una comida aparece la figura del Iscariote preocupado por el dinero y por una caridad mentirosa y extraña hacia los mas pobres y necesitados.

María, la hermana de Lázaro y Marta , sin ser del grupo de los doce, descubre en Cristo al Hijo de Dios y desde luego su inminente partida. La muerte de Jesús esta muy cerca y Él mismo sabe que su obra salvadora lo llevara a la cruz. Que el ejemplo de María la de Betania, contrarreste las actitudes pretenciosas e injustas que como Judas podemos tener en nuestro corazón. Recordemos que la cuaresma es el momento para la caridad y para el compartir.
Si quieres reflexionar y orar con el texto...
Reflexión
• Estamos entrando en la Semana Santa, en la semana de la pascua de Jesús, de su pasaje de este mundo al Padre (Jn 13,1). La liturgia de hoy coloca ante nosotros el comienzo del capítulo 12 del evangelio de Juan, que enlaza el Libro de las Señales (cc 1-11) y el Libro de la Glorificación (cc.13-21). Al final del "Libro de las Señales", aparece con claridad la tensión entre Jesús y las autoridades religiosas de la época (Jn 10,19-21.39) y el peligro que Jesús corre. Varias veces tratarán de matarle (Jn 10,31; 11,8.53; 12,10). Tanto es así que Jesús se ve obligado a llevar una vida clandestina, pues podían detenerle en cualquier momento (Jn 10,40; 11,54).
• Juan 12,1-2: Jesús, perseguido por los judíos, va a Betania. Seis días antes da pascua, Jesús va a Betania en casa de sus amigas Marta y María y de Lázaro. Betania significa Casa de la Pobreza. El estaba siendo perseguido por la policía (Jn 11,57). Quieren matarle (Jn 11,50). Pero aún sabiendo que la policía estaba detrás de Jesús, María, Marta y Lázaro reciben a Jesús en casa y le ofrecen comida. Acoger a una persona perseguida y ofrecerle comida era peligroso. Pero el amor hace superar el miedo.
• Juan 12,3: María unge a Jesús. Durante la comida, María unge los pies de Jesús con medio litro de perfume de nardo puro (cf. Lc 7,36-50). Era un perfume caro, muy caro, de trescientos denarios. Inmediatamente, seca los pies a Jesús con sus cabellos. La casa entera se llena de perfume. En todo este episodio, María no habla. Sólo actúa. El gesto lleno de simbolismo habla de por sí. Lavando los pies, María se convierte en servidora. Jesús repetirá ese mismo gesto en la última cena (Jn 13,5).
• Juan 12,4-6: Reacción de Judas. Judas critica el gesto de María. Afirma que es un desperdicio. ¡De hecho, trescientos denarios era el salario de trescientos días! ¡Así que el salario de casi un entero año fue gastado de una sola vez! Judas piensa que el dinero habría que darlo a los pobres. El evangelista comenta que Judas no tenía ninguna preocupación por los pobres, sino que era un ladrón. Tenía la bolsa común y robaba dinero. Juicio fuerte que condena a Judas. No condena la inquietud por los pobres, sino la hipocresía que usa a los pobres para promoverse y enriquecerse. Según sus intereses egoístas, Judas piensa sólo en el dinero. Por esto no percibe lo que estaba pasando en el corazón de María. Jesús conoce el corazón y defiende a María.
• Juan 12,7-8: Jesús defiende a la mujer. Judas mira el gasto y critica a la mujer. Jesús mira el gesto y defiende a la mujer: “¡Déjala! Que lo guarde para el día de mi sepultura." Y Jesús añade después: "Porque pobres siempre tendréis entre vosotros." ¿Quién de los dos vivía más cerca de Jesús: Judas o María? Como discípulo, Judas convivía con Jesús desde hacía casi tres años, veinte cuatro horas al día. Formaba parte del grupo. María se encontraba con él sólo una o dos veces al año, en ocasión de las fiestas, cuando Jesús iba a Jerusalén y la visitaba. Pero la convivencia sin amor no nos hace conocer. Impide ver. Judas era ciego. Mucha gente convive con Jesús y hasta lo alaba con el canto, pero no le conoce de verdad, ni le revela (cf. Mt 7,21). Dos afirmaciones de Jesús merecen un comentario detallado: (a) “Pobres siempre tendréis”, y (b) “Déjale que lo guarde para el día de mi sepultura”. (a) “Pobres siempre tendréis” ¿Quiso Jesús decir que no debemos preocuparnos con los pobres, visto que va a haber siempre gente pobre? ¿La pobreza es un destino impuesto por Dios? ¿Cómo entender esta frase? En aquel tiempo, las personas conocían el Antiguo Testamento de memoria. Bastaba que Jesús citara el comienzo de una frase del AT, y las personas ya sabían lo demás. El comienzo de esta frase decía: “¡Los pobres los tendréis siempre con vosotros!” (Dt 15,11a). El resto de la frase que la gente ya conocía y que Jesús quiso recordar, era ésta: “¡Por esto, os ordeno: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra!” (Dt 15,11b). Según esta Ley, la comunidad debe acoger a los pobres y compartir con ellos sus bienes. Pero Judas, en vez de decir “abre la mano a favor del pobre” y comparte con ellos tus propios bienes, quería decir que se haga caridad con el dinero de los demás. Quería vender el perfume de María por trescientos denarios y usarlos para ayudar a los pobres. Jesús cita la Ley de Dios que enseñaba lo contrario. Quien, al igual que Judas, hace campaña con el dinero de la venta de los bienes de los demás, no incomoda. Pero aquel que, como Jesús, insiste en la obligación de acoger a los pobres y compartir con ellos sus bienes, éste incomoda y corre el peligro de ser condenado. (b) "Que lo guarde para el día de mi sepultura". La muerte en la cruz era el castigo terrible y ejemplar, adoptado por los romanos para castigar a los subversivos que se oponían al imperio. Una persona condenada a muerte de cruz no recibía sepultura y no podía ser ungida, pues quedaba colgando de la cruz hasta que los animales se comían el cadáver, o recibía sepultura rasa de indigente. Además de esto, según la Ley del Antiguo Testamento, tenía que ser considerada como, "maldita por Dios" (Dt 21, 22-23). Jesús iba a ser condenado a muerte y muerte de cruz, consecuencia de su compromiso con los pobres y de su fidelidad al Proyecto del Padre. No iba a tener un entierro. Por eso, después de muerto, no iba a poder ser ungido. Sabiendo esto, María se anticipa y lo unge antes de ser crucificado. Con este gesto, indica que aceptaba a Jesús como mesías, aunque estuviera ¡crucificado! Jesús entiende el gesto de la mujer y lo aprueba.
• Juan 12,9-11: La multitud y las autoridades. Ser amigo de Jesús puede ser peligroso. Lázaro corre peligro de muerte por causa de la vida nueva que recibió de Jesús. Los judíos decidieron matarle. Lázaro vivo era la prueba viva de que Jesús era el Mesías. Por esto, la multitud lo buscaba, ya que la gente quería experimentar de cerca la prueba viva del poder de Jesús. Una comunidad viva corre peligro de vida porque es prueba viva de la Buena Nueva de Dios.
Para la reflexión personal
• María fue maltratada por Judas. ¿Te has sentido maltratado/a alguna vez? ¿Cómo has reaccionado?
• ¿Qué nos enseña el gesto de María? ¿En qué tipo de alerta nos pone la reacción de Judas?
Oración final
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mí vida, ¿quién me hará temblar? (Sal 26)
Tomado de: http://www.homiletica.org/carmelitas1062.pdf

5 de abril de 2009

Sri Lanka. Militares y Tigres Tamiles se enfrentan en Sri Lanka

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El Ejército de Sri Lanka aseguró hoy que se encuentra en la última fase de su ofensiva para retomar las posiciones de los rebeldes de los Tigres de Liberación de la Tierra Tamil (LTTE) en el distrito de Mullaitivu, en la provincia Norte del país. Por otro lado, los medios locales informaron de que se están produciendo intensos combates cuerpo a cuerpo entre los soldados y los rebeldes.

El Ejército de Sri Lanka aseguró hoy que se encuentra en la última fase de su ofensiva para retomar las posiciones de los rebeldes de los Tigres de Liberación de la Tierra Tamil (LTTE) en el distrito de Mullaitivu, en la provincia Norte del país. Por otro lado, los medios locales informaron de que se están produciendo intensos combates cuerpo a cuerpo entre los soldados y los rebeldes.
Según el Ministerio de Defensa, los soldados han cercado a decenas de rebeldes en un territorio de aproximadamente un kilómetro cuadrado, después de hacerse con el control de una ruta clave para el suministro de los rebeldes en el área de Putukudiyirupu.
El Ministerio indicó que los soldados han recuperado al menos 21 cadáveres de rebeldes que cayeron en los combates registrados ayer y que los duros enfrentamientos continúan, informa la BBC.
La BBC precisa que los Tigres Tamiles no han reaccionado a la versión de los militares sobre los combates, pero informa de que algunos medios de comunicación afines a los rebeldes han indicado que los milicianos están resistiendo el avance del Ejército y que cientos de soldados han muerto en los combates.
Ayer, el Gobierno de Sri Lanka volvió a rechazar los llamamientos al alto el fuego, pero dijo que sus fuerzas suspenderán los ataques para garantizar la seguridad de los civiles en la zona de guerra.
Por otro lado, el Programa Mundial de Alimentos (PAM) anunció que realizará un envío de más de 1.000 toneladas de alimentos en una embarcación facilitada por el Gobierno a los civiles atrapados. Se estima que entre 40.000 y 150.000 civiles están atrapados en la zona de conflicto en el noreste del país.
"El suministro oportuno por parte del Gobierno de una embarcación de amplia capacidad ha permitido al PAM y a otros socios enviar esta ayuda que se necesita urgentemente", declaró el director del PAM para Sri Lanka, Adnan Jan.


Europa Express, 2 de Abril
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Claves de Semana Santa. José María Rodríguez Olaizola, sj*

Un año más se acerca la Semana Santa. Con la flexibilidad del calendario lunar, que hace que unos años caiga en marzo y otros en abril, se aproximan estas fechas de celebración para los cristianos. No estamos ya en los tiempos en que estos días suponían, al menos en España, una inmersión colectiva en la festividad cristiana, pero tampoco son demasiado lejanos, y mucha gente aún los recuerda. Se suspendían los espectáculos públicos, no había cine ni teatro; durante unos días la programación de una televisión entonces naciente sería religiosa o no sería. Se preparaban paños morados para cubrir las imágenes de las Iglesias durante los oficios propios de estos días. Los predicadores afinaban y rebuscaban en sus fuentes para preparar densos sermones sobre las Siete Palabras, la Eucaristía, la Pasión o la Resurrección... Y cuando llegaba el Triduo, entonces se imponía un ritmo más lento, un silencio más denso, sólo roto por el repicar de tambores y cornetas en las procesiones; un rictus de seriedad parecía lo apropiado para acompañar a Cristo camino de la cruz, y esperar hasta poder celebrar su Resurrección... No sé si las cosas eran exactamente así, pero esa es la imagen que alguien de mi generación se hace sobre lo que ocurría en estas fechas.

Hoy la oferta se diversifica. La Semana Santa es un tiempo estratégicamente colocado en mitad del segundo semestre escolar. Las compañías de viajes ofrecen estancias en Cancún, o un anticipo del verano en las playas mediterráneas. Hay vacaciones escolares; breves, pero al menos un último respiro para tomar fuerzas antes de lanzarse a rematar el curso.... La televisión ya no es monotemática, y se alternará «La túnica Sagrada» con «Pulp Fiction», «Rey de Reyes» con «Los reyes del Mambo», o «La Pasión» de Mel Gibson con alguna «Pasión de Gavilanes»; y si se retransmite alguna procesión estará precedida por un programa del corazón o seguida por un partido de fútbol. Nadie espere que los bares cierren en Jueves Santo, ni un duelo colectivo el Viernes Santo en nombre de las creencias cristianas. Ya no es este un tiempo para una vivencia monolítica de la Semana Santa.
Por supuesto se mantienen, con otros ritmos y otras formas, los rituales religiosos. Eso sí, ya no marcan el ritmo único de la sociedad en esos días. Como casi todo en esta época, lo que hay hoy es un escaparate plural de actividades para elegir, e incluso desde el punto de vista del acercamiento a lo religioso, un batiburrillo de cultura y fe, de folklore e imaginería, de creencias profundas y acercamientos profanos a una celebración cargada de significados.
La Semana Santa sigue siendo un tiempo de especial densidad, y las formas de vivirla desde la fe son innumerables. El domingo de Ramos seguirán bendiciéndose laureles y palmas, recordando la entrada de Jesús en Jerusalén. Dependiendo de la tradición local, en muchos lugares saldrán con puntualidad a las calles las procesiones, con pasos de belleza eterna flanqueados por cofrades de rostro oculto, cuya pluralidad incluye hombres y mujeres, niños y ancianos, y hoy en día creyentes y no creyentes en una extraña y sorprendente mezcla. Los grupos juveniles o muchas comunidades cristianas aprovechan y se desplazan para vivir estos días y celebrar la pascua en un espacio distinto. Cada parroquia pone sus acentos, pero se intenta cuidar, en la medida de lo posible, el que las celebraciones sean significativas. De nuevo los templos verán crecer la afluencia de fieles, sobre todo el Jueves y el Viernes Santo, y sorprendentemente no tanto el Sábado, porque parece que los cristianos estamos más preparados para compartir el dolor, asomarnos a la cruz, y asumir el sacrificio, y por el camino olvidamos la dicha, el gozo o la palabra definitiva que es una palabra de Vida.
Tanto dinamismo tiene una explicación. Decimos que, desde la fe, estos son los días centrales del año litúrgico. Podemos afirmar que el corazón del misterio pascual, lo que sucedió con Jesús, se condensa de modo privilegiado en el triduo pascual y en unas celebraciones plagadas de simbolismos: la Cena del Señor, el via crucis, la adoración de la Cruz o la Vigilia Pascual...
Pero, ¿por qué este acento, este énfasis, esta insistencia en celebrar especialmente lo que ya conmemoramos habitualmente? ¿No recordamos cada domingo en la Eucaristía el corazón del evangelio y la revelación definitiva de Dios en Jesucristo? ¿No es el misterio pascual lo que está en el corazón de esa celebración, donde una vida arrebatada se descubre fecunda, un pan-cuerpo-entregado, vino-sangre-derramada se convierten en semilla de vida eterna? ¿Por qué detenernos tan especial y densamente estos días en algo que deberíamos tener presente todo el año?


Una precisión y tres cuestiones sobre los tiempos litúrgicos

Hay un elemento profundamente pedagógico en la existencia del año litúrgico. En el corazón de la misión de la Iglesia late la comunicación del kerygma, el misterio central de la fe: Jesucristo, muerto en cruz por causa del mal que atraviesa nuestro mundo, ha resucitado, por el Espíritu, y en ese acontecimiento hemos sido salvados. Y eso es una noticia que tiene que darse; es un anuncio que ha de hacerse a todo hombre y mujer, deseando que llegue a escucharse en toda su hondura, pues si, más allá de una formulación, se llega a entender en su significado, esto se convierte en la verdad que puede dar sentido a una vida individual y a muchos proyectos colectivos.
Ahora bien, este anuncio no se hace de una vez para siempre. Es una misma verdad que ha de ser proclamada, recordada y actualizada. Es algo que ocurrió una vez y para siempre, y al tiempo algo que ha de seguir haciéndose real a través de los años y las vidas. Lo que comenzó en Jesús se convierte en una onda expansiva que atraviesa los siglos y que atrae toda la historia hacia sí para envolverla al final. Y de todo lo ocurrido en Jesucristo lo central, lo fundamental, es ese dinamismo entre la muerte y la Vida, la cruz y la Resurrección, el pecado que mata y el amor que vence.
Y en esa conmemoración, evocación y actualización es muy importante la dimensión colectiva y ritual expresada en la Semana Santa. La liturgia aparece aquí, especialmente, como celebración y diálogo, como espacio de oración y de proclamación de una verdad que sigue siendo buena noticia. Ahora bien, ¿cómo celebramos estos días?

Una precisión necesaria. La liturgia cambia con el tiempo
¿Siempre se ha celebrado del mismo modo la Semana Santa? Está claro que no. También la liturgia tiene su historia, y sus expresiones van siendo reflejo de diferentes momentos, sensibilidades y acentos teológicos1. La Pascua judía veterotestamentaria dio paso, en la fe de las primeras comunidades, a otra celebración en la que parecía haberse dotado de nuevo sentido a ese paso del mar Rojo. La nueva víctima era Cristo, y su sacrificio era la llave de la salvación. A medida que en los primeros siglos se iba clarificando el credo también se iban cargando de matices los significados de esta muerte y resurrección de Jesucristo. Entre los siglos II y VI la pascua cristiana se caracteriza por tener un carácter penitencial muy marcado, y por la diferenciación entre una corriente oriental que acentúa el viernes por ser el día señalado en el evangelio de Juan, y otra occidental más centrada en la eucaristía celebrada en las primeras horas del domingo, en conmemoración de la hora de la resurrección. A partir del siglo VI se van diversificando los rituales y la liturgia se va enriqueciendo con multitud de gestos: el lavatorio de los pies (ya atestiguado a mediados del siglo V en Jerusalén), el uso del fuego (testimoniado en Roma a finales del siglo IX), la procesión eucarística (siglos XIII-XIV), la entrada solemne de la cruz que termina convirtiéndose en una representación visible de lo narrado, el via crucis... El acento puesto en la institución de la Eucaristía –el Jueves Santo– llevó a que la eucaristía pascual perdiese la centralidad que sin duda debería haber tenido. En definitiva, una infinidad de detalles y gestos que llevaron al triduo a ir cargándose de significados, pero perdiendo esa dimensión de conmemoración unitaria del misterio pascual. Fue el movimiento litúrgico impulsado por Pío XII el que comenzó a reconquistar la unidad y sentido del Triduo Pascual, y este impulso facilitaría la reforma del Vaticano II, que llevará a la formulación del triduo tal y como lo conocemos ahora, en el Misal de Pablo VI de 1970.

El año litúrgico. ¿Cuestión de sentimientos?
No vamos a centrarnos aquí en esa historia milenaria, más bien trataremos de hacer una radiografía del momento presente, de la manera en que hoy en día intentamos celebrar, del sentido que tiene para nosotros esta vivencia de la Semana Santa, y cómo se inserta hoy en día dentro de nuestro año litúrgico.
Año a año, ciclo a ciclo, se despliegan los tiempos litúrgicos en nuestra historia. Nos aproximamos a esa verdad revelada en Jesucristo desde diversas perspectivas; y en consecuencia, con diversos acentos. El adviento, con su énfasis en la esperanza y la preparación ante un Mesías que parece estar en camino, da paso a la alegría de la navidad por el Misterio encarnado en un niño. Tras ella comienza el tiempo ordinario más cotidiano, que al poco nos introduce en la necesidad de conversión con que se afronta la cuaresma. Una conversión que nace de asumir que el evangelio no es fácil, tiene una dosis de exigencia que no se puede eliminar, y ante ello uno ha de reconocer todas sus limitaciones y resistencias. La Semana Santa es tiempo de contemplación del misterio pascual en toda su densidad, y desemboca en el júbilo de la pascua, en que la resurrección, pujante, proclama su palabra definitiva. Y de vuelta al tiempo ordinario, en que la vida se hace cotidianeidad y la fe se vuelve hábito.
Hubo una época en que me dejaba perplejo esta asociación de tiempos litúrgicos y estados de ánimo. Parecía que era de recibo vivir la esperanza en diciembre y la severidad en marzo. Parecía necesario estar lleno de gozo en las semanas pascuales, y exultar por la presencia del Espíritu en Pentecostés. Sin embargo, esto plantea ciertos problemas cuando tu estado de ánimo no coincide con el que supuestamente corresponde. Y me veía a veces triste en adviento y feliz en cuaresma, desanimado en pascua y eufórico en lo más anodino del tiempo ordinario. Y ello me llevaba a intuir que esto de la liturgia no hablaba de un menú de sentimientos subjetivos de temporada.

El año litúrgico. Cuestión de conocer al Dios de Jesús
Los tiempos litúrgicos no hablan de uno mismo ni de tus estados de ánimo. Hablan de Dios, el Dios de Jesús, y cuentan una historia en la que, una y otra vez, nos acercamos a Dios. Y lo hacemos desde donde estamos cada uno, desde nuestra alegría o nuestro dolor, desde nuestra calma o nuestra agitación. El adviento habla de un Dios que busca desesperadamente responder a los suyos. La navidad fascina con su presentación de un Dios encarnado con una lógica distinta: el Príncipe en un pesebre, el rey adorado por los pastores, el Dios omnipotente hecho bebé desvalido, el inocente perseguido, que sin embargo es reconocido por los sencillos. La cuaresma nos habla de un Jesús que, en su proclamación de una buena noticia que no es fácil de anunciar, ha de afrontar la tentación, la incomprensión, la soledad y la incertidumbre. Y esto desemboca en una entrega definitiva y en una síntesis formidable: el Triduo Santo que nos introduce en el corazón del Misterio Pascual, ese punto en el que confluyen muerte y vida, llanto y gozo, fracaso y triunfo, pasión y Resurrección, ese espacio definitivo en el que la lógica del evangelio se muestra aplastante. El tiempo pascual permite gustar despacio, a lo largo de varias semanas, la palabra definitiva, el «sí» de Dios, el triunfo de la vida y de esa lógica que ha trastocado los esquemas.

El año litúrgico. Cuestión de tiempos y diálogo
Ahora sí podemos aventurar un paso más. La liturgia, con su ritmo narrativo, no es un monólogo ni un puro mecanismo, sino un diálogo constante entre un sujeto que celebra y una Palabra Viva, un Dios que sigue exponiéndose.
Es un diálogo con varios tiempos entrecruzados. No sé si la imagen de las muñecas rusas, todas iguales y al tiempo cada una integrada en otra un poco mayor, puede ser suficientemente expresiva. En realidad nuestra liturgia, puntualmente, nos ofrece muchos espacios en los que toda la historia de salvación está contenida. Quizás el más significativo de dichos espacios sea la Eucaristía. En ella actualizamos el sacrificio fecundo del hombre justo, esa muerte que da paso a la Vida y esa entrega que se muestra rica en su desposesión. En la Eucaristía expresamos la hondura y la densidad de la salvación cristiana. Y en ella, de alguna manera, está contenido todo lo fundamental. De ahí la insistencia en que se convierta en algo que integra nuestras rutinas, la vida del creyente, etc.
Esta centralidad no es incompatible con la posibilidad de volver sobre esa misma verdad de un modo más reposado, más contemplativo. En una cadencia más lenta que nos permite prestar atención al detalle, gustar con atención todos los elementos que integran este cuadro fascinante, trágico y pleno que es el Misterio Pascual. De ahí el desgranar a lo largo de todo el año esa historia de salvación en diversos tiempos. Y ahí cobra todo su sentido la celebración del triduo pascual.
Esta celebración tiene algo de personal y algo de comunitario. En lo individual, es uno mismo el que se asoma al misterio pascual. El que deja que la Palabra Viva siga haciéndose presente, que le toque de una forma única y distinta. Nadie puede sustituir los ecos personales que suscita el contemplar el amor fraterno, la entrega del hombre justo, el sufrimiento del inocente que acepta su cruz por amor, y la promesa que se convierte en realidad ante un sepulcro vacío. Esa historia, como tal historia, ya la conocemos. Sin embargo, la fe no es una pura experiencia intelectual. Nuestra vida, que también es vida espiritual, supone dejarse afectar por esta historia que habla a nuestra realidad y nuestro presente hoy. Supone dejar que en nuestro interior resuene esa historia hecha de heridas, de promesas y de abrazo. Y en ese resonar, permitir que se abran algunas puertas, se caigan algunas defensas, se iluminen aspectos de nuestra vida... para volver una y otra vez al mismo ciclo, que va calando más hondamente. En ese diálogo la Pascua es nueva cada vez, porque mi vida va cambiando.
Al tiempo es un diálogo comunitario. Hay muchas cosas que uno no puede celebrar solo, aislado como un anacoreta en el desierto, desvinculado de una comunidad. Porque nuestra fe también es social, supone establecer vínculos, estrechar lazos y expresarnos juntos. La mayoría de nuestras liturgias son comunitarias, tienen sus ritmos, sus actores, sus momentos. Una comunidad celebra y en ella hay distintos carismas. Un único cuerpo que habla con distintas voces. En este diálogo la Buena Noticia pascual no es una comunicación exclusivamente personal, sino también una expresión colectiva. Y de ahí la densidad comunitaria del triduo. Mucho de lo que expresamos y celebramos en esta liturgia no podríamos hacerlo con el mismo sentido aisladamente, y evoca experiencias muy básicas de la vida cotidiana: la comensalidad expresada en la cena; la necesidad de aliento en la dificultad; el servicio como forma de alzar al desvalido; la continuidad de una historia de salvación que sigue haciéndose verdad hoy en un pueblo vivo...En este contexto somos invitados a mirarnos unos a otros, y descubrir lo que nos une, percibir los vínculos fuertes que se convierten en red poderosa que protege, elevar nuestra voz que no es una, sino muchas, que hablan con múltiples acentos, desde distintas situaciones, pero con una misma sed.


El Triduo

¿Qué celebramos en la Semana Santa? ¿Qué contemplamos? ¿Qué dejamos que, lentamente, a través de gestos comunes y de una contemplación invididual, en oficios o procesiones, en la celebración compartida o en la oración y la reflexión individual nos toque profundamente?

El servicio. El Jueves Santo la liturgia recoge preciosamente el lavatorio de los pies como expresión de una lógica alternativa, la de quien, siendo el primero, se ciñe una toalla a la cintura, lava los pies a los suyos y les invita a hacer lo mismo. ¿Qué hace este gesto tan denso? La inversión de categorías, donde el grande se hace pequeño y enaltece a los humildes. La gratuidad de un gesto aparentemente innecesario. La llamada a vivir desde esa misma lógica. En un mundo en que parece que el gran éxito en la vida es ser servido, esta llamada a lavar los pies polvorientos del amigo resulta, cuanto menos, una provocación.

La fraternidad. También el Jueves Santo explicitamos la celebración del amor fraterno. Recorremos partes de la oración de Jesús en el evangelio de Juan, nos sentimos amigos y no siervos. Compartimos una misma mesa, y en ese gesto nos encontramos llamados a vivir en plenitud. Nos reconocemos hijos de un mismo Padre, y, en consecuencia, hermanos. La comensalidad, propia de lo celebrativo en todas las culturas, se explicita aquí como hermandad, como la experiencia de estar vinculados por un amor común que recibimos incondicionalmente.

La entrega eucarística. Dar la vida no es morir, sino vivir de una manera determinada, dándose día a día –hasta la muerte si hace falta. Esto es lo expresado definitivamente en la Eucaristía. El darse sin reservas. El com-partirse para los otros. El derramarse de una manera fecunda. Ese es el sacerdocio de Jesús, en el que la entrega es de uno mismo. Y es también ese sacerdocio el que conmemoramos el Jueves Santo.

Las encrucijadas vitales. La hora santa, con su evocación de la agonía de Jesús en el Huerto, es un precioso reflejo de nuestras propias incertidumbres. A veces por cosas muy cotidianas. En otros momentos por la necesidad de tomar decisiones trascendentales... el hecho es que en ocasiones también nosotros pasamos por esas vacilaciones. A Jesús lo acompañamos en una situación límite. Le vemos en la tesitura de huir o seguir, de resistirse o ser coherente con aquello que lleva proclamando con su vida durante largo tiempo, de rebelarse o aceptar lo que viene. Y en su respuesta valiente vemos también un reto y una llamada para nuestros propios dilemas, para las situaciones en que hemos de optar, para tantas veces en que a la luz del evangelio nos sentimos urgidos a algo difícil.

El sufrimiento y la soledad. Todo el Viernes Santo es un día árido. Viendo a Jesús juzgado por los poderes religiosos y políticos de su época, abandonado por muchos de sus amigos, nos asomamos al dolor. Acompañando a Jesús camino de la cruz (Via Crucis), nos toca intuir la indiferencia de unos, la compasión de otros... A veces nos sentiremos como ese Cirineo que carga con la cruz, y otras como Verónica que seca el rostro de Jesús. Podemos reconocernos en un gobernador romano más pendiente de lo conveniente que de lo justo. Tal vez estemos escondidos, entre la muchedumbre, temerosos de ser señalados como amigos de este criminal sin delito. O quizás nos asomemos, de puntillas, al dolor y al abandono en que parece estar sumido Jesús. Y en el camino, también reconocemos nuestras propias cargas, algo que nuestro mundo no nos prepara demasiado para vivir. Hoy en día, cuando parece que en todo momento hay que «estar bien», la contemplación de la agonía del Justo resulta un desafío y una escuela.

La cruz. La adoración de la cruz el Viernes Santo, tras haber escuchado la lectura de la Pasión, es uno de los momentos más significativos de la liturgia. No adoramos un trozo de madera, ni prestamos macabra reverencia a un instrumento de muerte. Para nosotros la cruz es mucho más que eso. Es el espacio donde se abrazan las víctimas y su liberador. Es el lugar donde los que padecen, por la injusticia, por el odio, por el mal que atraviesa nuestro mundo, se encuentran con el inocente que viene a salvarlos. La cruz nos habla de un dolor que atraviesa nuestro mundo. Nos invita a alzar la mirada con honestidad y percibir las fisuras y las heridas que golpean y mutilan. Nos habla de fracasos y de rechazo, de pecado y de un Dios que parece callar.

La espera. El sábado santo es el tiempo del silencio y la espera. Cuando parece que nada puede pasar. Cuando lo que queda es la nostalgia por lo que parece perdido, y la incertidumbre ante lo que pueda llegar. Tiene mucho de rutina y hábito. Tiene mucho de confianza sin pruebas. Es creer sin saber, anhelar sin exigir, buscar sin plazo. Es el tiempo de los discípulos asustados, de María Magdalena inquieta... el tiempo de calma insegura de quienes le han condenado. Muchas veces nosotros mismos podemos vivirnos en este tiempo... cuando las heridas son lejanas, pero la cura no termina de llegar; cuando la esperanza parece estrellarse con la realidad; cuando el dolor ya no quema, pero sigue ahí, cuando la ilusión parece domesticada o rendida.

La Vida. Y entonces llega la palabra definitiva de Dios. «No busquéis entre los muertos al que vive». Hasta aquí hemos ido asomándonos a una historia que parece tremendamente exigente, trenzada con dolor, con cruz, con encrucijadas en las que no es fácil elegir lo que parece correcto. Podría decirse que todo invita hasta aquí a una seriedad definitiva, a una solemnidad absoluta y a una circunspección inevitable. Sin embargo es la celebración de la resurrección lo que ilumina con fuerza invencible todo lo anterior. La palabra última de Dios es una palabra de vida. La muerte no ha vencido al Justo. La cruz está vacía, y las víctimas de la historia están desclavadas. Hablamos entonces de salvación y de liberación. La sombra y la tiniebla dan paso a la luz, la noche al día, el llanto al júbilo.
A veces es más fácil sentirse en sintonía con lo que hemos celebrado los días anteriores, y parece en cambio lejana esta alegría imbatible. Parece que es más posible empatizar con la experiencia de la soledad o el dolor, y cuesta más el salto de fe hacia la afirmación definitiva de la resurrección. Y, sin embargo, es la clave de todo el edificio, la única que le da sentido a todo lo anterior, al servicio sin condiciones, a la entrega radical, a la soledad o a la cruz.


Conclusión

Al acercarse estas fechas, una vez más, nos disponemos a celebrar. No es lo de siempre, porque cada vez somos distintos, o llegamos con una carga diferente. Porque un año estamos heridos, y al siguiente nos sentimos pletóricos, unas veces nos toca celebrar cansados, otras exultantes y otras envueltos en el ritmo cotidiano, sin tiempo para grandes emociones. A veces tenemos preguntas y otras una fe calmada. Un año la vida nos sonríe y otros parece que el mundo conspira contra uno. Y Dios, en su historia, nos toca de manera diferente
Y por eso, esa misma verdad del evangelio, esa lógica del Reino que se nos presenta en historia milenaria, el Dios que en Jesús sigue dando su vida por enfrentarse al pecado que mata, y que al final se alza vencedor, es noticia nueva. Y toca nuestras vidas, y nos enseña a leer el mundo y sus historias. Seguiremos recibiendo un pan de vida que se da por nosotros, y en el lavatorio se nos lavarán los pies a todos mientras se nos invita a hacer lo mismo. Tal vez al contemplar los pasos procesionales que otros hombres esculpieron hace siglos, descubriremos en ellos detalles de una historia nueva. Adoraremos una cruz donde las víctimas son desclavadas, y en el fuego de una hoguera arderán las miserias, una vez más vencidas. Nos lavaremos de nuevo en un agua viva. Escucharemos la historia de la salvación, que enlaza con nuestras historias, y sentiremos que la última palabra de esa historia es una palabra de Vida. Y todo ese proceso nos hablará de nuestras luchas y nuestros miedos, de las noches oscuras y las encrucijadas que jalonan nuestro camino, nuestras traiciones y nuestras valentías.
Volveremos a ser Pedro asustado o María herida, Juan fiel o Judas obcecado, Pilatos lavándose las manos o Caifás rasgándose las vestiduras; seremos Cireneo cargando con nuestra porción de cruz o Verónica consolando al Justo humillado. Y, tal vez, como el centurión ante la cruz, abriremos los ojos al reconocer que este inocente entregado, este justo ajusticiado es, en verdad, el Hijo de Dios. Seremos, en fin, Magdalena sorprendida y alegre o caminantes inciertos hacia un Emaús de encuentro y reconocimiento.
Y en ese proceso de nuevo nos sentiremos abrazados por un Dios que nos llama y nos levanta con él, un Dios que vacía los sepulcros y reconcilia a la humanidad consigo. Y todo estará bien.




* Miembro del Consejo de Redacción de Sal Terrae. Trabaja en pastoral universitaria. Valladolid. .
1. Para una relación pormenorizada de la evolución de la liturgia pascual, E. ALIAGA, «El triduo pascual», en (Dionisio Borobio [dir.]) La celebración en la Iglesia, vol. 3, Sígueme, Salamanca 2000, 99-127.
Sal Terrae 95 (2007) 197-207
Tomado de : http://www.pastoralsj.org/secciones/formacion.asp?id=110

4 de abril de 2009

Marguérite Barankitse. Evangelio vivo

Por
Hoy todavía hay ejemplos de vida de los que luego se convierten en icono de Dios. Hace unos días leía un artículo en la revista Mundo Negro sobre una mujer Marguérite Barankitse que da una lección de humanidad y de Evangelio vivido.

A continuación un fragmento de dicha entrevista: El amor siempre triunfa. Una última anécdota. Mi chofer es un ex niño soldado...

Un día viajaba a Tanzania cuando me encontré por el camino en mitad de la selva con un joven de 17 años con un arma. Me obligó a detener el coche y pidió que me arrodillara. Entonces le dije: “No, hijo mío, ninguna madre en el mundo se arrodilló delante de su hijo, menos aún cuando tiene un arma”. Y añadí: “vete a preguntar a la persona que te dio el arma dónde están sus hijos. Están estudiando el extranjero, quizás en Bruselas, Montreal o en París”. Le miré y vi que estaba llorando. Le dije: “Tira este arma y ven conmigo, te voy a dar una identidad, una dignidad, y serás mi chofer”. Hace 10 años que es mi chofer, es padre de familia, está casado y tiene dos hijos.He venido dar testimonio de que el amor siempre triunfa. No hay nada que pueda impedir que amemos. Recuperemos nuestra identidad de hijos de Dios y triunfará la alegría en todo el mundo. Porque los hay que mueren por exceso de comida mientras otros mueren por falta de alimento. Lo que mata algunos podría salvar a otros.
Fragmento tomado de “Marguérite Barankitse. Una mujer excepcional” Mundo Negro nº538 marzo 2009


3 de abril de 2009

EL GESTO SUPREMO.

Por
Domingo de Ramos (B) Marcos 14,1-15,47. JOSÉ ANTONIO PAGOLA. SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 01/04/09.- Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabía a qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.
Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.

Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.
Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas
Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Ésta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.
Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.
Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Gestos de la Pasión

Por

2 de abril de 2009

FRATERNIDAD

Por

Estás en medio nuestro
como un gran amigo.
Sostienes nuestras voces
con tu voz silenciosa.
Es hermoso tenerte
tan cerca en este instante
de oración y alegría
que nos une a tu lado.

Lávanos bien el alma
de egoísmo, Señor,
en tanto te rezamos
con las manos unidas.
Haz que esta plegaria
que nos das que te demos
nos haga más hermanos
de verdad desde ahora.

Estás en medio nuestro
sembrándonos tu vida,
tu reciente y eterna
ternura transparente.
Todo cuanto ahora mismo
cantamos todos juntos
es una lenta súplica
de amor y de querencia.

Basta, Señor, de un mundo
que se cierra a tu altura.
De unos hombres
que sólo se miran con recelo.
De esta lágrima inmensa
que es la tierra en que vamos
medio viviendo aprisa
sin mirarte a los ojos.

Valentín Arteaga.
Tomado de http://www.pastoralsj.org/

1 de abril de 2009

El Papa que no se olvida

Por
Cuatro años después de la muerte de Juan Pablo II, continúa la peregrinación ininterrumpida de los fieles a su tumba, situada en el interior de la gruta del Vaticano, en la Basílica de San Pedro.El 2 de abril, aniversario de la muerte, el Papa Benedicto XVI celebrará una misa en la Basílica Vaticana, a las 18 horas, con la participación de los jóvenes de Roma. Se inspiran en Juan Pablo II, muchos grupos de espiritualidad, que reúnen a fieles de todas las edades y condiciones sociales.Hace un año, en estos días, se entregó a la Congregación para las Causas de los Santos, la llamada Positio, la relación que reune toda la investigación preliminar sobre el difunto pontífice para el veredicto de su beatificación. Los textos fueron recopilados por la Postulación para la Causa de la Beatificación, que ha documentado un milagro y espera ahora la respuesta de la propia Congregación.

La mujer en la promoción de los derechos humanos

Por
Inspirados en el nuevo feminismo propuesto por Juan Pablo II en la Encíclica "Evangelium Vitae" se realizó en Roma la I Conferencia Internacional sobre el tema “Vida, Familia y Desarrollo: el rol de la mujer en la promoción de los derechos humanos.
Pincha en AQUI para ver el video

25 años de asociado

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Último compromiso Pozuelo julio 2019

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MONASTERIO de OTEIZA

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